En el idioma inglés se utiliza la expresión underdog para referirse a aquella persona o equipo que, en el marco de una competencia o confrontación en la que es claramente percibido como inferior, irrumpe contra toda expectativa en el espacio protagónico. El underdog no es simplemente el débil en una contienda deportiva —o de cualquier otra índole—, sino aquél que, desde el inicio, queda excluido de toda consideración competitiva y cuyo desafío inesperado a los más fuertes rompe la arrogante predictibilidad del destino. Estas historias suelen conmovernos porque en ellas aparecen seres ignorados cuyos espíritus emergen de la penumbra para brillar con luz propia, al tiempo que trastocan las jerarquías, desbaratan los pronósticos y desmienten la supuesta inevitabilidad del destino.
A lo largo de la historia del cine muchas de las películas más inspiradoras sobre el deporte comparten un mismo rasgo: retratan a equipos o jugadores claramente desfavorecidos, ya sea por sus limitaciones físicas o por las circunstancias adversas que los rodean, en quienes, sin embargo, emerge de manera inesperada una insondable dignidad. Quienes vimos en el cine Rocky (John G. Avildsen, 1976) aún nos conmovemos con la historia de aquel boxeador de barrio, un don nadie que sobrevive peleando en combates de poca monta mientras trabaja como cobrador de un prestamista. Torpe, de voz arrastrada y aparentemente destinado al fracaso, su vida da un giro cuando un arrogante campeón mundial de boxeo, en busca de publicidad, lo reta a un combate que lo conduce a descubrir su propia valía. No menos entrañable es Toro salvaje (1980), de Martin Scorsese, una de las grandes obras maestras del cine deportivo, en la que Robert De Niro —en uno de los puntos más altos de su carrera— encarna a un boxeador cuya torpeza y violencia se ven constantemente desbordadas por un incansable espíritu de lucha.
Desde tiempos antiguos un motivo recurrente en los textos sagrados y también en la literatura es el de aquél que, siendo excluido o marginado, termina ocupando de manera inesperada un lugar central. Ya en la Biblia aparece esta lógica en el relato de David frente a Goliat, donde el débil vence al poderoso (1 Sam 17), y en los evangelios se despliega de forma radical cuando el excluido al entrar en contacto con Jesús es redimido de su miseria: el hombre con la mano seca, relegado a un rincón, es puesto «en medio» (Mc 3,1–6); el ciego al borde del camino es llamado y devuelto a la vista (Mc 10,46–52); la mujer con flujo de sangre, condenada al anonimato, es reconocida públicamente (Mc 5,25–34); Zaqueo, despreciado por todos, es llamado por su nombre y convertido en anfitrión (Lc 19,1–10). Esta inversión de posiciones expresa una comprensión de la misericordia divina y su lógica de un orden nuevo inaugurado por Dios. Como afirma Jürgen Moltmann: «Dios ha revelado por este crucificado su verdadera justicia, es decir, el derecho de la gracia incondicional, que justifica a los privados de derechos» (El Dios crucificado, p.244). Es decir, Dios no ratifica los veredictos que excluyen y condenan, sino que los invierte, colocando en el centro precisamente a quien había sido marginado. Desde este horizonte se entiende mejor la fuerza con la que estas historias siguen afectándonos, ya que, si desde la fe asumimos que en el evangelio se revelan las verdades más hondas de la existencia, entonces la redención consiste en una verdadera reivindicación del excluido, en la que la justicia de Dios se manifiesta como una reconfiguración del orden social imperante.
«En el cine han aparecido múltiples relatos que, leídos a la luz de esta comprensión de la realidad revelada en el evangelio, nos permiten vislumbrar que la existencia humana no queda clausurada en sus límites, fracasos o caídas, sino que puede abrirse inesperadamente a una plenitud que la dignifica».
