
Los sacerdotes, religiosos y religiosas, somos hijos de nuestro tiempo. La Iglesia, en sus veintiún siglos de existencia, ha pasado por diferentes momentos como persecuciones, guerras y grandes cambios políticos, económicos y sociales, sin embargo su finalidad sigue siendo la misma: El seguimiento de Cristo y el anuncio del Reino de Dios.

Sin embargo, aunque tenemos estas máximas por ciertas, muchas veces no terminamos de aceptarlas. La incertidumbre del camino hasta que la muerte ocurra nos mueve, precisamente, a querer asegurarnos la vida. Ésta ha sido durante un buen tiempo, desde que dejé la seguridad de la Orden religiosa, mi lucha espiritual: encontrar el justo medio entre contar con la seguridad básica para vivir y querer asegurarme la vida «de más».

Con sus reglas de discernimiento, san Ignacio nos quiere dar una colección de “leyes” válidas en toda ocasión y que nos ayuden para decidir si una moción es buena, para llevarla a cabo, o mala, para desecharla. También están encaminadas a proteger mi libertad de corazón

Es curioso que estemos por comenzar la tercera entrega de estas reflexiones comentando el segundo libro de la colección Dios para pensar del teólogo Adolphe Gesché y que no hayamos llegado a tratar directamente a Dios como temática.

¿Y si el deporte fuera algo más que competir, ganar o mantenernos en forma? En cada zancada, en cada canasta, en cada gol o en cada caída se esconde una oportunidad de descubrir quiénes somos y hacia dónde caminamos.

Las mociones que vienen de Dios no nos separan de la realidad de forma alienante, sino que nos envían y restituyen a ella como mensajeros de la Buena Noticia.

Uno de los problemas de los que actualmente se ha hablado como reto en jóvenes y adultos es el de mantener la atención, la concentración, la motivación o incluso el control de los propios impulsos.

Gassho, antes de entrar al zendo —una reverencia con las manos juntas a altura del plexo—, tener cuidado de no tropezar con la alteración de unos centímetros de altura puesta a la entrada del zendo para recordar estar presente, para tener los pies bien plantados y la conciencia bien alerta.

Hace unos meses acompañé a mi mamá a que le hicieran una operación de cataratas. Mientras estaba en la sala de espera, en la pantalla comenzó la película Los tres huastecos. No sé si entra en la categoría de gusto culposo, pero he visto toda la filmografía de Pedro Infante y Los tres huastecos es una de mis favoritas.

Hoy abundan las opiniones sobre lo que sucede con las y los jóvenes. Se dice que no tienen reglas, que se la pasan en las redes, que su sentido de vida está en riesgo, que se viven solos y solas, etc.