La caída del Muro de Berlín en 1989 y la implosión de la Unión Soviética dos años después hizo surgir por doquier grandes expectativas sobre un mundo en paz y con prosperidad para cada vez más países. Pues terminada la llamada Guerra Fría, se terminaría la alocada competencia armamentista y espacial entre los dos bloques económico–político–militares, se utilizarían los gigantescos recursos así liberados para promover especialmente el bienestar del Tercer Mundo y se avanzaría en la perfección del orden democrático en todo el mundo.
No fue así.
Los ataques al World Trade Center en 2001 mostraron, entre otras cosas, las enormes tensiones coloniales, racistas e interreligiosas no resueltas en muchas partes del mundo; la crisis financiera iniciada en 2007–2008 evidenció el enorme poder destructor de una nueva etapa del capitalismo mundial; los adelantos productivos y comerciales de China y el crecimiento demográfico en África hicieron vislumbrar el tamaño de los retos globales emergentes, al igual que las cada vez más populosas corrientes migratorias generadas por la desigualdad socioeconómica y la represión política; a todo esto se agregan más recientemente las innovaciones cada vez más veloces de la digitalización y del acopio y la difusión de datos, procesos que no cuentan con control democrático alguno y que siguen en manos de unas cuantas gigaempresas vinculadas con objetivos militares globales.
Es más, las sangrientas guerras del siglo XXI se caracterizan por la explícita meta de aniquilar físicamente al enemigo, cuyo derecho a la existencia se niega: Rusia–Ucrania, Israel–Palestina–Líbano y Estados Unidos–Irán son sólo los ejemplos actuales más conocidos, a los que se agregan posiciones semejantes cultivadas por los contrincantes de guerras internas en varios países, por varias organizaciones terroristas y mediante modos oficializados de tratamiento de migrantes y personas en busca de asilo.
En esta agobiante situación puede resultar esclarecedor y alentador estudiar la primera encíclica papal dedicada al tema de la paz en el mundo, la cual vincula de modo original la relación entre los países con la situación social y la vigencia de los derechos humanos al interior de cada uno de ellos.
El contexto de Pacem in terris
Como es sabido, Angelo Giuseppe Roncalli, nacido en 1881 en el seno de una modesta familia campesina, había pasado la mayor parte de su vida en diversas misiones diplomáticas políticas y religiosas en el Oriente de Europa y después, durante casi nueve años, como nuncio en la Francia de la posguerra. Su primer y único encargo exclusivamente pastoral lo llevó a dirigir durante cinco años el arzobispado de Venecia, antes de que a los 77 años de edad fuera electo sorpresivamente papa en 1958. Aparte de por su manera afable y atenta, su sentido de humor y su orientación ecuménica es recordado ante todo por tres acontecimientos interconectados que se dieron durante su corto pontificado.
El más importante fue, a los tres meses de su elección, el completamente inesperado anuncio del después llamado Concilio Vaticano Segundo y, al inicio del mismo, sus intervenciones directas para permitir e incluso alentar la dinámica propia de esa reunión frente a los intentos de control del aparato vaticano. Aunque pudo vivir solamente el primer periodo de sesiones de ese sínodo mundial, que terminó a fines de 1965 y que impulsó tres años después en Medellín las deliberaciones de largo alcance del episcopado latinoamericano, se puede percibir en varios de los documentos finales ideas expresadas por él —aunque lamentablemente no tanto su visión de una iglesia pobre. Sobre este aspecto recomiendo escuchar Radiomensaje de su Santidad Juan XXIII un mes antes de la apertura del Concilio Vaticano Segundo.
Otro fue su decisiva mediación en la alarmante crisis de los misiles de Cuba de octubre de 1962, la cual estaba llevando al mundo al borde de un conflicto mundial probablemente marcado por el extenso uso de armas atómicas. Hay que recordar que esa crisis se dio algo más de un año después de la construcción del Muro de Berlín de agosto de 1961, símbolo clásico de la Guerra Fría. En una alocución radiofónica, el 10 de diciembre de 1961, el papa Juan XXIII ya había anticipado su rechazo contundente a toda guerra (que luego repitió el Concilio Vaticano II), invitando a los gobernantes «a que se hagan cargo de las tremendas responsabilidades que tienen ante la historia y, lo que más importa, ante el juicio de Dios, y les suplicamos que no cedan a presiones falaces y engañosas. De los hombres prudentes depende el que prevalezca no la fuerza, sino el derecho con negociaciones libres y leales y se consoliden la verdad y la justicia en la salvaguardia de las libertades esenciales y de los valores imprescindibles de cada pueblo y de cada hombre».
