La sección PreTxtos comparte materiales que puedan convertirse en instrumentos para llenar de contenido las preguntas, nuevos vocabularios y expresiones alternativas de la dimensión religiosa de nuestra comunidad cargada de pluralidad y diferencia, donde lo importante ya no son los dogmas, sino los interrogantes, la búsqueda, la indagación, la apertura, los tanteos y los descubrimientos en un mundo de incertidumbres, pero en un suelo común: la búsqueda de experiencias profundas de humanidad. Esta iniciativa nace del trabajo colaborativo de un grupo de académicos del ITESO que, desde distintas áreas del conocimiento, comparten la inquietud por pensar y nombrar esas experiencias profundas de humanidad y que compartiremos con nuestra comunidad lectora una vez al mes.
El objetivo principal de este texto es presentar el concepto de experiencias profundas de humanidad en clave feminista, con el fin de cuestionar las lógicas patriarcales, jerárquicas y androcéntricas que han configurado la espiritualidad. Para ello, se realiza una revisión sociohistórica de las representaciones culturales de las divinidades femeninas ancestrales, con la intención de analizar cómo estos referentes han permitido resignificar la relación con lo divino y lo sagrado. Al mismo tiempo los feminismos se vinculan con las experiencias profundas de humanidad adquiriendo una dimensión política, al reivindicar el género en el campo de la espiritualidad.
Resignificar las experiencias profundas de humanidad desde las divinidades reinterpretadas por los movimientos feministas y queer
Una experiencia profunda de humanidad no puede ser individual: es siempre colectiva y, por lo tanto, política. Así lo recuerdan las consignas feministas al afirmar que «lo personal es político», incluso cuando lo personal se vincula con la mística. Esta propuesta no es nueva. Sophie de Grauchy —una de las primeras feministas y filósofas francesas reconocidas públicamente— ya había cuestionado la moral y la gnoseología, debatiendo las normas sociales impuestas en Francia durante la Revolución Francesa. Fue ella quien elaboró las primeras nociones de simpatía y de un amor no romántico, con el propósito de reconfigurar los mitos fundantes que socavaban los derechos de las mujeres.
Sophie de Grouchy, en su libro «Cartas sobre la simpatía» propone que la humanidad se caracteriza por una sensibilidad ante el otro, despertando sentimientos de simpatía y compasión, sentir con las otras personas, incluso, propone que estos sentimientos detonarían un deseo de igualdad. Entonces ¿puede haber experiencias profundas de humanidad y con una mirada feminista sin que existan estas pulsiones? Grouchy diría que no.
«En medio del fragor de tantas pasiones que oprimen al débil o relegan al desdichado, la humanidad eleva su súplica—silenciosa, pero nacida de lo más hondo del corazón—en defensa del género humano, y lo reivindica de la injusticia del destino al despertar el sentimiento de la igualdad natural».
Hasta el siglo pasado, lo humano había sido concebido de manera antropocéntrica y patriarcal. El Hombre —con «H» mayúscula— se erigía como centro del pensamiento, de la acción y del proyecto de «ser humano». Por ello, resulta necesario apostar por la integración de las experiencias y bibliografías de mujeres y personas diversas en los estudios teológicos como apunta la autora Olga Vélez en «Teología feminista latinoamericana de la liberación: Balance y futuro». Se requiere incorporar discursos antes ausentes: cosmovisiones, historias, narrativas y prácticas que fueron silenciadas, que nos permitan reconocer que existen múltiples experiencias de humanidad. Estas experiencias, en su dimensión sociohistórica, no son iguales, ni equitativas, ni siquiera similares; cada una es, en esencia, fundamentalmente diversa.
Estos cuestionamientos para reinventar lo que sería una experiencia de humanidad que es inicialmente concebida como diversa, también implicaría pensarla como algo profundo, porque parecería que lo femenino y diverso, habla de algo que es privado y si fuera público, sólo un hombre podría hablar de ello, para que fuera realmente una experiencia humana y profunda, porque en lo público lo masculino es lo legítimo.
Así, las experiencias profundas de humanidad también han sido y pueden ser leídas en clave feminista: el conocimiento, la fe, la ciencia, han tenido rostro de mujer, pero ha sido experiencias tan profundas y, aparentemente, lejanas; como si eso profundo, fuera posible visibilizarse sólo en el campo de lo íntimo y silencioso. Una experiencia profunda de humanidad también puede ser feminista, diversa, pública y con apertura a la búsqueda trascendental.
