¿Puede el amor ser impuro?

Cuando leo los Evangelios tengo la impresión de que Jesús pone constantemente el centro de la vida moral en el corazón. «Nada que entra de fuera puede hacer impuro al hombre; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre» (Mc 7,15). Y también: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

Por eso, cada vez que reflexiono sobre la pureza me surge la misma pregunta: ¿qué hace realmente impuro un acto humano?

Cuando pienso en la impureza no pienso en una orientación sexual determinada. Pienso en la mentira. Pienso en la utilización. Pienso en el egoísmo. Pienso en la manipulación. Pienso en aquellas situaciones en las que una persona deja de ser amada para convertirse en un instrumento.

Por el contrario, me cuesta asociar la impureza con la fidelidad, el cuidado mutuo, la entrega o el deseo sincero del bien del otro.

La pureza tiene mucho más que ver con la capacidad de amar que con cualquier otra cosa.

Desde mi punto de vista como cristiano, la pureza consiste en actuar por y con amor, de forma leal, libre, sin utilizar a los demás, buscando su bien y favoreciendo su crecimiento como personas.

Sé que esta definición no responde a todas las preguntas. También sé que el amor puede confundirse con dependencia, posesión o necesidad afectiva. Pero sigo pensando que cualquier reflexión cristiana sobre la pureza debe comenzar por el amor. Y precisamente ahí es donde aparece mi dificultad.

Soy consciente de que la Iglesia mantiene una enseñanza clara sobre la homosexualidad. También sé que existen textos bíblicos que tradicionalmente se han interpretado en ese sentido.

En el Antiguo Testamento encontramos referencias al impedimento de las relaciones homosexuales (cf. Lv 18,22; Lv 20,13).

En el Nuevo Testamento suelen citarse especialmente algunos textos de san Pablo, en los que habla de relaciones contrarias a la naturaleza y conductas contrarias a la doctrina y que alejan del Reino de Dios. (cf. Rm 1,26–27; 1 Co 6,9–10; 1 Tim 1,10).

A partir de estos textos y de la posterior reflexión la Iglesia ha desarrollado su enseñanza moral sobre esta cuestión. De esta forma el Catecismo afirma que el acto homosexual es desordenado, pero insiste en la acogida con respeto y compasión de la persona homosexual (CEC 2357 y CEC 2358).

No ignoro estas enseñanzas. No pretendo descartarlas. Pero debo reconocer que sigo encontrando una dificultad. Cuando leo los Evangelios no encuentro a Jesús hablando explícitamente de esta cuestión. Sin embargo, sí le encuentro hablando constantemente del amor, de la misericordia, del perdón, de la verdad, de la hipocresía o de la dureza de corazón.

Y aquí es donde me cuesta seguir el razonamiento. San Juan escribe: «Dios es amor» (1 Jn 4,8). Y también: «Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16).  Por su parte, san Pablo afirma: «La plenitud de la ley es el amor» (Rm 13,10). 

Cuando leo estas palabras me resulta difícil pensar que el amor pueda ocupar un lugar secundario en cualquier reflexión moral.

Foto: Cathopic.

Por eso me pregunto: «Si dos personas se aman sinceramente, se respetan, se cuidan mutuamente, permanecen juntas en la enfermedad y en la dificultad, se ayudan a crecer y encuentran en la sexualidad una forma de expresar ese amor, ¿qué es exactamente lo que convierte esa relación en contraria a la voluntad de Dios o indigna?»

No estoy diciendo que el amor resuelva automáticamente cualquier cuestión moral, existen muchos matices, consecuencias y aspectos a tener en cuenta. Lo que digo es que me cuesta entender que pueda quedar relegado a un segundo plano.

Hay otra frase de Jesús que vuelve una y otra vez a mi cabeza: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). No creo que los frutos sean el único criterio para discernir la voluntad de Dios. Pero tampoco creo que puedan ser ignorados.

He conocido relaciones heterosexuales que me resulta difícil asociar con el amor. Y también he conocido personas homosexuales capaces de una fidelidad, una entrega y una capacidad de servicio admirables. Esto no responde por sí sólo a la cuestión moral. Pero hace que la pregunta sea todavía más difícil para mí.

Porque cuando veo cuidado mutuo, sacrificio, fidelidad, servicio y amor, me pregunto qué hacer con esos frutos.

¿Qué hacemos cuando los frutos parecen buenos?

Sinceramente, no tengo una respuesta clara y la necesito. La comunidad la necesita. No creo que una norma generalizada sea la mejor respuesta ni solución.

Hay otra reflexión que también me acompaña.

La Iglesia reconoce determinadas vocaciones y estados de vida. Reconoce el matrimonio. Reconoce el sacerdocio. Reconoce distintas formas de consagración. Y creo que este reconocimiento es importante y necesario.

Pero la historia nos enseña que un reconocimiento institucional o un estado de vida bendecido no garantizan, por sí solos, la verdad interior ni la capacidad de amar. Y, del mismo modo, la falta de ese reconocimiento no hace que desaparezcan.

Esto no invalida esas vocaciones ni las instituciones que las sostienen, pero sí hay ocasiones en que la norma otorga un presunto «visto bueno» que invisibiliza realidades de abuso, infidelidad o egoísmo, permitiendo que la persona siga integrada en la vida comunitaria y sacramental sin cuestionamiento externo.

Pero, ante una relación homosexual en la que existen frutos evidentes de fidelidad, entrega, perdón y cuidado mutuo, la respuesta acostumbra a ser la presunción de indignidad. Y con esto no quiero ni pretendo igualar el estatus del matrimonio y la unión. Lo que me preocupa es lo que tachamos de digno o indigno.

Me preocupa que se dé por bueno el regalo de envoltorio bonito aunque por dentro destruya, y se condene el regalo sin envoltorio aunque por dentro edifique. Es ahí cuando surge mi perplejidad: si ante Jesús lo que edifica y salva es el amor, ¿por qué tendemos a juzgar por el molde y no por lo que hay en el corazón?

Soy consciente de que detrás de la enseñanza de la Iglesia hay siglos de reflexión y padres como san Agustín, santo Tomás de Aquino o san Juan Pablo II han intentado profundizar en estas cuestiones.

Y sin ser capaz de alcanzar el don del Espíritu ni el conocimiento teológico de estos padres de la Iglesia, entiendo que si la pureza tiene su raíz en el corazón; si Dios es amor; si la plenitud de la ley es el amor; si un árbol se reconoce por sus frutos, y si Cristo parece mirar constantemente hacia la verdad interior de las personas, entonces sigo sin comprender por qué una relación homosexual estable, libre, fiel y amorosa debe identificarse necesariamente con aquello que la Sagrada Escritura llama impureza.

Quizá exista una respuesta que todavía no he sido capaz de comprender. Quizá la respuesta sea distinta de la que espero. O quizá simplemente necesite seguir buscando. Lo que sí sé es que no quiero responder esta pregunta desde mis ideas y concepciones, tampoco desde normas y leyes. Quiero responderla a la luz del Evangelio y de Jesús.

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