En el cine han aparecido múltiples relatos que, leídos a la luz de esta comprensión de la realidad revelada en el evangelio, nos permiten vislumbrar que la existencia humana no queda clausurada en sus límites, fracasos o caídas, sino que puede abrirse inesperadamente a una plenitud que la dignifica. No se trata únicamente de historias de superación, sino de verdaderas teofanías en las que el descartado, el menospreciado o el insignificante ocupan inesperadamente el centro y obligan a replantear nuestras categorías de éxito, dignidad y destino. Algunas de estas obras alcanzan una dimensión casi sublime; otras, en cambio, se diluyen en fórmulas previsibles que trivializan aquello que pretenden exaltar. A continuación, proponemos una selección de películas deportivas que, más allá de su valor narrativo, logran representar la emergencia salvífica de unas existencias que han sido relegadas a los márgenes de la historia.
Campeones (Javier Fesser, 2018)
Marco, un entrenador de baloncesto cínico y desencantado, es obligado por una sentencia judicial a realizar servicio comunitario entrenando a un equipo conformado por personas con discapacidad intelectual. Lo que en un inicio Marco asume como una humillación pronto se convierte en el ámbito en el que, a través del encuentro con estos jugadores, su propia vida comienza a adquirir un significado más hondo y esperanzador. Su torpeza inicial para relacionarse con ellos no hace sino evidenciar una pobreza afectiva disfrazada de autosuficiencia. En la medida en que se permite interpelar por la autenticidad, la alegría y la gratuidad de estos discapacitados, su identidad se va reconfigurando. Así, la interacción de las relaciones humanas revierte la lógica habitual: el underdog no es ya quien busca ser reconocido por el fuerte, sino quien, desde su aparente fragilidad, tiene la capacidad de redimir al orgulloso.
La historia podría parecer, en principio, una variación de un motivo ampliamente transitado en el cine —el de una persona extraviada que encuentra sentido al vincularse con quienes habitan los márgenes—. No obstante, el mérito de la película no radica en la novedad de su argumento, sino en la hondura con la que logra hacer visible la dignidad irreductible de sus personajes. Más allá de funcionar como simples catalizadores de la transformación del protagonista, los miembros del equipo se imponen como presencias plenas, con cualidades y defectos, pero sobre todo portadoras de una verdad que desarma, descoloca y finalmente transforma. En ellos no sólo emerge la ternura, sino también una forma de lucidez que subvierte las jerarquías implícitas en la mirada ordinaria. Así, la película encarna con particular nitidez esa lógica de quienes desde las periferias —el descartado, el menospreciado, el aparentemente insignificante— irrumpen en una forma de salvación que el mundo, en su cálculo, es incapaz de anticipar.
The Bad News Bears (Michael Ritchie, 1976)
Pocas películas resultan tan desenfadadas, contestatarias e insolentes como The Bad News Bears (titulada en México Los Picarones). Un exjugador profesional alcohólico y desmotivado, Morris Buttermaker, acepta entrenar a un desastroso equipo infantil de béisbol. El equipo está formado por niños con escasas habilidades deportivas: muchos apenas saben lanzar o batear, cometen errores constantemente y son vistos como el peor conjunto de la liga. Entre ellos hay dos hermanos mexicanos con un dominio precario del inglés, un joven conflictivo propenso a las peleas, una niña que compite en un entorno dominado por varones y debe enfrentar prejuicios, y otros jugadores torpes o inseguros que parecen incapaces de competir.
A lo largo de la temporada el grupo mejora hasta alcanzar, de manera inesperada, la final del campeonato. Y es precisamente ahí cuando la película radicaliza su postura: lejos de someterse al desenlace edificante del cine deportivo convencional, los Bears reaccionan con una beligerancia que desborda el marco del juego, cerrando la historia con una irreverencia que cuestiona el orden competitivo que los margina. En esta clave, la película presenta una variación singular del underdog: no se trata sólo del débil que asciende, sino de un grupo de inadaptados que, sin dejar de serlo, desestabiliza las reglas mismas del reconocimiento. Detrás del desastre aparece, de manera genuina, un espíritu de equipo cuya simpática y auténtica personalidad brota de la amalgama de culturas, géneros y aspiraciones de quienes suelen ser tenidos por perdedores sociales.
Con ocasión del Mundial de futbol, además de las ya mencionadas, proponemos tres grandes filmes que, situados específicamente en el ámbito del futbol soccer, exploran la figura del underdog a partir de registros que desbordan formulaciones narrativas más habituales.