«La espiritualidad es una dimensión humana profunda que se relaciona con la búsqueda de significado, conexión con lo trascendente y un sentido de propósito en la vida. Si bien las religiones institucionales a menudo abordan estas necesidades espirituales, la espiritualidad puede manifestarse en contextos más amplios y diversos. Las personas pueden encontrar fuentes de espiritualidad fuera de las estructuras religiosas tradicionales, explorando perspectivas humanistas y espirituales que no se ajustan a ninguna religión específica. Las religiones humanistas se centran en los valores humanos, la dignidad humana, la ética y el bienestar de la humanidad», apunta Christian Hyrum Siza Montoya.
Aunque Montoya, no analiza el tema de la diversidad sexo genérica, podemos pensar que las personas buscan fuentes de espiritualidad para el bienestar no sólo individual, sino colectivo; incluso, dentro de las religiones tradicionales, sin perder de vista su identidad u orientación sexual. La dignidad humana, la ética y el bienestar, son tan humanas como las prácticas espirituales mismas. Cualquier persona es capaz de ser espiritual y ese ser espiritual es una experiencia humana, y constitutivamente, diversa. No sólo refiriéndonos a la diversidad sexo genérica, sino que cualquier práctica de espiritualidad y de humanidad, aún bajo los mismos cánones y prácticas religiosas, será una experiencia diversa en sí misma.
«Proponemos situar la espiritualidad femenina en un escenario postsecular donde las instituciones y creencias religiosas son consideradas como parte legítima de la esfera pública y recuperar interpretaciones feministas sobre su potencial emancipatorio y transformador de modo similar a la recuperación que se hace de teologías feministas y queer», señalan Karina Felitti y Leila Abdala.
La espiritualidad, para constituirse en una experiencia profunda de humanidad feminista, debe ser postsecular, integrar las diversidades sexo-genéricas y cuestionar las lógicas de conocimiento patriarcales, jerárquicas y androcéntricas. Asimismo, ha de recuperar la producción de conocimiento de las mujeres, situarla y reconocer que no se limita al ámbito íntimo, sino que también se despliega en la esfera pública y política. Solo así, mujeres y personas diversas podremos ejercer plenamente nuestras prácticas espirituales, más allá de los cánones religiosos establecidos.

Historización de algunas deidades ancestrales
Los movimientos feministas y queer aportan reinterpretaciones a místicas ancestrales, lo cual permite acercarse a la espiritualidad integrando conceptos referentes al cuerpo, al género, la sexualidad y la espiritualidad como elementos centrales de ese cuestionamiento religioso.
Los de la Segunda Ola se propusieron reinterpretar los mitos patriarcales y resignificarlos a través de un movimiento filosófico y espiritual que consistió en una reelaboración del Mito de la Diosa que, si bien ha sido cuestionado por algunas carencias en la veracidad de la información, ponía de manifiesto la idea de los matriarcados y sus características en la antigüedad.
«Esta última tendencia, paralela a los movimientos de las mujeres nacidos en las últimas décadas del siglo XX, y desde una gran diversidad de ideologías y prácticas, coincide en proclamar la evidencia de otra forma de pensamiento (ajeno al racionalista) como motor de la psique, identificado con lo femenino, con la emoción más que con la deducción lógica, un pensamiento que valora el conocimiento instintivo y que aboga por una transformación social basada en la espiritualidad», destaca Angie Simonis.
Más adelante, el feminismo de la diferencia buscó transformar el orden simbólico patriarcal a través de la deconstrucción y la reelaboración de los mitos que permitieran a las mujeres liberarse de la dominación simbólica del patriarcado. Mientras que el feminismo cultural —el retorno de la Diosa en la espiritualidad— afirma que los símbolos de la religión patriarcal tienen profundos efectos psicológicos y actúan para confirmar el poder masculino que han denigrado el cuerpo de las mujeres como algo carnal. Por el contrario, pretende defender a la mujer y reconocer sus ciclos, al tiempo que supera la idea de una mujer pasiva y sumisa y, sobre todo, la expresión de la sororidad.
¿Quién puede hablar de Dios y ejercerse desde lo que habla? «Un Dios irónico no es solo multiplicidad, sino que además significa que Dios pertenece a ese género gay por excelencia, la ironía, que puede definir y redefinir el arte divino de ser gay. Divinamente gay, las personas no-heterosexuales tienen mucho qué compartir y decir acerca de Dios, fuera de los límites de la ideología heterosexual» (Altahus, 2022).
Por lo tanto, propongo revisar desde la figura mítica de Isis y algunas otras deidades, algunas de las labores más humildes y más simples que históricamente han estado vinculadas a las diosas y cuyas pretensiones no eran ni las de tener todo el poder o mantener el orden cósmico, sino que provenían de contrastar la realidad humana (empíricamente) con las posibles conexiones con lo divino: la reproducción, la sexualidad, el amor, la belleza, el conocimiento o la muerte eran las actividades de las deidades femeninas en las mitologías ancestrales.
