En la siguiente fábula el autor ha procurado seguir el consejo de san Ignacio de Loyola, en la contemplación, de ocupar el papel de alguno de los personajes para revivir con todos los sentidos la experiencia viva de cada pasaje. Por ello está escrita en primera persona y, a medida que se avanza, se irá identificando con facilidad al personaje central. A la vez, son Fábulas —es decir, aplicación de la imaginación ignaciana— que están incompletas, que el lector puede hacer crecer, aplicar y matizar con su propia vida. Es así como se puede resaltar que quien contempla está en silencio, envuelto y activo compenetrado por la Presencia.
¡Ese era el centro de las parábolas del sembrador! Jesús estaba enseñando a los suyos a abrirse: a pesar de los obstáculos, el poder de Dios actúa y siempre hay una semilla que produce fruto.
Se trataba en realidad de la desconcertante paradoja de un Dios que quiere depender de los terrenos que Él ha creado. Era el misterio de la libertad humana respetada por un Dios que pide y suplica que aceptemos sus dones, que nos invita a que seamos buena tierra, para que nuestros frutos sean grandes y la cosecha abundante. Un Dios que nos ama como somos y siembra sobre nuestra fecundidad o sobre nuestra dureza… si tan sólo nos abandonamos en Él, si tan sólo usamos nuestra voluntad para permitir que Él germine en nosotros, si tan sólo creemos que el secreto de nuestra vida y de nuestra muerte está precisamente en vivir y en morir con las manos vacías.
Jesús era radical. El Reino de Dios es «de» Dios, obra suya. Dios es el único que siembra. Sólo Él siembra el bien, y lo hace con una mezcla de claridad y de paciencia. Dios sabe esperar el tiempo de la cosecha, la protege de la cizaña, hasta sabe sacar bien del mal. La misma cizaña puede convertirse en frutos de conversión. Por eso, mientras el hombre únicamente ve en sí mismo o en los demás al pecador, Dios ya ve al santo que se aproxima a la vuelta de la esquina.
Por ello, ser fecundos significa ser fecundados, permitir ser fecundados por Dios. Poseer la verdad es ser poseídos por la verdad. Ser puros consiste en ser purificados. Avanzar en caridad no es tanto progresar esforzadamente en el camino del amor cuanto dejarnos arrastrar por la atraccción, cada vez mayor, de la fuerza del amor de Dios. Amar a Dios es dejarnos amar por Él. Amarnos a nosotros mismos es dejarnos conducir a dar la vida por los demás. Comprender es ser iluminados. Tratar de amistad con Dios es orar. Orar es, sobre todo, escucharle…, dejar que Dios levante nuestro corazón. Hacer es, casi siempre, dejarle hacer… lo que ya nos musitó al oído en la soledad de la oración.
Las parábolas del sembrador eran, pues, un llamado a la paz y a la esperanza. Un apremiante llamado, es cierto, porque la vida es riesgo y se puede perder la cosecha por culpa de la tierra; pero era sobre todo un llamado a la confianza: «la semilla germina y crece sin que el hombre sepa cómo».

Por eso hay que saber escuchar el latido vital de Dios, escuchar esa voz que a veces parece callar pero que siempre busca y puede germinar y multiplicarse en cosecha al cien por uno si nos dejamos fecundar por Él.
Por eso también tenemos que acercarnos de puntitas a la fe, y percatarnos de que Dios existe sólo cuando lo reconocemos. Sólo es Dios Vivo si lo acogemos. Y debemos darlo a luz como en un parto: hay que poner mucha fuerza, hay que tirar hacia arriba, y hay que ser feliz o llorar de emoción con Él a su llegada con vida.
Lo que Jesús estaba diciendo es que la siembra es un llamado y un legado que no se puede hacer a un lado, porque creer en Él es vivir la misma misión y el mismo llamado: anunciar la buena noticia a los pobres y liberar a los cautivos.
¿Por qué nos costaba tanto entender esto? Tal vez por la sencillez que Él esperaba de nosotros, tal vez porque el Reino sólo se recibe como un niño, tal vez porque, en el fondo, preferiríamos que la santidad fuese una obra de titanes —a eso reducimos todo lo que hacemos— y no creciera como el trigo en el campo ¡bajo el sol de Dios!
Por eso nos equivocamos si vivimos angustiados, si nos ahoga el miedo de qué comeremos o cómo vestiremos, si sufrimos por adelantado mil males que nunca llegan, si nos frustramos porque no vemos crecer más nuestras virtudes, si estamos convencidos de que lo importante en la vida y en el alma depende de nuestro trabajo. ¿No hay un Dios que cuida de los lirios y los pájaros? ¿O Dios será menos fuerte que su sol que hace crecer el trigo sin que el labrador se entere? ¿O es que acaso no quiere Dios que nos elevemos como la diminuta semilla de mostaza y que nuestras ramas se multipliquen a lo alto?
Esta confianza, esta tranquila aceptación gozosa de nuestra pequeñez, es la contraseña de la buena tierra. Todo es asunto de Dios. A nosotros nos basta caminar con entusiasmo bajo el sol, cumplir nuestro quehacer con toda paz y sencillez. Y luego descansar en la esperanza… con las manos vacías ante un Dios que ama sin escatimar nada, que hasta nos regaló a su Hijo como grano de trigo.
Porque a Dios sólo se llega con el corazón desligado de sandalias y despojado de vestidos, desprendido y desnudado de todo lo que no sea abrirnos a amar como Él nos ama.
Porque nuestra riqueza es Dios mismo… si nos atrevemos a escucharle cada día, si realmente deseamos que se haga su voluntad en nosotros.
Porque, afortunadamente, Dios tiene dos manos: una para sembrar… y otra para ayudar a que las tierras se conviertan en fecundas.
Y Dios será nuestro, y nosotros de Él.
Y el granero de Dios será grande. Y todos los que fructificaron tendrán cabida en él. Porque el Reino de Dios es un reino de vivos, un reino de fecundos, un reino de almas puestas en pie.
Esto es lo que entendí por fin… aquella tarde.






