«La actuación es también un ejercicio espiritual»: Luis de Tavira

El dramaturgo y director teatral interpreta Rey Lear, el clasico shakesperiano, y cambia un reino del siglo XVII por una compañía de teatro del siglo XXI en esta versión adaptada por Angélica Rogel. En esta entrevista, De Tavira habla de su personaje y compara su peregrinar con el Ignacio de Loyola, y comparte los frutos que ha alcanzado con los Ejercicios Espirituales aplicados a la formación teatral. «En el mundo de hoy, ante el miedo y el terror, hay que aprender esperanza», afirma.

El dramaturgo y director de teatro Luis de Tavira, que ordinariamente dirige la escena desde una butaca, hoy está sobre el escenario interpretando al Rey Lear, de William Shakespeare, «una de esas grandes obras de la tradición que alcanza la perennidad», dice en entrevista a unos días del estreno en el Teatro Helénico.

En cinco décadas de dedicación al teatro, como dramaturgo, director de escena,  docente, director de compañías, fundador de escuelas teatrales, incluso actor, es la primera vez que Luis de Tavira Noriega (Ciudad de México, 1948) trabaja con un texto de Shakespeare. «No porque no me parezca un poeta dramático de una grandeza inconmensurable y un eje central de la historia del teatro y de su tradición, sino porque desde muy joven pensé que nuestra asignatura era ejercitar en la apropiación de nuestros propios clásicos y esa fue la razón», explica.

«Nuestra tradición no es menor, tenemos a grandes poetas dramáticos, pero nosotros los hemos dejado a un lado», afirma casi al final de esta entrevista en la que analiza la tragedia del rey Lear, desde la perspectiva filosófica y espiritual que abrevó en sus años de formación en la orden jesuita, en la tradición de Ignacio de Loyola, y de los clásicos, en su paso por la licenciatura en Letras con especialidad en Arte Dramático en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Para De Tavira, Rey Lear es un hilo que hilvana todas las piezas de su trayectoria teatral, la expresión de una congruencia personal, profesional y pedagógica que tiene que ver con dedicar la vida a un bien mayor y discernir la propia existencia para contribuir a transformar la realidad personal y la colectiva.

«Rey Lear es de esas obras inmensas que nunca acaban de decir lo que tienen que decirnos; el teatro es un arte del presente, de la actualidad, que puede hacer la interlocución con aquellas grandes almas que la muerte ausenta, y platica con ellas y las trae a este presente, aquí y ahora, a nuestro tiempo, a nuestro país, a nuestra cultura», afirma en medio de una pausa que puso al ensayo, en la Casa del Teatro.

La metáfora de Rey Lear

Esta adaptación y traducción del texto original, ejecutada por Angélica Rogel, quien además dirige en escena, propone situar al monarca inglés del siglo XVII como un director de teatro del siglo XXI, que en vez de ceder su reino, decide heredar su compañía a sus hijas –Goneril, Regan y Cordelia–, lo que desencadenará una tragedia y una lucha por recuperar los honores, la «corona» y la cordura.

«Pienso que la versión de Angélica Rogel es muy inteligente, muy profunda, ella hace una metáfora del reino en cuestión en esta obra con el teatro mismo, es una versión de teatro en el teatro, lo cual le da otra vuelta a todos los significados y pienso que se trata de un gran mundo, de un gran teatro de locos, donde sucede este destierro y este terrible aprendizaje», adelanta el director teatral que interpretará a un director teatral transido por la desgracia.

«Es una obra tremenda, de esas que pertenecen a la inquietud de lo permanente, a las preguntas perpetuas, al diálogo y la interlocución más profunda desde las entrañas de lo que somos», añade.

«En esta ocasión no solo me atrevo a dialogar con Shakespeare, sino a faltarle un poco al respeto. O a tomar lo que él nos da con Rey Lear para preguntarnos quién es ese hombre hoy en día», señaló la directora Rogel durante el anuncio de la obra hace un par de semanas.

