«Tranquilícense y no teman. Soy yo».
AGOSTO
- 1 Reyes 19, 9a.11–13a
- Salmo 84
- Romanos 9, 1–5
- Mateo 14, 22–33
§ La vida de los y las seguidoras de Jesús no está exenta de peligros y tempestades. La liturgia refleja las dificultades que enfrentan aquellos que desean vivir su existencia desde Dios. El profeta Elías está huyendo porque lo quieren matar y entra a la cueva para protegerse. Pablo confiesa: «Tengo una infinita tristeza y un dolor incesante tortura mi corazón». Los discípulos dan gritos de terror. Como vemos, la buena noticia es que pasar por estos sentimientos es parte del camino hacia Dios. Ya decía Orígenes que es imposible, para quien no pasó por la tentación de las olas y del viento contrario, llegar a la otra orilla con Jesús.
§ Lo determinante es mirar cómo el Señor se hace presente en medio de esa dificultad. Elías, amenazado de muerte, esperaría que el Señor se mostrara con poder y majestad, sin embargo Él se manifiesta en una brisa suave.
§ San Pablo resignifica su aflicción al conectarla con su misión y su compromiso con sus hermanos. Los discípulos pasan del terror inicial a la paz que se sustenta en la palabra de Jesús «soy yo». Pedro se moviliza, y encuentra en la dificultad, la ocasión para dejarse salvar por Jesús; para que venga en auxilio de su poca fe.
Si seguimos a Jesús, pasaremos por momentos en los que el viento nos es contrario y parece que nos vamos a ahogar. Vale la pena aprender, primero, a estar atentos y atentas a los pequeños detalles, a la sutileza del viento; segundo, mirar esa situación en perspectiva y en relación con nuestros hermanos y hermanas; especialmente aquellas que sufren. Finalmente, somos invitados a caminar aun con nuestra poca fe, sabiendo que el Señor hace el resto. Así, podremos atravesar la tempestad y llegar a la otra orilla con Jesús.




