«Piensa en tu fin y deja de odiar».
SEPTIEMBRE
- Sirácida 27, 30–28, 7 (27,33–28,9)
- Salmo 102, 1–2.3–4.9–10.11–12
- Romanos 14, 7–9
- Mateo 18, 21–35
§ La liturgia de la palabra este domingo gira alrededor del pecado y la compasión, en oposición al odio y al rencor que el Eclesiastés califica como «cosas abominables». Valdría la pena pensar ¿por qué son abominables el rencor y la cólera? Jesús nos da la respuesta, porque quien vive aferrado a esos sentimientos no puede entrar al Reino de los Cielos. El perdón es una condición fundamental, tanto que está en la oración del Padre nuestro.
§ Las lecturas presentan al perdón en referencia a dos tiempos. Primero que nada, es fruto de nuestra historia. Al mirar al pasado podemos reconocer cuánto hemos sido perdonadas. Siendo honestos, si hiciéramos las cuentas no tendríamos cómo pagar tanto bien recibido. Cada uno puede pensar en personas o momentos en los que ha podido experimentar la escandalosa generosidad del Señor, experiencias que le llevan a cantar «gracias a la vida que me ha dado tanto».
§ Pero el perdón también apunta para el futuro. La primera lectura es tajante: «piensa en tu fin y deja de odiar». Porque quien vive apegado al rencor va cargándose cada vez más de un peso que le impide caminar. El cardenal Tolentino Mendonça dice que el perdón es un acto unilateral de amor. Quien perdona le da a la otra persona no lo que merece, sino aquello que está en el corazón de Dios. Así, considerando el propio fin vale la pena meditar, ¿cuán ligero quiero llegar al final? ¿No sería mejor soltar lo que me pesa?
Vivir desde el perdón no es fácil, mucho menos cuando hemos sido heridas. Pero en Jesús se nos abre un horizonte de amor infinito. San Pablo afirma que sólo es posible vivir cuando morimos a nosotros mismos, no por heroísmo o por falta de propia estima, sino porque nuestra realidad fundamental es que «somos del Señor».