Discernimiento y teatro

Ante un hombre formado en la práctica del discernimiento y la pedagogía ignacianos no puedo omitir hacer referencia a las conexiones entre el proceso expiatorio del Rey Lear y el camino espiritual de Ignacio de Loyola.

«Ignacio es el peregrino eterno que en medio de la desgracia, del cañonazo que le rompe la pierna, entra en un proceso de descubrimiento, de conversión, y entonces en lugar de volver a su mundo, a su reino, a las posibilidades de su estatus social, se va a los caminos a mendigar y a aprender, hasta que llega a aquella cueva de Manresa. Toda proporción guardada, aquí hay un peregrinaje, el rey Lear emprende un peregrinaje no decidido por una lucidez ya alcanzada, sino decidido por el error trágico de un hombre que quiere heredar su poder sin perderlo», señala.

«Sin embargo, aquí lo que sucede es que en ese intento de heredar un reino, lo cual implicaría casi aspirar a no perderlo nunca, el rey se topa con su propio error de falta de discernimiento, de sucumbir a las alabanzas, que son el veneno de los poderosos, y se equivoca. Y entonces sus herederas le resultan ambiciosas de poder, y lo destierran, o él prefiere el destierro. Y ahí comienza el aprendizaje, justamente en llegar a la condición del mendigo, haciéndose pobre», abunda.

«Esta situación la comparo con ese despertar que se da en la Compañía de Jesús en los años sesenta, cuando los jesuitas se dan cuenta de que hay que encontrar la manera de comunicar la fe viviendo entre los pobres, que es donde se aprende».

«Esto le pasa a este personaje. De pronto, en el destierro, en la mendicidad, bajo la más implacable tempestad, descubre a los pobres. Y entonces tiene ahí un descubrimiento y una conversión realmente. Allí comienza su verdadera liberación, al exponerse a sufrir lo que los desheredados sufren, y ahí está el gran acto de conciencia del personaje, que sin duda, de algún modo, lo va a rescatar».

Aprender la esperanza

Luis de Tavira hace un paréntesis para señalar que el discernimiento necesariamente va unido a la acción, en su caso particular a través del teatro.

Afirma que la actualización del mensaje de la obra clásica Rey Lear para nuestro tiempo es «el inmenso fracaso del capitalismo, que es la voracidad misma, la voracidad sin límite, cuando la realidad es límite, un capitalismo que produce cada vez más pobres y cada vez la riqueza acumulada está en menos manos. Es decir, es un fracaso total porque ha multiplicado la pobreza, y porque la pobreza ocasiona la migración, el destierro y las guerras».

«Yo pienso que nunca como hoy es necesario el teatro. Y en efecto, hay un teatro que es capaz de mostrarnos la realidad que se ha ausentado de la conciencia. Ese es un buen teatro. Hay uno mejor, uno que se pregunta cuáles son las causas del sufrimiento de las mayorías. Y todavía hay uno mejor que este, que es un teatro capaz de mostrarnos que eso puede cambiar, que algo de todo este horror pudo haberse evitado. Y entonces, al recuperarnos la conciencia de la posibilidad del cambio, nos recupera la esperanza», asegura.

—Al respecto, inquiero, ¿hay esperanza en el mundo y en el país que estamos viviendo?

«La esperanza se aprende   —responde . Es lo que últimamente he estado aprendiendo, pensando. Ernst Bloch cita en su libro «El principio Esperanza» ese mito central del romanticismo alemán, que es el mito de Sigfrido, ese muchacho temerario que salió al mundo para aprender el miedo. Nuestros jóvenes son doctores en miedo, vivimos en la era del terror, estamos doctorados en miedo y en terror. Lo que hay que hacer entonces es aprender esperanza», sostiene Luis de Tavira.

«El sujeto de la angustia es el yo, el sujeto de la esperanza es el nosotros. O como dicen muy bien esos maestros de vida que son los zapatistas, la construcción del común. Ahí está la esperanza, la resistencia rebelde y digna para construir el común».