En cambio, el poder, la guerra, la religión, por el contrario, fueron actividades que históricamente han sido ligadas a lo masculino, no sólo en el cristianismo, sino en muchas de las culturas orientales e indoeuropeas.
Dice María José Binetti que: «La crítica feminista al pensamiento falogocéntrico es ante todo una crítica al dualismo determinante de este último, en función del cual se sostuvo la superioridad de uno de los términos sobre el otro y, en particular, del espíritu sobre la materia, de lo racional sobre lo sensible, del varón sobre la mujer. Mientras que lo material fue considerado un principio pasivo, oscuro e indeterminado, ininteligible y ciego, lo espiritual se interpretó como un principio puramente actual, determinante, luminoso e inteligible. A la materia le correspondió la privación y la corruptibilidad de la finitud; al espíritu, la perfección incorruptible y auto subsistente de la forma pura».
En consecuencia, el pensamiento falogocéntrico convirtió el mundo sensible en la copia imperfecta, degenerada y corroída de la perfección ideal, cuando no en la prisión y la tumba del espíritu. «La expresión religiosa de este dualismo tiene su mejor exponente en las religiones monoteístas del Dios Padre, herederas de los antiguos cultos solares. En consonancia con el ser verdadero, el Dios Padre es espíritu puro y perfecto, eterno e inmutable, trascendente al mundo corruptible e imperfecto de la materia. Él se eleva más allá de todas las cosas como perfección ejemplar, bien supremo y pura luz. El dualismo característico de las religiones patriarcales supone el dualismo metafísico entre el ser infinito y el ser finito, el bien y el mal, el espíritu y la materia, lo eterno y lo temporal, etc., a través del cual se opera la partición del mundo en dos polos excluyentes e irreconciliables»
Me interesa retomar, entonces, las herencias y prácticas religiosas que no son androcéntricas y que han sido desestimadas a lo largo de la historia, no sólo por la Iglesia, sino por la Ciencia —que, dicho sea de paso, tuvieron una relación estrecha durante varios siglos—, tachadas de hechicería, conocimientos del inframundo, brujería, entre muchas otras formas de desestimar todo aquello que estuviera relacionado a lo femenino, lo diverso o lo alterno.
Por ejemplo, la herencia de Isis —nos guste o no— impregnó a Roma y en lo sucesivo a la Iglesia Católica; la Coatlicue o Tonantzin, cuyo fundamento influenció la configuración de una imagen como la Virgen de Guadalupe bajo el arquetipo de la madre; o las que, de plano, fueron borradas de la historia oficial: Lilith, Safo, Artemisa, Atenea, Afrodita, en Occidente (vinculadas a la sexualidad libre); Ixchel, Xochitquetzal, Itzpapaloátl en Mesoamérica; Shakti, Kali, Rati o Krishna en la India; Pele o Hina en Oceanía, (vinculadas a la muerte-creación); Quan Yin o Changué en China o Japón (vinculadas a la eternidad).
Conviene preguntarse, ¿por qué una experiencia profunda de humanidad concebiría lo femenino como algo intrínsecamente relacionado a la maternidad? Si la historia nos dice lo contrario, que una deidad también puede ser libertad, diálogo vida/muerte, belleza, sensualidad, conocimiento, eternidad, ¿por qué estas categorías fueron negadas de lo divino femenino? Las experiencias profundas de humanidad deberán, entonces, resignificar nuestra relación con la divinidad, la feminidad y la diversidad, abrazar lo que es distinto, la relación con la corporeidad y la sexualidad, nuevos lenguajes y nuevas formas de buscar la trascendencia.
Para saber más
Velez, C. (2013). Teología feminista latinoamericana de la liberación: Balance y futuro. Horizonte: Revista de Estudos de Teologia e Ciências da Religião, 11(32), 1801–1812.
Althaus-Reid, M. (2022). Dios cuir. México: Universidad Iberoamericana.
Binetti, M. J. (2016). La espiritualidad feminista: En torno al arquetipo de la Diosa. Revista Brasileira de Filosofia da Religião, 3(1), 36–55.
De Grouchy, S. (2017). Cartas sobre la simpatía (R. Hurtado Simó, Trad.). Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Felitti, K., & Abdala, L. (2022). Sexual and reproductive health in women’s circles (Argentina, 2014–2021). Cultura y Religión, 16(2), 56–82. https://doi.org/10.4067/S0718-47272022000200056
Montoya, C. H. S. (2024). Espiritualidad y religiosidad en estudiantes universitarios: Manifestaciones y fuentes. Una revisión scoping siguiendo las directrices de PRISMA.
Simonis Sampedro, A. (2012). La Diosa feminista: El movimiento de espiritualidad de las mujeres durante la Segunda Ola.






