Sentido de vida, esperanza y construcción de comunidad
Justino Calderón Alcántar*
Las juventudes actuales no solo se enfrentan a constantes cambios tecnológicos, incertidumbre laboral, conflictos sociales, crisis ambientales, sino que se encuentran en medio de profundos cambios culturales comparables a los que vivió san Ignacio de Loyola, quien supoadaptarse al mundo que estaba surgiendo, recuperando la gran riqueza del mundo que se estaba derrumbando. Su experiencia espiritual la sistematizó en lo que hoy conocemos como los Ejercicios Espirituales, base de la Espiritualidad ignaciana. Javier Melloni, S.J. señala que precisamente por eso su espiritualidad continúa siendo significativa hoy en día.
En este artículo vamos a desarrollar algunas de las características de la crisis de la modernidad y su repercusión en el contexto juvenil actual, para después resaltar aspectos de la Espiritualidad Ignaciana que pueden ser de gran relevancia dadas las circunstancias del mundo que les ha tocado vivir.
San Ignacio y sus contemporáneos vivieron el colapso de la Edad Media y el tránsito al Renacimiento, que más tarde culminó en la Modernidad. La Espiritualidad de san Ignacio ayudó a muchas generaciones de jóvenes a encontrar un sentido renovado de su existencia y un impulso vital tal que, algunos de sus compañeros llegaron a los confines del mundo de aquella época, Japón y la corte del Emperador de China. Ahora la modernidad es la que está en proceso de desmoronamiento.
Uno de los elementos más fundamentales de la Modernidad con respecto a la Edad Media fue, sin duda, el haber quitado a Dios como centro y fundamento de todos los aspectos de la vida, como la moral, el poder, la ley y la estructura social. Con la modernidad hubo un cambio radical en el corazón mismo de la cosmovisión antigua: en lugar de Dios se instaló al individuo y la razón con sus avances científicos y tecnológicos. Esto viene al caso porque muchas de las consecuencias de esta subversión explican de raíz las problemáticas actuales.
Dostoievsky afirmó: «Si Dios ha muerto, todo está permitido», y lleva mucho de verdad si se observa hoy en día el relativismo absoluto que permea la moral y la cultura; la indolencia a la hora de despojar a las mayorías de sus derechos laborales y sociales; la depredación de la naturaleza, destruyendo la herencia de las futuras generaciones; el exterminar poblaciones enteras con un cinismo sin precedentes; o el matar y desaparecer jóvenes para sembrar el terror y poder despojar a pueblos de sus riquezas naturales, entre otras infamias.
Después de este gigantesco cambio surgieron los totalitarismos y, junto con ellos, la ideología liberal. Más tarde, y como reacción a esta, surgieron con fuerza el fascismo y el comunismo; pero desde hace cinco décadas, el liberalismo se erigió como hegemonía absoluta, y en este tiempo, ha llevado de manera agresiva su principal ideal: la libertad individual sin restricciones, por encima de la verdad, de la justicia y del bien común. En la práctica, esto se ha traducido en la libertad de solo el poder económico.
Desde el inicio de la modernidad esta cultura liberal ha ido minando y dinamitando todos los vínculos comunitarios -como la familia, la religión, la tradición y la historia- con el afán de reducir al individuo a su estado puro. Este proceso va muy avanzado y una prueba de ello es el sentimiento de soledad y desamparo de millones de seres humanos, y de manera especial, en los jóvenes.
Hoy los jóvenes están inmersos en un relativismo absoluto que los lleva a vivir en la provisionalidad y que les impide tomar decisiones a más largo plazo o definitivas, creando severas crisis de identidad. La incertidumbre laboral, económica y de futuro se ha vuelto lo normal. La tecnología ha abierto posibilidades de interconexión como nunca antes, pero también ha traído consigo un sentimiento de abandono y fragmentación. La hiperestimulación a través de las pantallas y los estereotipos de perfección pueden estar llevando a una ansiedad crónica por tener cuerpos esbeltos, ser exitosos y por consumir de forma insaciable. De alguna manera, esto explica el vértigo existencial, el vacío y la apatía que se experimentan muchos jóvenes antes preguntas por el futuro o por el sentido profundo, con implicaciones claras en su salud mental.

Foto: Cathopic
Por otro lado, también se observa que las juventudes actuales, lejos de resignarse a esta realidad como su único destino, muestran un notable espíritu de resiliencia, apertura a la novedad y búsqueda de nuevas tierras y horizontes por explorar. Asimismo, desde hace algunos años se ha manifestado un despertar a la espiritualidad y, muy en especial, a vivir explícitamente la fe católica en amplios grupos de jóvenes que comienzan a reunirse a reflexionar la Palabra, orar y estudiar la tradición. En la práctica, están formando valiosas comunidades en torno a Dios.
Si bien puede ser cierto que este fenómeno del repunte a la filiación religiosa entre los jóvenes se debe, en parte, al impulso que por medio de algoritmos de redes sociales hacen grupos de poder con alguna intencionalidad ajena a la religión en sí -como MAGA u otros- es innegable que el mismo Espíritu de Dios es el que está actuando en el corazón de los jóvenes, impulsando la renovación y transformación del mundo.
Es aquí donde aparece con gran relevancia la Espiritualidad Ignaciana. Ella tiene el antídoto para muchos de los males que aquejan a los jóvenes hoy, sobre todo porque ésta apunta a buscar y encontrar el sentido profundo de la existencia y ofrece un camino de realización en comunidad.