Fuera de juego (Jafar Panahi, 2006)
Una de las películas más incisivas sobre el deporte —en este caso, el futbol— es Fuera de juego, del director iraní Jafar Panahi, quien recientemente obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes por su excelente película Sólo fue un accidente (2025). Reconocido por su persistente denuncia de la represión del gobierno teocrático en Irán, Panahi ha sido encarcelado en varias ocasiones por retratar la censura, la desigualdad de género y los abusos del poder en su país.
Fuera de juego se sitúa en Teherán durante un partido decisivo de clasificación al Mundial de 2006 entre Irán y Baréin. Un grupo de jóvenes aficionadas al futbol intenta ingresar al estadio pese a la prohibición que impide a las mujeres asistir a estos eventos. Algunas se disfrazan de hombres para burlar el control; sin embargo, varias son descubiertas y detenidas por los soldados encargados de vigilar el acceso. Conducidas a un espacio improvisado de reclusión en las afueras del estadio, quedan separadas del partido que anhelaban presenciar, reducidas a escuchar a distancia el relato fragmentario de lo que ocurre en el campo.
Ese espacio cercado —un cuadrado marginal en una de las zonas externas de acceso al estadio— adquiere una densidad simbólica: no es sólo un lugar físico, sino la representación concreta de una exclusión institucionalizada hacia las mujeres en Irán. Desde ahí, las jóvenes negocian, cuestionan y resisten, mientras los soldados —muchos de ellos apenas reclutas— revelan, en su incomodidad, las fisuras de un sistema que ejecutan sin realmente comprenderlo. El tiempo del relato avanza al compás del partido, pero lo verdaderamente significativo ocurre fuera del juego, en ese margen donde la dignidad insiste en abrirse paso.
Al finalizar el encuentro, las detenidas son trasladadas para ser sancionadas. La película rehúye cualquier resolución tranquilizadora y concluye en medio de esa incertidumbre, manteniendo la atención en la experiencia vivida más que en su desenlace.
En este contexto, Fuera de juego desplaza de manera radical la figura del underdog: no se trata aquí de quien, desde la inferioridad, logra imponerse dentro del juego, sino de quien ni siquiera tiene permitido participar en él. Sin embargo, es precisamente desde esa exclusión como emerge una forma de resistencia que desarma la lógica imperante. La película no sólo denuncia la inequidad de género, sino que afirma, con una gran sobriedad, que hay ámbitos de la vida —incluso algo tan elemental como la pasión por un juego— que ningún poder debería arrogarse el derecho de regular.
La mano de Dios (Paolo Sorrentino, 2021)
Muchos recordarán que en el Mundial de México 1986, durante el partido de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra en el estadio Azteca, Diego Armando Maradona anotó un gol con la mano. Minutos después marcaría el que ha sido llamado el «gol del siglo», sellando la victoria argentina. Al ser interrogado sobre la legalidad del primer tanto, respondió con ironía que había sido «un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios». A partir de este episodio, Paolo Sorrentino —autor también de obras maestras como Il divo (2008) y La gran belleza (2013)— construye el trasfondo simbólico de su película La mano de Dios, en la que establece un vínculo entre el azar, el destino y una forma inesperada de salvación.
La historia, de carácter autobiográfico, sigue a Fabietto, alter ego del director, en la Náples de los años ochenta. En ella se narra la vida de su familia: la vitalidad desbordante de su madre, la ambigua relación con su padre, la vida familiar marcada por lo excéntrico y lo afectivo y, en el centro de todo, la fascinación compartida por el futbol y por la figura de Maradona. Sin embargo, ese universo se ve abruptamente fracturado por la muerte de sus padres, quienes fallecen a causa de una fuga de gas mientras Fabietto se encuentra fuera de casa asistiendo a un partido del Milán en el que Maradona es el gran protagonista. Aquello que parecía un hecho banal —una salida al estadio— se revela retrospectivamente como la mano de Dios, el acontecimiento que le salva la vida. Esto sucedió realmente en la vida de Paolo Sorrentino.
