
En la siguiente fábula el autor ha procurado seguir el consejo de san Ignacio de Loyola, en la contemplación, de ocupar el papel de alguno de los personajes para revivir con todos los sentidos la experiencia viva de cada pasaje.

Al sur de la hermosa y pequeña llanura de Genesaret, en el extremo opuesto a Betsaida, se levanta la diminuta y aristocrática ciudad de Magdala, a igual distancia de Cafarnaún, al norte, y de Tiberíades, al sur.

Al sur de la hermosa y pequeña llanura de Genesaret, en el extremo opuesto a Betsaida, se levanta la diminuta y aristocrática ciudad de Magdala, a igual distancia de Cafarnaún, al norte, y de Tiberíades, al sur.

Sicar es una aldea recostada como una serpiente dormida en el flanco de la cadena de montañas por donde serpentea el camino de Samaria a Jerusalén.

Jesús entró en nuestras vidas de repente, y en un instante nos pidió que lo dejáramos todo. «Síganme», había dicho.

Yo lo que más recuerdo es la noche en que me contaron los primeros milagros antes aún de conocerle. Esa noche soñé en Él, me lo imaginé grande, magnífico.

Sí, es cierto. La fe puede ser un terremoto, no una siesta; un volcán, no una rutina; una herida, no un caparazón; una pasión, no un puro asentimiento.

En la siguiente fábula el autor ha procurado seguir el consejo de san Ignacio de Loyola: ocupar el papel de alguno de los personajes para revivir con todos los sentidos la experiencia viva de cada pasaje.

Con las manos vacías. Esto es amar. De eso estaba hablando Jesús. A mí me golpearon aquellas palabras: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón». Toda mi alma se pobló de recuerdos, y en todos había una esquirla de tristeza. Lo que más me pesaba era el dinero. ¿Saben ustedes cuánto mancha el dinero?