Gassho, antes de entrar al zendo —una reverencia con las manos juntas a altura del plexo—, tener cuidado de no tropezar con la alteración de unos centímetros de altura puesta a la entrada del zendo para recordar estar presente, para tener los pies bien plantados y la conciencia bien alerta. Unos pasos antes de estar frente al zabuton, otro gassho al centro del zendo, después, una voz tenue pero firme, con mucha reverencia pero sencilla indica lo siguiente: Zazen.
Nos sentamos en nuestro zafu de cara a la pared, acomodamos nuestras piernas en lotto, medio lotto, en banco o en una silla, nos inclinamos hasta casi tocar el suelo con nuestra frente para ayudar a nuestra columna a estar derecha desde la raíz, un par de movimientos ondulatorios para encontrar el centro, tres respiraciones profundas que limpien y dispongan el alma, manos efectuando el mudra que nos habla del vacío, de la circularidad, del vacío que todo engloba y del cual todo surge.
De ahí, fijamos la mirada en un punto a unos noventa o cien centímetros de nuestra columna vertebral hacia el frente, suena el cuenco, tinnnnnnnn tinnnnnnnnnnnn tinnnnnnnnnnnnnn y ahí comienza el verdadero ejercicio, darnos cuenta de la innumerable cantidad de pensamientos que atañen nuestra atención. Nos percatamos de un oleaje que a veces es tenue, casi imperceptible, otras más, son olas gigantes que nos alejan del presente. Como ayuda para sortear esas mareas, tenemos nuestra respiración, contar nuestra respiración. Uno, al inhalar, dos, al exhalar, hasta llegar al diez; luego regresar otra vez. Algunas veces, navegamos esas olas a buen ritmo, seguimos nuestro conteo y volvemos a repetir, sin problema; sin embargo, en otras ocasiones, el conteo sigue, pasamos el diez, el veinte, el treinta antes de percatarnos de que casi hemos acabado con el conjunto de los números naturales.
Esta práctica de sentarse y referir la atención a una sola cosa, a de verdad encontrarnos, es el plato fuerte en un sesshin o en cualquier curso introductorio al Zen.

Guardemos las distancias y las insalvables diferencias, pero en el cristianismo, principalmente el oriental, la oración del corazón u oración de Jesús sigue los mismos lineamientos, se cuida la postura, se tiene un ancla que nos ayuda a estar presentes, se reverencia con el signo de la cruz al persignarse para recordar que estamos delante de lo que merece respeto. Más aún, si nos vamos a la tradición del Islam, se cuenta con la oración de los noventa y nueve nombres de Allah (Asma al–husna) que mediante la repetición de cada nombre nos invita a centrar nuestra atención en el presente, en cada repetición estar totalmente unificados y concientes.
Si en algo convergen estas tradiciones es precisamente en la importancia de poder hacer lo que se hace, de poder estar enteramente inmerso en eso que se realiza, atisbarse en lo insondable de la realidad en cada momento. De hecho, uno de los frutos de la práctica continua del Zen es precisamente el estado de unificación, de entereza en nuestros actos.
El camino del silencio en cualquiera de sus vertientes, sea la cristiana, la islámica o budista zen, nos lleva a lo interior de nosotros y de todo, nos permite adentrarnos y darnos cuenta.
El camino del silencio, en especial el Zen, que es el que he practicado más, es una senda para encontrarnos con otras denominaciones religiosas, incluso con no creyentes pues tiene la ventaja de que ningún discurso es válido, la práctica del silencio es el camino que nos hace converger al punto arquimédico.
En alguna ocasión escuchaba la analogía del círculo que ilustra muy bien lo que trato de plasmar aquí. En un círculo, dos puntos cualesquiera en la circunferencia distan uno del otro formando un arco. Si trazamos los rayos que van de esos puntos al centro y nos vamos deslizando hacia el centro por ambos rayos, veremos que los puntos del arco van distando cada vez menos uno de otro. Así sucede pues con las confesiones religiosas, con las opiniones divergentes. En la superficie pudiera parecer que distan enormemente, incluso pueden parecer irreconciliables; sin embargo, en la medida que profundizamos, que callamos y dejamos tocarnos por lo otro, nos aproximamos, convergemos en el centro, único, vacío, pluriforme.
El Zazen tiene la bondad de que nos sumerge en esa ruta desde la primera «sentada». Desde la primera aproximación nos enfrentamos a nosotros mismos, a nuestros pensamientos o donde ponemos nuestra atención; en última instancia, nos enfrentamos a lo que nos conforma, a nuestro presente. Si no desfallecemos y somos fieles pese a los dolores de piernas, de espalda u hombros, si permanecemos una y otra vez, nos daremos cuenta de la necesidad de beber de esa fuente de agua viva desde la cual nunca deja de brotar agua fresca y que calma nuestra sed. Seremos testigos de lo que Jesús había dicho a la samaritana: «…el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua viva que brota para la vida eterna» Jn 4, 14.