Su fuerza radica en que se basa en experiencias más que ideas o doctrinas. La experiencia, a diferencia de las ideas, se queda impregnada en los sentidos y, por ello, instala en la realidad a la persona. Las ideas van y vienen, y nunca hay certezas absolutas. De las experiencias, en cambio, no cabe la menor duda de lo vivido en ellas, pues su verdad radica en la Alteridad como fuerza de imposición, de allí su verdad.
Según Melloni, hay dos experiencias que vivió Ignacio que son referentes en la espiritualidad Ignaciana (para esta parte señalaremos con corchetes algunas ideas tomadas literalmente de apuntes de la presentación que Carlos Morfín, S.J. realizó en el «Primer Encuentro sobre Espiritualidad Ignaciana» en Puente Grande, Jalisco, en octubre del 2024)
La primera es el Cardoner. «¿Qué es lo que le pasó? ¿Qué es lo que se abrió́ en él? A mi entender, dice, Melloni, se le mostró la inseparabilidad de Dios y la realidad. Comprendió que Dios es el Fondo incandescente de todo lo que existe, que Dios no se encuentra en un más allá́ separado de la realidad, sino en el corazón mismo de lo que vivimos, que Él es la Fuente invisible de aquello visible. Ignacio experimenta a Dios presente en todas las cosas, toda la realidad, y que no existe separación entre la vida cotidiana y la experiencia espiritual».
Es la experiencia de sentirse total e incondicionalmente sostenido por la bondad absoluta de Dios, de manera que, pase lo que pase, en la existencia humana, la creatura se sabe permanentemente sostenida.
Esta confianza permite abrirse a la libertad, orientar la vida y dotarla autenticidad y esperanza. Se revela algo que siempre ha estado, pero que no era consciente y ahora se vive como algo evidente. Es la experiencia del Resucitado.
La segunda experiencia es Storta. «¿Y qué se le muestra? Ve al Padre que se dirige a Jesús, el cual se le aparece cargando una cruz, diciéndole: “Quiero que Ignacio nos sirva”. El Cristo que se le manifiesta no es un Pantocrátor o el Cristo resucitado, sino el Cristo kenótico, llevando la cruz de la humanidad; el Cristo del «todavía no», de una historia que aún está por realizarse. Ahora se injerta en la peregrinación del Cristo que camina con toda la humanidad. El “ya sí́” de la mística que ve a Dios en todas las cosas y todas las cosas en Dios, y el “todavía no” de la profecía, que sabe identificar el dolor y denuncia las injusticias».
Si en el Cardoner se experimenta una gran apertura a la libertad, en la de la Storta esa libertad se historiza: se despliega formando una espiritualidad encarnada en la historia y con la misión de trabajar junto a Jesús en la construcción de la paz, la comunidad, la solidaridad y de un mundo más justo y esperanzado desde el contexto actual, como continuación de la acción de Jesucristo en la historia de salvación, recuperada y contenida en la rica tradición de la Iglesia.
Recuperar la centralidad de Dios con tal convicción es de los aportes más importantes para que las juventudes actuales recuperen el sentido de su existencia y construyan vínculos familiares y comunitarios de calidad. Es decir, poner el acento en lo que realmente vale la pena.
Es de gran valor también recuperar la historia y la tradición. Reconocer toda la riqueza cultural y espiritual, así como de los bienes ambientales y sociales que construyeron los antepasados, es de suma importancia para sentir la obligación de cuidar el mundo para las futuras generaciones y no agotarlo en este consumo desmedido.
El discernimiento, herencia también de esta espiritualidad, es una herramienta para ir manteniendo el rumbo en la vida cotidiana y seguir reconociendo la propia identidad frente a Jesús, en quien el ser humano puede saber quién realmente es. Examinar la conciencia con honestidad para reconocer y ordenar los deseos, y descubrir los autoengaños, es camino de autenticidad y la profundidad de la vida.
En este tema en particular, es importarte reconocer la pertinencia de la Primera y la tercera de las preferencias Apostólica de La Compañía de Jesús: Mostrar el camino hacia Dios mediante los Ejercicios Espirituales y el discernimiento ignaciano. Las otras tres preferencias y acompañar a los jóvenes, respectivamente.
Para terminar, se parafrasea aquí una analogía del Dr. Alfonso Alfaro que viene muy al caso. Él compara la insolencia con la que la cultura china, en su máximo esplendor el imperio chino, miraba a Occidente: creían que no había nada que aprenderle de él. En medio de esa suficiencia, Mateo Ricci supo hacerse necesario ante la arrogancia de un imperio que se consideraba a sí mismo en medio del cielo y de la tierra, de manera que en la corte del Emperador su palabra gozaba de alto respeto, porque supo hablar su lenguaje científico y logró deslumbrarlos.
Hoy toca hacerse necesario en medio de esta cultura insolente que mira con desprecio a Dios y a la religión, viéndolos como reliquias de un pasado superado. Por eso, aunque la Espiritualidad Ignaciana es de suma relevancia para las juventudes de hoy en día, bien puede seguir pasando desapercibida si no se tiene la creatividad de ir más allá de las propias fronteras y los mismos lugares ordinarios de siempre. Es necesario acudir a los lenguajes científicos, tecnológicos y de comunicación que hoy en día escuchan y valoran los jóvenes, entender las estrategias del mercado para poder hacerse escuchar y que esta espiritualidad tan rica vuelva ser aprovechada por las y los jóvenes y los lleve a los nuevos confines de nuestro mundo.






