Notas sobre Tradición y magisterio en el papa Francisco (II)

En esta segunda entrega recuperamos el análisis sobre la Tradición y el magisterio del papa Francisco desde una idea central: lejos de representar una ruptura con el magisterio precedente, Francisco ofreció una comprensión profunda y dinámica de la Tradición, en continuidad orgánica con el Concilio Vaticano II y con la teología y el magisterio latinoamericano, particularmente con el Documento de Aparecida (2007). Desde ahí, distingió con nitidez entre una Tradición viva (que crece y da fruto bajo la acción del Espíritu) y el tradicionalismo, que congela la fe, la reduce y termina por convertirla en un retroceso de corte fundamentalista y, en última instancia, mundano.

La relación entre Tradición y magisterio contemporáneo

Francisco entendió la relación entre Tradición y Magisterio contemporáneo como una relación orgánica y de continuidad viva: el Magisterio no se pone al lado de la Tradición ni la reemplaza, sino que la sirve, la interpreta y garantiza su transmisión fiel, en obediencia a la Palabra recibida y expuesta por la Iglesia (Carta encíclica Lumen Fidei [LF], 49; A la comunidad académica del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia; Constitución apostólica Veritatis gaudium [VG], 4).

El magisterio sirve la continuidad

La clave para entender esta relación es que el magisterio es fiable porque escucha, conserva y explica la Palabra que recibe. En ese sentido, el magisterio «siempre habla en obediencia a la palabra anterior, en la que se basa la fe» (LF, 49). Dicho de forma sencilla: la Tradición proporciona la «corriente» de la fe, y el magisterio contemporáneo asegura que esa corriente sea identificada con fidelidad y expresada con claridad hoy, en continuidad.

Por lo tanto, no hay oposición entre magisterio antiguo y nuevo. Francisco rechazó lecturas que enfrentan renovación con fidelidad. En un discurso sobre el vínculo con el magisterio viviente, afirmó que sería un «grave error» interpretarlo como oposición a la misión recibida; más bien «la semilla crece y genera flores y fruto». Si la semilla no crece, «se queda como una pieza de museo» (A la comunidad académica del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia, 25 de noviembre de 2024). Esto ilumina su modo de ver la relación: la Tradición es la vida que se transmite y que crece en el tiempo (QA, 66), mientras que el magisterio contemporáneo es un servicio autorizado para que esa vida se exprese y se comprenda correctamente en el presente, sin desnaturalizarla (LF, 49; A la comunidad académica del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia).

El magisterio no lo decide todo

Francisco también evitó una visión maximalista de que toda pregunta doctrinal, moral o pastoral deba resolverse inmediatamente por intervenciones del Magisterio. En la exhortación Amoris Laetitia (AL) explicó que pueden haber diversas formas de interpretar aspectos de la enseñanza o extraer consecuencias (AL, 3), y que esto sucede mientras el Espíritu guía «hacia la verdad completa» (AL, 3). Además, abrió espacio a soluciones inculturadas, sensibles a tradiciones locales (AL, 3). Esto no relativiza la fe: expresa que, dentro de la Tradición viva, existe un camino de discernimiento en el que el magisterio puede intervenir cuando corresponde, pero no reemplaza todo trabajo teológico o pastoral con decretos puntuales.

Teología y magisterio

En su enseñanza sobre la misión teológica, Francisco indicó que la reflexión de los teólogos está llamada a «ofrecer ayuda al Magisterio» (A los miembros de la Comisión Teológica Internacional, 5 de diciembre de 2014). Y en un contexto sobre renovación teológica, insistió en que la teología no se hace en el vacío, sino desde un patrimonio: «escuchar» se realiza desde una herencia teológica viva, con raíces en el Nuevo Testamento, los Padres y los testigos (Encuentro sobre el tema «La teología después de Veritatis Gaudium en el contexto del Mediterráneo», 21 de junio de 2019).

El magisterio de Francisco como continuidad del Vaticano II

El magisterio de Francisco no surgió en el vacío, sino que se insertó en la corriente de renovación abierta por el Concilio Vaticano II. Esta continuidad se manifestó en múltiples dimensiones: en su insistencia en la centralidad del Pueblo de Dios como sujeto activo de la vida eclesial; en su opción preferencial por los pobres y descartados, que prolonga la sensibilidad social y pastoral del Concilio; en su impulso a la colegialidad y sinodalidad, que retoman la eclesiología de comunión propuesta por Lumen Gentium; y en su apertura al diálogo con el mundo contemporáneo, en línea con Gaudium et Spes. Francisco supo actualizar estas intuiciones conciliares en clave misionera, proponiendo una Iglesia en salida, cercana a las periferias existenciales y culturales, y capaz de discernir los signos de los tiempos con creatividad pastoral. De este modo, su magisterio se presenta no como ruptura, sino como desarrollo orgánico de la Tradición viva del Vaticano II, mostrando que la fidelidad al Concilio implica dinamismo, apertura y renovación constante.

La «Iglesia en salida» y el espíritu de Gaudium et Spes

La constitución pastoral Gaudium et Spes (GS) marcó un giro decisivo en la autocomprensión de la Iglesia, llamándola a leer «los signos de los tiempos» y a dialogar con el mundo contemporáneo. Francisco retomó explícitamente este impulso, desarrollando el concepto de «Iglesia en salida» como una de las claves de su pontificado. La exhortación Evangelii Gaudium (EG) propuso una Iglesia que «no tiene miedo de perderse» en la misión, que «primerea» y acompaña, en sintonía con la actitud pastoral abierta por el Concilio (A la comunidad académica del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia, 25 de noviembre de 2924).