Es a partir de esa herida como Fabietto comienza a orientarse hacia su vocación de cineasta. En su encuentro con un director comprende que sólo quien ha sido atravesado por una experiencia decisiva tiene algo que decir. Su posterior partida a Roma se describe como el inicio de una búsqueda en la que el misterio de la vida y la vocación quedan indisolublemente ligados.
La película ofrece una de las variaciones más sutiles del underdog dentro de esta retrospectiva de películas sobre el deporte: no se trata aquí del marginado que irrumpe en el centro por sus logros ni del excluido que desafía un sistema que lo rechaza, sino de alguien cuya aparente insignificancia —un adolescente sin rasgos extraordinarios— es atravesada por un acontecimiento que reconfigura por completo el sentido de su vida. Lo decisivo no acontece en el triunfo, sino en la irrupción de un sentido que no podía ser previsto ni producido. Así, La mano de Dios sugiere que, en ocasiones, la salvación no consiste en ocupar el lugar de los fuertes, sino en descubrir que incluso lo más frágil y contingente puede convertirse en el punto de partida de una vocación y, con ella, de una forma de redención.
The Damned United (Tom Hooper, 2009)
La película The Damned United (en español El nuevo entrenador) relata uno de los episodios más singulares en la historia del futbol inglés. En 1974 el entrenador Brian Clough, tras haber llevado al Derby County —un equipo que, cuando lo recibió, se ubicaba en el sótano de la segunda división— a conquistar la liga Premier, es contratado por el poderoso Leeds United, uno de los clubes más dominantes de su tiempo, heredero del exitoso ciclo del famoso entrenador Don Revie. La aventura acabó en un rotundo fracaso para Clough.
La película describe el descalabro de alguien que no supo comprender la imposibilidad de la verdadera gloria en una institución edificada desde el poder: quien había aprendido a ganar en la precariedad se instala ahora en una estructura consolidada, sostenida por el prestigio, la disciplina jerárquica y la inercia del éxito. El filme muestra el fracaso de ese desplazamiento. Los métodos que habían hecho de Clough un referente —su cercanía con los jugadores, su rechazo a las formas autoritarias, su capacidad para interpelar con franqueza— se revelan inoperantes en un entorno donde el triunfo no necesita ser conquistado, sino administrado. Rodeado de figuras consagradas y de una institución impermeable a la crítica, su intento por reproducir la lógica del underdog se da de bruces contra una cultura cuya lógica es distinta a la de un equipo sin estrellas. Su paso por el club, reducido a apenas 44 días, se convierte así en el testimonio de un desencuentro.
La narración alterna este episodio con la etapa anterior de Brian Clough en el Derby County, donde, junto a su inseparable asistente y amigo Peter Taylor, había construido un proyecto desde abajo. Es en ese contraste en el que la historia encuentra su mayor fuerza: lo que en un contexto de fragilidad era virtud —la cercanía, la confianza, la capacidad de nombrar las cosas sin rodeos— en el ámbito de los vencedores se percibe como amenaza o desubicación. El problema no es sólo de métodos, sino de lenguaje y de lugar: no se puede conducir de la misma manera allí donde nadie se reconoce necesitado.
El desenlace, marcado por la destitución de Clough y su posterior reconciliación con Taylor, hace brillar la verdadera gracia del underdog. El fracaso no aparece como simple caída, sino como ocasión de lucidez: Clough reconoce su dependencia de aquél con quien había aprendido a construir desde la intemperie. La película sugiere de esta manera que su experiencia como entrenador no se traduce en transmitir una técnica ni tampoco se puede replicar una estrategia; la gracia del triunfo que sabe a gloria se desvirtúa cuando se abandona el lugar de la necesidad.
En este sentido, The Damned United nos ofrece un tratamiento original del underdog: no toda inversión de las jerarquías consiste en ascender hacia el centro, sino más bien de regresar a las periferias donde se encuentra la fuente que le dio sentido a su vocación, el lugar de donde brota la victoria honesta, la gloria de lo impredecible y la redención del olvidado.