El tercer acontecimiento lo constituyen las dos cartas encíclicas referentes a la problemática de la vida en sociedad y las amenazas a la dignidad humana generada por el desorden mundial basado en la desigualdad social y el mal uso del poder: Mater et magistra, «sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana» (mayo de 1961), y Pacem in terris, «sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad» (abril de 1963). No voy a abordar aquí el fuerte impacto de la encíclica en su tiempo y en el Concilio Vaticano II, ni su significado como aval a los derechos humanos.
La encíclica incluso ha sido llamada «la utopía de Juan XXIII» —lo que recuerda enseguida otra utopía basada en principios semejantes y esbozada pocos meses después: el famoso discurso «Tengo un sueño», del pastor bautista Martin Luther King, pronunciado el 28 de agosto de 1963.
Esquema del contenido de Pacem in terris
La encíclica se dirige —de modo inusual— no solamente a los cristianos católicos, sino también a «todos los hombres de buena voluntad». Su estilo sencillo permite una lectura ágil. Consta de 172 párrafos enumerados y de 73 notas finales que identifican fuentes de citas, entre ellas varias referentes a comunicaciones del papa León XIII, autor de la primera de las llamadas encíclicas sociales (Rerum novarum, de 1891). La traducción castellana expuesta en el portal electrónico del Vaticano tiene varios errores ortográficos, pero a diferencia del original latín y al igual que las restantes siete traducciones allí colocadas, cuenta con un detallado esquema de subtítulos que facilitan su lectura. A continuación, se transcriben los principales subtítulos, porque permiten reconocer los elementos clave de su contenido y del enfoque de esta encíclica.

INTRODUCCIÓN (1–7)
I. ORDENACIÓN DE LAS RELACIONES CIVILES (8–45)
Los derechos del hombre
Los deberes del hombre
La convivencia civil
Características de nuestra época
II. ORDENACIÓN DE LAS RELACIONES POLÍTICAS (46–79)
La autoridad
El bien común
Deberes de los gobernantes en orden al bien común
La constitución jurídico-política de la sociedad
Exigencias de la época
III. ORDENACIÓN DE LAS RELACIONES INTERNACIONALES (80–129)
Las relaciones internacionales deben regirse por la ley moral
Las relaciones internacionales deben regirse por la verdad
Las relaciones internacionales deben regirse por la justicia
El problema de las minorías étnicas
Las relaciones internacionales deben regirse por el principio de la solidaridad activa
Las relaciones internacionales deben regirse por la libertad
Convicciones y esperanzas de la hora actual
IV. ORDENACIÓN DE LAS RELACIONES MUNDIALES (130–145)
La interdependencia de los Estados en lo social, político y económico
La autoridad política es hoy insuficiente para lograr el bien común universal
Es necesaria una autoridad pública de alcance mundial
La autoridad mundial debe establecerse por acuerdo general de las naciones
La autoridad mundial debe proteger los derechos de la persona humana
El principio de subsidiariedad en el plano mundial
La organización de las Naciones Unidas
V. NORMAS PARA LA ACCIÓN TEMPORAL DEL CRISTIANO (146–172)
Presencia activa en todos los campos
Coherencia entre la fe y la conducta
Dinamismo creciente en la acción temporal
Relaciones de los católicos con los no–católicos
Distinguir entre filosofías y corrientes históricas
Evolución, no revolución
Llamamiento a una tarea gloriosa y necesaria
Es necesario orar por la paz
Tres aspectos centrales de esta encíclica promotora de la paz
A primera vista, toda una serie de expresiones (desde la preocupación por la posibilidad de una guerra atómica inminente hasta las palabras usadas para referirse al repudio de posiciones racistas) evidencian un contexto sociocultural distante del actual —no puede ser de otra manera: la primera encíclica con enfoque global no puede sino reflejar el estado de la globalidad de su tiempo de origen, que es la época de juventud de las abuelas y abuelos de ahora. También es natural que hayan discutido entonces y después diversos aspectos de su contenido y de su argumentación.
