Mónica Loyola Guízar – Centro Universitario Ignaciano
Muchas veces vivimos corriendo, alcanzando o persiguiendo «algo»: buscamos crecer, superarnos, lograr éxitos, ganarnos «un lugar en el mundo», demostrar que podemos… Pero ¿para qué? ¿Esto nace de un deseo profundo y auténtico o del miedo a quedarnos «atrás», a salirnos del juego? En esta línea, buscamos una buena vida que responda a tener un bienestar material y económico, seguridad, salud, reconocimiento, logros, estabilidad; sin embargo, muchas veces alcanzarlo es agotador y trae satisfacciones momentáneas, mas no necesariamente sentido.
Frente a ello, la vida buena responde a la coherencia interior, la relación auténtica con los otros, la capacidad y libertad de amar, la paz y la reconciliación con nuestra historia, la aceptación de lo que somos y tenemos, la apertura a la trascendencia y la resonancia con el mundo que habitamos. La vida buena nos sostiene en las dificultades y lleva a la plenitud. Aristóteles llamaría a esto eudaimonía: vivir de acuerdo con la virtud; por otro lado, el budismo hablaría de una vida despierta, consciente, no atrapada por el deseo compulsivo, por los apegos.
En el cristianismo, sería una vida que ama y se entrega.
Por su parte, el filósofo alemán Hartmut Rosa en «Resonancia, una sociología de relación con el mundo» explica su concepto de Resonancia como «una vida buena se logra, no por las opciones y recursos a disposición sino por la relación resonante con la vida, el grado de ligazón con y de apertura respecto a otros seres humanos y las cosas». Se nos va la vida y la energía en poner el mundo a disposición, en conseguir esto o aquello, se nos va el presente planeando el futuro y sufriendo por lo que no se hizo o se hizo mal en el pasado, se nos va la vida y nos damos cuenta cuando sentimos que pasa tan rápido o, peor aún, cuando no sentimos.
De ahí las preguntas clave que podemos realizar: ¿Cómo poder resonar más con la vida?, ¿cómo recuperar la ligazón conmigo mismo, con lo trascendente, con los demás, con la naturaleza, con el mundo?, ¿cómo habitar la vida y mi vida? Para responderlas, hay procesos de sanación que llevan tiempo, trabajo interno que requiere espera y es fundamental buscarlo, pero hay otra parte que se puede ir haciendo en el día a día, en el presente que nos hace estar más despiertos, recuperar el sabor y conectar conmigo, con los demás y con el todo. Esto se logra de manera sencilla, pero requiere atención; me refiero a la conciencia en los sentidos: olfato, oído, gusto, vista y tacto.
A continuación, se desarrolla cada uno de ellos como vías para cultivar la resonancia cotidiana.
- Hacer consciente la nariz
La respiración por medio de ella y la capacidad que tiene de cambiarlo todo. Inhalar y exhalar en una meditación diaria, en el silencio de camino a casa o en el caminar hacia la escuela o el trabajo, pausadamente, conscientemente, dándonos cuenta de cómo está nuestro cuerpo y nutriendo el interior. El aire que inhalamos y exhalamos lo inhalan y exhalan otros seres humanos, los árboles lo transforman en oxígeno, acaricia las hojas, nutre las plantas y toda la vida que habita. El aire nos une, nos conecta y podemos, si lo hacemos consciente, darnos un momento diario para escanear el cuerpo y atenderlo, para conectarnos con el todo. La ruah, palabra hebrea que significa aliento, soplo, espíritu, fuerza dinámica que pone orden donde hay caos. Cada día, hacer consciente esta respiración puede ir convirtiéndose en un hábito de vivir de manera más pausada y presente. El viento que inhalamos y exhalamos no se posee; pasa, llena, nutre y se libera.
- Hacer conscientes nuestros oídos
Atender la capacidad de escuchar tanta vida y belleza que sólo se puede detectar al detenerse, al caminar pausadamente la vida, al disponerse o dejarse sorprender por una pieza musical que te trastoca o una palabra que pueda expresar tanto en ella. El canto de los pájaros, las risas a lo lejos, el viento. Escuchar lo que dice mi cuerpo, escuchar el silencio, escuchar verdaderamente al otro con toda la atención que merece sin distractores, sólo escuchando, sin voltear a ver el celular, sin pensar en el consejo por dar, sin el juicio que se suele imponer, escuchar, sólo escuchar. Una cosa a la vez, de manera separada, consciente y atenta. Ya lo dijo Theodor Adorno con mucha sabiduría: «es suficiente con escuchar al viento para saber si somos felices».