La moral del discernimiento frente al legalismo

Uno de los aspectos más significativos de esta continuidad fue la recuperación de la conciencia como lugar teológico. El Concilio Vaticano II enseñó que «en lo más profundo de su conciencia descubre el hombre una ley que él no se ha dictado a sí mismo, pero a la cual debe obedecer» (GS, 16) y reconoció que «los pastores no están siempre en condiciones de poder dar inmediatamente solución a todas las cuestiones, aun graves, que surjan» (GS, 43). Francisco recuperó este cambio de paradigma postconciliar reafirmando una «moral del discernimiento» que habla más de gracia que de ley, se centra en la caridad y la misericordia, respeta la gradualidad en el crecimiento de la conciencia y acompaña sin pretender sustituirla (AL, 37; EG, 38).

Fue fundamental para esta posición reconocer la distinción entre sustancia de la fe y formulación. En efecto, el papa Juan XXIII, en el discurso inaugural del Concilio, estableció una distinción fundamental: «una cosa es la sustancia del depósito de la fe y otra el modo de expresarla». Esta distinción fue asumida por el Concilio (GS, 62) y fue retomada por Francisco como clave hermenéutica para comprender el desarrollo de la doctrina en continuidad con la Tradición viva.

Foto: Cathopic.

La influencia de la teología latinoamericana y el Documento de Aparecida

Por otro lado, es evidente que el magisterio de Francisco estuvo profundamente marcado por su pertenencia a la Iglesia latinoamericana y, en particular, por el Documento de Aparecida (2007), que él mismo contribuyó a redactar como cardenal arzobispo de Buenos Aires, siendo responsable del equipo redactor de ese documento.

El Documento de Aparecida, fruto de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, constituye un fundamental horizonte eclesiológico en el pontificado de Francisco. Aparecida, propuso una Iglesia en «estado permanente de misión», llamada a ser «discípula y misionera» para que sus fieles tengan «vida en Cristo». Francisco reconoció explícitamente en este documento el marco eclesiológico de su pontificado. La exhortación Evangelii Gaudium puede leerse como una proyección universal de las intuiciones de Aparecida: la opción por los pobres, el protagonismo de los laicos, la inculturación del Evangelio y la necesidad de «salir a las periferias existenciales».

La ecología integral y la Tradición latinoamericana

La encíclica Laudato Si’ (LS) representó una inflexión teológica y pastoral que recogió la Tradición latinoamericana del cuidado de la creación, articulándolo con la Doctrina Social de la Iglesia. Francisco no sólo actualizó esta Tradición, sino que la proyectó a escala global, convocando a una «conversión integral y planetaria». La exhortación postsinodal Querida Amazonia (QA) buscó aplicar para el contexto amazónico los principios de la Laudato Si’ en diálogo con las poblaciones y culturas locales, mostrando cómo la Tradición viva permite la inculturación sin perder la identidad.

De Gaudium et Spes a Laudate Deum

La continuidad se aprecia también en la evolución del magisterio ecológico: desde la preocupación de Gaudium et Spes por la relación entre Iglesia y mundo, pasando por el desarrollo de la Doctrina Social, hasta llegar a Laudato Si’ (2015) y Laudate Deum (2023), Francisco consolidó la «ecología integral» como un eje central del magisterio contemporáneo, integrando la dimensión social, ambiental y espiritual de la crisis actual.

Unidad de los horizontes: la Tradición viva como clave hermenéutica

A la luz de lo expuesto, puede afirmarse que el magisterio de Francisco constituye una síntesis orgánica de tres grandes horizontes, cuya recepción, a un año de su muerte, apenas comienza a desplegarse:

A) El horizonte conciliar (Vaticano II): Francisco asumió la eclesiología de comunión, la lectura de los signos de los tiempos, la centralidad de la conciencia y la distinción entre sustancia y formulación de la fe. Su pontificado fue, en este sentido, un «desarrollo fiel» de lo que el Concilio propuso, frente a lecturas rupturistas o restauracionistas.

B) El horizonte latinoamericano (Aparecida): La «Iglesia en salida», la opción preferencial por los pobres, la inculturación, el protagonismo misionero de los laicos y la atención a las periferias son categorías que Francisco tomó del Documento de Aparecida y proyectó a la Iglesia universal.

C) El horizonte de la Tradición viva: Como se ha desarrollado en las secciones anteriores, Francisco concibió la Tradición no como un depósito estático sino como una raíz que da vida y crece bajo la acción del Espíritu. Esta comprensión dinámica de la Tradición es la que permite integrar armónicamente la herencia conciliar y la aportación latinoamericana, sin ruptura ni nostalgia.

La novedad de Francisco no consistió en inventar una nueva doctrina, sino en actualizar la Tradición desde las raíces conciliares y latinoamericanas, haciendo operativo el principio de que «la Tradición o está viva o no lo está». Por eso, su magisterio no fue una ruptura sino una continuidad en crecimiento: la semilla del Concilio y de Aparecida ha crecido y ha dado frutos nuevos, como el árbol que se desarrolla desde sus raíces sin dejar de ser el mismo. A un año de su muerte, corresponde a la Iglesia recibir este legado con la misma creatividad y fidelidad con que él lo ofreció.

El magisterio de Francisco representa así una síntesis fecunda entre el impulso conciliar del Vaticano II, la frescura evangelizadora del Documento de Aparecida y la comprensión dinámica de la Tradición como raíz viva que, bajo la acción del Espíritu, sigue dando frutos para la Iglesia y para el mundo de hoy. A un año de su muerte, su voz profética no cesa: nos sigue recordando que la Tradición, para ser fiel, debe estar viva, y que la fidelidad a las raíces no consiste en mirar hacia atrás con nostalgia, sino en dejar que esas raíces nos levanten hacia el futuro que el Espíritu quiere construir.

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