
Si el mundo fue creado por Dios como otro, esto significa que Dios no creó cosas fijas. El ser humano no es el único creado a imagen y semejanza. Como vimos, el cosmos es el primer acto de donación y en cada donación viene consigo el sello del donador.

Ignacio de Loyola registró su propia experiencia y, después de examinarla y sistematizarla, fue descubriendo de manera gradual el discernimiento. Identificó que nuestra existencia fluye y se va configurando entre dos ámbitos: la vida cotidiana y la vida espiritual.

En teología pueden reconocerse tres grandes dimensiones: la divina, la humana y la cósmica. Hemos abordado las dos primeras. Adolphe Gesché denuncia en el volumen sobre el Cosmos de su obra, Dios para pensar el gran olvido en el que la tradición cristiana ha hundido a la tercera

Las realidades juveniles de hoy no podrán plantearse un proyecto de vida que les dé sentido o rumbo si no han experimentado la profundidad de la esperanza.

En el diario espiritual anotamos lo que percibimos que Dios nos comunicó en la oración o a lo largo del día. Nuestras entradas pueden incluir también elementos del contexto en el que nos encontramos cada día y que sean útiles para ubicarnos después en las situaciones que estábamos viviendo

Queda claro que la materia, en su base esencial, como el espíritu, es relación en movimiento. Aquí encontramos algunas coincidencias entre la física y la teología. Pero el espíritu, al menos según la fe cristiana, va más allá: es inteligente y consciente, y por lo tanto su movimiento no es aleatorio. Tiene voluntad propia y es creativo.

Desde mi punto de vista como cristiano, la pureza consiste en actuar por y con amor, de forma leal, libre, sin utilizar a los demás, buscando su bien y favoreciendo su crecimiento como personas.

Los sacerdotes, religiosos y religiosas, somos hijos de nuestro tiempo. La Iglesia, en sus veintiún siglos de existencia, ha pasado por diferentes momentos como persecuciones, guerras y grandes cambios políticos, económicos y sociales, sin embargo su finalidad sigue siendo la misma: El seguimiento de Cristo y el anuncio del Reino de Dios.

Sin embargo, aunque tenemos estas máximas por ciertas, muchas veces no terminamos de aceptarlas. La incertidumbre del camino hasta que la muerte ocurra nos mueve, precisamente, a querer asegurarnos la vida. Ésta ha sido durante un buen tiempo, desde que dejé la seguridad de la Orden religiosa, mi lucha espiritual: encontrar el justo medio entre contar con la seguridad básica para vivir y querer asegurarme la vida «de más».

Con sus reglas de discernimiento, san Ignacio nos quiere dar una colección de “leyes” válidas en toda ocasión y que nos ayuden para decidir si una moción es buena, para llevarla a cabo, o mala, para desecharla. También están encaminadas a proteger mi libertad de corazón