- Hacer consciente el gusto
Permitirnos comer tranquilos, dejando el celular de lado, atendiendo los sabores, las texturas y disfrutar del privilegio diario de poder comer. ¿Cuántas veces no comemos de prisa?, cualquier cosa, sólo por llenarnos. La comida es un canal resonante que podemos tener diariamente con la vida. Comer despacio, con una buena compañía o en silencio, es uno de los regalos de la vida que pueden pasar inadvertidos si no estamos atentos.
- Hacer consciente la vista
La capacidad para observar los árboles, el cielo, los rayos del sol y su capacidad de iluminar los espacios oscuros, las sonrisas, los rostros amables y tanta belleza que emerge hasta en el dolor y la pobreza. Pero a menudo pasamos de largo, sin detenernos a mirar, a contemplar el cambio continuo de los paisajes a través de las estaciones, los pájaros y sus mensajes. Y, entre nosotros, los seres humanos, mirarnos a los ojos y conectar con la profundidad, la vulnerabilidad, el alma del otro… Hartmut Rosa dice que «en y a través de la mirada se hace manifiesto el “corazón” del ser humano, y éste se ve también conmovido y movilizado. Mirar contemplativamente permite descubrir el misterio, del otro, de mí, del universo, de Dios mismo. Mirar también puede ser hacia adentro, con los ojos cerrados, donde se conoce y explora el maravilloso y colorido mundo interior, la capacidad de creación, de imaginación. Podemos mirar la belleza de nuestro ser interno con un clavado profundo que comienza con el querer mirar de frente, también nuestras sombras y heridas, todo ello para llegar al fondo del fondo donde habita mucha luz.
- Hacer consciente el tacto
El órgano más extenso en el cuerpo humano y con más posibilidad de sentir al otro, al mundo. Por medio de la piel con nuestra madre generamos la primera relación íntima y conocimos el amor y la ternura; por medio de la piel podemos seguir construyendo relaciones significativas. Detenernos a tocar la corteza de un árbol, el pasto húmedo o la tierra bajo los pies, las manos de un ser querido, conecta y llena el espíritu. «La piel reacciona de manera totalmente inmediata al mundo, por ejemplo, retrayéndose ante el frío (la piel de gallina) o enrojeciéndose y bronceándose por el sol. Estos tipos de modificación de la piel —especialmente la piel de gallina— no pueden interpretarse de otra manera que como una experiencia de resonancia en la cual el sujeto resulta “conmovido”. Esto también es válido para esos momentos en que sentimos un escalofrío: como pasa al escuchar una pieza musical intensa, una historia conmovedora, una mirada emocionante, etc.»
No todo el día, no todo el tiempo podemos caminar despacio, degustar la comida con calma, darnos el tiempo de escuchar o mirar los detalles y regalos que la vida nos da, pero podemos ir buscando esos espacios de encuentro, todos los días de manera consciente, hasta que se haga un hábito, una virtud.
San Ignacio de Loyola escribió en los Ejercicios Espirituales: «no el mucho saber harta y satisface el alma sino el sentir y gustar de las cosas internamente». Dejar que la vida te toque y te mueva, te conmueva, resonar en el corazón hará otro tipo de relación con uno mismo, con los demás y con el mundo.
En síntesis, los sentidos pueden llevarnos a un conocimiento profundo de nosotros mismos si nos detenemos a mirarlos de frente y con calma, surgen entonces preguntas orientadoras: ¿qué me pone la piel de gallina?, ¿qué me da escalofríos?, ¿qué pasa cuando escucho el silencio?, ¿qué susurra el viento?, ¿qué me inquieta?, ¿qué me dicen los sentidos de mí y hacia donde me impulsa? En palabras del teólogo y escritor Pablo D’ors: «¿para qué queremos conocernos?, para amarnos. No podemos amar lo que no conocemos, por eso hay que escuchar también al otro, para amarlo. De eso va la vida, amarnos los unos a los otros».
La clave para despertar la conciencia, el espíritu, el sentido empieza por estar atentos y dispuestos a lo que el mundo nos quiere decir, y si escucho y me permito conmoverme, puedo transformarme y transformar mi entorno.
«Cuando me encuentro en resonancia, me dirijo al mundo y éste me responde».
Hartmut Rosa.
Para saber más:
Rosa, Hartmut, Resonancia. Una sociología de relación con el mundo, Katz, Buenos Aires.






