Cultivar la capacidad de introspección y autoconciencia como fundamento de una reflexión universitaria que parte de la experiencia personal y la vida interior.

Muchas veces vivimos corriendo, alcanzando o persiguiendo «algo»: buscamos crecer, superarnos, lograr éxitos, ganarnos «un lugar en el mundo», demostrar que podemos… Pero ¿para qué?

La gran paradoja de nuestro siglo es que la tecnología amplificó nuestras voces, pero debilitó nuestros silencios: esos espacios originarios donde solíamos mirar al otro con apertura, reconocer su vulnerabilidad y dejarnos afectar por ella.

La pregunta sobre qué es la conciencia y si puede existir más allá del cuerpo y de la materia ha acompañado al ser humano desde tiempos inmemoriales.

Desde mi niñez, cada vez que subo montañas o me interno en espacios con poca intervención humana siempre me acompañan dos sensaciones: por un lado, la de asombro ante la majestuosidad y la belleza de la naturaleza, y, por otro, la de ser muy pequeño y vulnerable ante la inmensidad que me rodea. Esta mezcla afila mi atención y me carga de vitalidad.

¡Aparentamos que lo tenemos todo y buscamos como si no tuviéramos nada! En una época en la que tenemos acceso a la comunicación instantánea pareciera que muchas otras necesidades estuvieran resueltas también.

Me parece fascinante la condición humana. El cuerpo que tanto atendemos y el mundo interno que cada uno lleva como va pudiendo… tan rico, tan complejo, tan conflictivo, con tantos recovecos por explorar y tan abandonado.

En este texto, en primer lugar, propongo una serie de reflexiones que ayuden a recuperar el valor espiritual de esta experiencia y, en segundo, presento algunas claves que, para mí, han sido de ayuda en el acompañamiento a jóvenes, desde la noción y el valor de la amistad espiritual.