Cuando entré a la Compañía de Jesús, a los novicios nos tocó compartir algunas clases con las Madres Adoratrices del Santísimo Sacramento, unas monjas de clausura cuyo convento se encontraba en la misma ciudad que el noviciado jesuita. Debido a que su carisma es muy distinto del de los jesuitas, su estilo de vida también difiere considerablemente.
Debo confesar que, al entrar en contacto con ellas en clase, me producía estupor una vocación que implicaba una separación radical del mundo exterior y cuya ocupación cotidiana consistía en guardar silencio y rezar. Por aquellos años, un grupo de novicios jesuitas —entre los cuales me encontraba— trabajábamos en pastoral juvenil junto con varios jóvenes. Entre ellos había una muchacha alegre, guapa, simpática y llena de vida, que estaba por entrar a la universidad y que incluso ya había tenido novio.
Precisamente por eso nos resultó incomprensible que, sin previo aviso, decidiera de un día para otro ingresar con las Adoratrices: Metió tres blusas y dos faldas en su maleta, se cortó el pelo casi al ras, renunció al contacto con su familia y se dispuso a pasar el resto de su vida entre las paredes de un convento. Yo pensaba que, en el fondo de esa decisión, yacían un miedo a vivir y un cierto desprecio por el mundo. No dudo, dicho sea de paso, que algunas de mis amistades hayan pensado algo semejante acerca de mí cuando decidí entrar con los jesuitas.
Los domingos cuenta la historia de Ainara, una muchacha de 17 años que contempla ingresar a un convento de clausura, para estupefacción de toda su familia, especialmente de su tía atea, quien considera a las monjas «una pandilla de locas, que viven asustadas, escondidas del mundo en ese convento de mierda ¡y que no se van porque no tienen a dónde ir!».
En la escena inicial de la película, incluso antes de que aparezca la primera imagen, escuchamos una canción de reguetón. A continuación, la cámara nos sitúa en un retiro escolar protagonizado por adolescentes, en un ambiente que retrata con fidelidad la cultura juvenil contemporánea: hablan de muchachos, de sexo y de lo mal que les cae la monja superiora. Justo en medio de ese entorno, Ainara comienza a experimentar lo que ella interpreta como un llamado de Dios.
Al compartir sus inquietudes con sus familiares, Ainara tiene que enfrentarse a la incomprensión absoluta hacia lo que ella concibe como una posible vocación, algo que, a ojos de su tía, resulta incluso más escandaloso que el sexo casual o la infidelidad. Para la familia de la muchacha, que de algún modo representa la mentalidad de la cultura moderna, la vida de unas monjas de clausura constituye una excentricidad tan radical que solo podría explicarse debido a alguna carencia traumática padecida por la muchacha en su historia: quizá porque a Ainara se le murió su madre cuando era pequeña o porque tal vez le lavaron el cerebro en alguno de esos retiros espirituales del colegio.
Es interesante el retrato que Alauda Ruiz de Azua, directora de la pelícua, hace de dos mundos tan distintos dentro de un mismo país: una cultura española —en este caso, la vasca— de raíces profundamente católicas, que hoy, en muchos de sus espacios sociales, reacciona con desprecio hacia todo lo relacionado con la Iglesia, en parte justificadamente por la adhesión en un pasado reciente de algunos de sus miembros al poder franquista y, en parte, por el rechazo a su militancia conservadora.
Y, sin embargo, es en esa misma cultura donde muchos de sus ciudadanos parecen no terminar de sentirse satisfechos con una identidad labrada dentro del paradigma de la modernidad: una sociedad ilustrada y liberal dentro de un molde religioso adherido a la piel. Lo que los personajes van descubriendo es que la incompatibilidad entre estos dos mundos se encuentra, antes que nada, en ellos mismos: a Ainara le gusta el sexo, pero al mismo tiempo anhela la paz que ofrece la oración; la tía repudia los ambientes religiosos mientras que, de alguna manera, parece aborrecer su propia vida y no encontrar su lugar en el mundo.