Aun así, la lectura reflexiva descubre fácilmente diversos elementos dignos de ser reflexionados, combinando los análisis de las ciencias sociales y humanas sobre justicia, paz y violencias, con las más significativas reflexiones espirituales y enseñanzas éticas derivadas del mensaje evangélico —y esto en un mundo ciertamente más complejo que el de los años sesenta del siglo pasado: con más del doble de población humana, con amenazas para la vida humana entonces desconocidas, como el cambio climático antropogénico o la (mal) llamada inteligencia artificial, y, en vista de las indignantes evidencias de tanto abuso sexual realizado por poderosos y ricos en todo el mundo, hechas públicas a través de los Archivos de Epstein y las inauditas denuncias de ocupantes de cargos religiosos.
En lo que sigue, se enfatizan tres de dichos elementos centrales.
- A diferencia de muchos usos de la palabra, la paz no es limitada a un problema de las relaciones internacionales ni es entendida como ausencia de guerra o conflicto violento. Más bien se refiere a una calidad de la organización de las relaciones sociales y de la vida cultural que se basa en el reconocimiento de la dignidad humana que poseen todos los seres humanos de igual manera, independientemente de sus características físicas, intelectuales, de género o cualquier otro rasgo particular. A diferencia de otros documentos papales, Pacem in terris hace apología de los derechos humanos consagrados globalmente apenas década y media antes como base de un orden mundial guiado por la Organización de las Naciones Unidas y sus numerosas instancias especializadas (142–145).
- El papa Juan XXIII profesa evidentemente la fe en la democracia con sus elecciones, su división de poderes y sus autoridades obligadas a rendir cuentas a la ciudadanía, pues su poder les es dado, no es conquistado nunca sólo por mérito propio. Dicha fe no deriva de un optimismo difuso o ingenuo, sino se basa en la capacidad del ser humano de usar la razón para entender a sus semejantes y para ponerse de acuerdo con ellos. Dos de las máximas que formula con precisión como condición de este proceso son, por una parte, que «todos han de acomodar sus intereses a las necesidades de los demás» (53), y que, por otra parte, siempre hay que distinguir entre el error, al que hay que combatir, y quien profesa dicho error, y quien debe ser convencido, no ninguneado ni eliminado (158).
- Para el papa es obvia la obligación de todos los miembros de su iglesia de «participar activamente en la vida pública y colaborar en el progreso del bien común de todo el género humano y de su propia nación». Por ello exige: «Iluminados por la luz de la fe cristiana y guiados por la caridad, deben procurar con no menor esfuerzo que las instituciones de carácter económico, social, cultural o político, lejos de crear a los hombres obstáculos, les presten ayuda positiva para su personal perfeccionamiento, así en el orden natural como en el sobrenatural» (146). Esta participación debe partir del reconocimiento de las particularidades de cada aspecto o segmento de la realidad (150) y exige no solamente a todas las personas «cultura científica, idoneidad técnica y experiencia profesional» (148), sino además a los cristianos vencer la frecuente «incoherencia entre su fe y su conducta» (152).
La palabra italiana «aggiornamento», o sea, actualización o puesta al día, se volvió una síntesis de las ideas, propuestas y acciones de Juan XXIII. Las permanentes aunque cambiantes amenazas a la paz en todos los niveles y estructuras sociales del planeta hacen muy sugerente la lectura reflexiva de esta encíclica publicada hace más de seis décadas, tanto para reconocer las raíces de la falta de paz en la sociedad de hoy, como para animarse a defenderla y promoverla.
Para saber más:
Carta Encíclica Pacem in Terris de su Santidad Juan XXIII sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Roma, 11 de abril del año 1963. En: https://www.vatican.va/content/john-xxiii/es/encyclicals/documents/hf_j-xxiii_enc_11041963_pacem.html
Radiomensaje del Santo Padre Juan XXIII al mundo en favor de la paz. Roma,
10 de septiembre de 1961. En: https://www.vatican.va/content/john-xxiii/es/messages/pont_messages/1961/documents/hf_j-xxiii_mes_19610910_pace.html
Primitivo Tineo, «Juan XXIII y el despertar de una nueva época». Anuario de historia de la Iglesia, núm. 6, 1997, pp. 127–154. En: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/1203921.pdf [Pequeño esbozo biográfico del papa Roncalli que incluye referencias a la encíclica Pacem in terris].
Leonardo Boff, La oración de San Francisco: un mensaje de paz para el mundo de hoy. Ed. Sal Terrae, Santander, 2000. [Meditación del conocido teólogo brasileño sobre la «Oración por la Paz» de san Francisco, la cual inicia con las palabras «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz», y cuyo capítulo 4 se desarrolla a partir de una cita de Pacem in terris].






