Cuando empecé mi formación en la vida religiosa no tenía mucho conocimiento sobre religiosas y congregaciones, apenas empezaba a tener contacto con algunas de ellas; tenía una idea muy general de que las religiosas ayudan a las personas, pero esto lo entendía sólo desde el dar, es decir, una ayuda asistencialista a los más pobres. Ahora sé que este tipo de ayuda puede ser sólo desde la superioridad, porque se entiende que el que da, es porque tiene y puede, no necesita.
En mi primera experiencia de apostolado comprendí que ayudar a la gente no era mi único interés, sino que, como dice en nuestras constituciones: «responder por nuestra presencia y por las actividades a las necesidades de aquellos que sufren o están heridos en su dignidad humana». Ayudar dando o compartiendo lo que tenemos se puede hacer sin involucrarnos, por el contrario, dar de nuestra presencia, de lo que somos, es un compromiso mayor que implica un reconocimiento de la verdadera necesidad del otro (un encuentro con Jesús), un reconocer quiénes somos y que tenemos interiormente (un encuentro con nosotras mismas) y un reconocer que al dar de esta manera, también recibimos (un encuentro con las y los otros).
En el año 2014, antes de empezar mi noviciado, las hermanas me pidieron realizar una experiencia de apostolado por un mes en un albergue para migrantes en Palenque, Chiapas. En ese tiempo yo vivía en la Ciudad de México, por lo que esta experiencia implicó dejar el trabajo que tenía y el lugar donde vivía. Y me fui a un lugar que no conocía, ni a las personas, ni la realidad a la que iba, porque por esos años lo que se escuchaba sobre migración era la de los mexicanos yendo hacia Estados Unidos y muy poco de la realidad migratoria en el sur del país. Poco a poco en esta experiencia de «servicio» aprendí lecciones que desde entonces me acompañan y ayudan para un mejor encuentro en cada lugar en el que estoy.
La realidad que se vivía en ese albergue me hizo darme cuenta de que lo más importante no era ayudar a las personas a cubrir “sus necesidades básicas”, ya que eso se hacía en un ratito, al servirles comida o al darles algunas de las cosas que necesitaban, como ropa o zapatos; lo realmente importante para ellos y para mí venía después, en lo cotidiano: estar con ellos, platicar, jugar, ver la tele, preparar la comida, comer juntos, registrar sus datos y escuchar sus historias de camino, algunas veces escucharlos rezar, y así, poco a poco, nos fuimos conociendo, con algunos más que otros, porque de acuerdo con la situación de las personas, en algunos casos las hermanas permitían que estuvieran más de los tres días ofrecidos en un primer momento.

Comprendí que para conocer en verdad un lugar, una realidad y a las personas hay que estar dentro, cerca, ya que desde lejos y afuera se pueden tener unas ideas, un conocimiento que no llega a ser total y muchas veces es irreal. Poco a poco fui conociendo un poquito de la cultura de los países de Centroamérica, comprendiendo por qué salían de allá, por qué querían llegar a Estados Unidos. Con los migrantes aprendí que todos somos seres humanos, es decir, iguales, por lo tanto tenemos los mismos procesos de vida, con diferentes condiciones y en diferentes niveles, pero tarde o temprano descubrimos que nuestras historias tienen más coincidencias de las que pudieramos pensar y eso permite que, como humanos, nos comprendamos, que seamos más empáticos con otros. Por ejemplo, muchos de los que nos encontramos en el albergue durante esas semanas: migrantes, las hermanas y las voluntarias, estábamos lejos de nuestras familias, habíamos dejado nuestros estudios o trabajos, nuestras comodidades, lo conocido de nuestros lugares, todo esto con el deseo de una vida mejor para nosotras mismas y para otros. Vivir esto me llevó a un encuentro conmigo misma, al ver lo que tenía y podía compartir con ellos, mi manera de estar, dejar mis miedos y verdaderamente acercarme a su realidad.
El otro aprendizaje fue descubrir que no estaba yo sólo dando, sino que estaba recibiendo, ahí está la caridad, el intercambio mutuo. Vi los aportes que los migrantes nos brindaban a cada una de nosotras a través de fuertes testimonios de fe, de unidad, fuerza, valentía, solidaridad, alegría, con su manera de ser y su cultas, también los aportes que hacen a la sociedad en general, como un aumento de comercio y servicios alrededor del albergue. Con ellos aprendí a ser hermana, hacerme una más, no sólo de ellos, sino en cualquier lugar o condición, todos somos seres humanos, hijas e hijos amados de Dios.
A poco más de diez años de esta experiencia, hace un año la recordé especialmente durante un tema que recibí sobre El Encuentro; se nos invitaba a reflexionar partiendo del encuentro de Jesús con la Samaritana:
Tenía que atravesar Samaria. Llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como venía fatigado del camino, se sentó junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber” (Juan, 4, 4–7).
«Jesús va al encuentro de una mujer anónima samaritana con la más extraordinaria y extravagante de las peticiones, “dame de beber”. Sentimos, por mucho, que esta petición nos desarma e incluso nos desconcierta» (del curso Avanzar en el arte del encuentro y la comunidad).
En mi meditación lo primero que resonó fue la idea de que Jesús me pide a mí también de beber, eso significa que tengo agua, que le puedo dar algo de lo que necesita en ese momento, él confía en mí y es una invitación a recordar que él ya nos ha salvado, nos ha dado mucho para compartir con otros y otras. A veces es necesario tener que aprender a sacar esa agua, porque la tenemos olvidada, nos sentimos también cansadas y necesitadas, pero no podemos quedarnos sólo a esperar a recibir y a tener, por el contrario, es necesario conocernos más, ir hacia nosotras mismas y abrirnos a los otros, para tener ese intercambio. No debemos olvidar que todas y todos tenemos y podemos ofrecer algo a los demás, Dios quiere que compartamos los dones que nos ha dado, las experiencias que nos regala en la vida y los seres humanos que hemos llegado a ser, para continuar en crecimiento personal y en humanización. De esta manera adoraremos al Padre en espíritu y en verdad.