A diferencia de la mayoría de las películas actuales sobre religión, la directora evita en todo momento asumir una postura a favor o en contra de las creencias de sus personajes. Esto no le impide ofrecer también una mirada crítica sobre ciertas actitudes de quienes aparecen en pantalla, ni retratar con agudeza la complejidad de cada uno de ellos, con sus virtudes y contradicciones. En sus comportamientos afloran lo que los jesuitas llamamos «motivaciones espurias»: el ingreso de su hija al convento supone para el padre un alivio económico; la madre superiora no está exenta de actitudes controladoras; el joven sacerdote que acompaña a Ainara adopta sutiles posturas manipuladoras; e incluso la propia Ainara se muestra ambigua respecto al voto de celibato.
Más allá de las razones que cada personaje puede ofrecer para justificar su conducta, Los domingos muestra que ni la vida seglar ni la religiosa son perfectas, y que ninguna de las dos coincide con la candidez de nuestros idealismos.
Mi maestro de novicios decía que muchos de los candidatos a jesuitas, al acercarse a la Compañía de Jesús, imaginaban que, al tocar las puertas del seminario, serían recibidos por alguien parecido al padre Gabriel de La misión, aquel jesuita incólume interpretado por Jeremy Irons: un sacerdote ejemplar del siglo XVIII, galán, hombre de discernimiento, infalible en sus juicios morales y con una barba perfecta que evocaba a san Pablo, para luego darse de bruces al descubrir que el cura que les daba la bienvenida se parecía mucho más al «Chómpiras», uno de los personajes más desaliñados del maravilloso universo de Roberto Gómez Bolaños. Tal como lo expresa una novicia durante un receso del trabajo, con una gran simplicidad y simpatía, a propósito de ciertas carencias de la vida religiosa: simpatía, a propósito de ciertas
Novicia: –– «A veces tenemos que esperar días para que la hermana Encarnación nos dé pasta de dientes. No quiere que malgastemos».
Ainara: ––«¿Y lo echáis de menos?».
Novicia: –– «¿El qué?».
Ainara: –– «El malgastar». (Ríen).
Novicia: –– «No. Dios es como cualquier otro marido. Tiene sus cosas. Claro que hay momentos de duda, de lucha. Momentos de agarrar la maleta y decir: ‘Me voy’. Pero luego se pasa».
Los domingos no es una apología de la vida religiosa de clausura, sino un retrato de las enormes dificultades que enfrentan los distintos grupos humanos de la sociedad contemporánea para escucharse y respetarse mutuamente. La película retrata un mundo polarizado de oídos sordos, habitado por personas que condenan aquello que no comprenden: analfabetas sociales incapaces de reconocer, les guste o no, que en cada individuo y sus decisiones nos enfrentamos al misterio insondable que constituye todo ser humano.
En este sentido, Los domingos resulta particularmente vigente, pues nuestra época se caracteriza, en términos generales, por la dificultad de entender a quien piensa distinto o toma decisiones que no encajan con la propia ideología o forma de vida. Los domingos muestra cómo una cultura contemporánea que se pretende moderna puede ser, en realidad, profundamente intolerante.
En nombre de ciertos logros de la sociedad ilustrada —decisivos, por lo demás, para el advenimiento de la democracia—, como la libertad religiosa, los derechos humanos o la libertad de expresión, tendemos a convertir esos principios en valores defendidos con un fanatismo y un desprecio no tan distintos de aquellos con los que, en la Edad Media cristiana, se trataba al musulmán, al judío o al increyente. Al menos en lo que respecta al juicio implacable que ejercemos sobre aquello que consideramos modos erróneos de pensar o de actuar.
Finalmente, en una sociedad que tiende a darle tanto peso a las decisiones personales ¿Se puede condenar una decisión como la que tomó Aimara? ¿Cuáles son los parámetros para considerar una buena decisión? Al respecto, el final es quizá el único momento en donde la cineasta pareciera hacer un juicio moral sobre el asunto, que en realidad es una mera observación: su tía va por la calle y ve a lo lejos a su hijo y marido, ante lo cual, de manera refleja, retrocede. De hecho, ya habría mostrado muchas dudas sobre la viabilidad de su matrimonio. Justo en ese momento, Ainara está haciendo votos, acompañada con su familia, en medio de una comunidad en donde sus miembros, incluida la joven novicia, a diferencia de su tía, no parece desesperada.