«Me atrevo a actuar porque me invitan»

Aunque él niega con modestia ser maestro y ser actor, su dilatada estela profesional lo contradice. Ciertamente en ella destaca más su faceta como formador que como histrión; fundó y enseñó en la Casa del Teatro, en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM, en el Centro de Arte Dramático de Michoacán, y dirigió entre 2008 y 2016 la Compañía Nacional de Teatro del INBAL. Sin embargo, sus actuaciones, pocas pero célebres, han dejado huella en el público y en sus colegas, y de ellas podemos destacar «La última sesión de Freud», «De la vida de las marionetas» y «El Padre».

A ello se suman su impronta como dramaturgo con más de una decena de obras de su autoría y casi 20 puestas en escena por él dirigidas, llevando a los escenarios obras de Lope de Vega, Bertolt Brecht, Anton Chéjov, Elena Garro, Jorge Ibargüengoitia, por citar algunos.

«No, aquí no hay ningún maestro, aquí hay un aprendiz. Yo me estoy atreviendo a actuar, porque me invitan. Yo no me siento actor, yo respeto profundamente a las actrices y a los actores. Todo lo que sé, lo he aprendido como espectador de su trabajo. Con toda sencillez y humildad estoy aprendiendo, no intento enseñar nada», afirma quien este 2026 está cumpliendo 20 años de haber recibido el Premio Nacional de Ciencias y Artes, que es el máximo reconocimiento del país a la trayectoria artística.

Los Ejercicios Espirituales y la actuación

Al preguntarle sobre aquello que le ha sido fundamental en su labor de compartir su experiencia con los jóvenes aspirantes a actrices y a actores, retorna a la fuente ignaciana.

«Los ‘Ejercicios Espirituales’ de Ignacio de Loyola son la enorme cátedra en la que se basa todo este proceso mental y, digamos, espiritual. La experiencia de los ejercicios me ha enseñado a proponer a los actores el ejercicio profundo de la actuación, porque la actuación es también un ejercicio espiritual. Por ejemplo, Ignacio nos plantea operaciones mentales como memoria, entendimiento, voluntad, composición de lugar, sentir internamente, la contemplación a través de los sentidos, etcétera. Pero una cosa muy importante, que tiene que ver directamente con lo que hacen las actrices y los actores, es que Ignacio nos propone crear la memoria de lo que no hemos vivido».

«Nos pone en el principio del mundo, en la rebelión de Luzbel, nos pone en el pesebre de Belén y ahí nos pide que apliquemos los sentidos sin haber estado nunca ahí, sin haberlo vivido, hasta construirlo vivencia, que es ahí donde aparece la voluntad».

«El actor vive lo no vivido por él, sino por el personaje. Eso implica un proceso de crear memoria de lo vivido por el personaje, que es lo no vivido por él. Y eso aplica también para aquello que no ha ocurrido, pero que creemos que puede ocurrir, como la Resurreción, y en el mundo de hoy, nos ayuda a pensar y a construir la utopía. Ese es tal cual un ejercicio ignaciano», concluye.

«La experiencia de los Ejercicios Espirituales me ha enseñado a proponer a los actores el ejercicio profundo de la actuación, porque la actuación es también un ejercicio espiritual».

FICHA TÉCNICA/ Rey Lear

Dramaturgia: William Shakespeare

Adaptación, traducción y dirección: Angélica Rogel

Elenco: Luis de Tavira, Mayra Batalla, David Calderón, Mariana Gajá, Maurico Graza Lozano, Mariana Giménez, Alejandro Morales, Diana Sedano, Raúl Villegas

Lugar: Teatro Helénico (Av. Revolución 1500, Guadalupe Inn, Ciudad de México)

Fechas: del 7 de mayo al 7 de junio

Funciones: Jueves y viernes 20h; sábados 19h y domingos 18h

Costo: Planta baja $750-525, planta alta $375

Boletos disponibles en esta página: https://teatrohelenico.comprarboletos.com/artes-escenicas/rey-lear-210


Nota: El texto original apareció publicado en El Economista el 29 de abril de 2026. Se reproduce aquí con anuencia del autor.

Foto de portada: Francisco de Anda Corral

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