Hace unos meses acompañé a mi mamá a que le hicieran una operación de cataratas. Mientras estaba en la sala de espera, en la pantalla comenzó la película Los tres huastecos. No sé si entra en la categoría de gusto culposo, pero he visto toda la filmografía de Pedro Infante y Los tres huastecos es una de mis favoritas. En una de las escenas la protagonista es una catequista que está contando un pasaje del Éxodo a un grupo de niños en la parroquia del pueblo. El grupo de niños pide entusiasmado que le cuenten la historia de los hebreos en busca de la tierra prometida, y en medio de la trama ella tiene que salir dejando a cargo del grupo a un capitán del ejército que continúa la narración desde su perspectiva militar. Mientras el capitán cuenta cómo los hebreos son perseguidos, el grupo de niños no pierde detalle, salta, se muerde los dedos, sigue al capitán por donde se mueve. Al final de la escena no quieren que termine la clase, todos le piden que se quede y el párroco —que también actúa Pedro Infante— dice: «Nunca los había visto tan interesados».
La escena de la película me hace preguntarme: ¿Cómo transmito yo la Historia de la Salvación?, ¿mis gestos y mis palabras acercan a mis alumnos a querer conocer a Jesús?, ¿estoy más preocupada por que me pongan atención que en escuchar sus propias dudas y anhelos?
En su libro Jesús aproximación histórica José Antonio Pagola pone énfasis en la cualidad de Jesús como narrador de historias. Lo describe como poeta de la compasión, lleno de creatividad para construir imágenes y comparaciones con una gran maestría que cautivaba a las gentes que lo escuchaban.
El lenguaje de las parábolas es claro y sencillo, cargado de símbolos con los que lo escuchaban se podían identificar: «Había una vez un dueño de un campo que salió a buscar trabajadores…», Mateo 20,1–16.
En un ejercicio de contemplación de lugar imagino a Jesús cambiando tonos de voz, gesticulando, abriendo silencios, moviéndose alrededor del grupo con libertad. Puedo imaginar también la impresión de los oyentes ante el plot twist de un patrón que decide pagar lo mismo a todos sus jornaleros sin tomar en cuenta cuánto han trabajado.
Jesús no escatima lo que conocemos como recursos literarios: metáforas, hipérboles, alegorías; pero aquí se nos muestra algo más que una buena historia con su inicio, desarrollo y desenlace bien contado. La parábola sirve de escenario para mostrar el modo de actuar de Dios. Sus palabras están vivas, laten con la experiencia profunda que intenta comunicar, y en los evangelios se nos dice que la gente respondía a esta manera de hablar: «Nunca hemos escuchado a alguien hablar así».
La forma comunica el fondo, y el fondo de la experiencia de Jesús es el amor del Padre. En sus parábolas aparecen ovejas, ancianas que no tienen más que una pequeña moneda, samaritanos, mujeres que hornean el pan, hijos desobedientes, campos y viñas. Pero la intención de Jesús no es entretener a una audiencia, sino invitarlos a abrirse a la experiencia del Reino de Dios.

Ahora, en contextos urbanos y a una distancia de dos mil años, muchas de las imágenes que utilizó Jesús en sus parábolas son difíciles de comprender. Podemos buscar analogías actuales para tratar de entender lo que Jesús quería comunicar, pero muchas veces quedan desprovistas de la fuerza original con las que las pronunció.
El gran reto de transmitir la experiencia de fe a partir de los relatos bíblicos, por un lado, tiene que ver con el modo en que los contamos, y al mismo tiempo con la capacidad de abrirse al relato, dejar que despliegue en nosotros resonancias en los planos emocional, cognitivo y existencial. Supone de algún modo creer en lo que se nos cuenta, permitir que las palabras se cuelen en nuestra comprensión del mundo y afecten nuestra mirada.
Como catequista, compartir la experiencia de fe pasa por dar a conocer el contenido específico de nuestra tradición y ser fieles al testimonio de la Iglesia. Esos grandes andamios nos permiten hablar un lenguaje común que nos lleva a construir comunidad. Conocer nuestros grandes relatos nos permite mantener viva la experiencia de Dios de todos los hombres y mujeres que se escriben en la Biblia y dejar que continúe hablándonos a cada uno de nosotros, en nuestra realidad concreta.
Tenemos una herencia que se nutre de una larga tradición y al mismo tiempo por nuestro estilo de vida secularizado, por la influencia de distintas espiritualidades o ideologías o por el rechazo a ciertas condiciones eclesiales, muchas veces se nos escurren las claves sociales y comunitarias para sentirnos vinculados a ella.
Más allá de lo mucho que se ha escrito sobre la posmodernidad y lo que se ha llamado el fin de los grandes relatos, podemos sentir que es difícil asirse a grandes discursos en busca de respuestas, y la religión no escapa a esta revisión de sentido.
Incluso para muchos niños y jóvenes supone un obstáculo acercarse a estos relatos y dejarse interpelar por ellos por considerar que no coinciden con el conocimiento científico o histórico. Plantearse que el texto del Génesis no es cierto porque no habla del big bang o de los dinosaurios lleva a reducir el significado del texto exclusivamente a cierta comprensión de lo verdadero; aun así, es cierto que una lectura literal de los textos también lleva a limitar nuestra comprensión de las Escrituras. Compartir más que imponer crea puentes para la transmisión de un legado que busca llevarnos a vidas más plenas y comunitarias.
Acompañar a niños y adolescentes en su proceso de fe me lleva a reconocer que los chicos y las chicas anhelan una experiencia de trascendencia y que sus preguntas están llenas de un auténtico deseo de conocer. Transmitir la vida de Jesús y contar Su historia puede ayudarlos a descubrir en su propia experiencia; en un examen reprobado, en el nacimiento de un hermano, en el cuidado de su mascota, en la alegría de festejar su cumpleaños o en la muerte de un ser querido, que estamos siempre sostenidos y acompañados por el Dios que Jesús nos quiere revelar.
El verdadero reto es que esos relatos se hagan vida en nosotros, que, como en Jesús, nuestras palabras reflejen nuestro modo de vivir y de relacionarnos con los demás, si con fe y alegría podemos decir que es Palabra de Dios porque sólo Él tiene Palabras de Vida Eterna.






