Fábulas con Dios al Fondo: El techo roto (II)

En la siguiente fábula el autor ha procurado seguir el consejo de san Ignacio de Loyola, en la contemplación, de ocupar el papel de alguno de los personajes para revivir con todos los sentidos la experiencia viva de cada pasaje. Por ello está escrita en primera persona y, a medida que se avanza, se irá identificando con facilidad al personaje central. A la vez, son Fábulas —es decir, aplicación de la imaginación ignaciana— que están incompletas, que el lector puede hacer crecer, aplicar y matizar con su propia vida. Es así como se puede resaltar que quien contempla está en silencio, envuelto y activo compenetrado por la Presencia.

«Estando él muy lejos todavía… 
le vio su padre y, conmovido, 
corrió, se arrojó a su cuello 
y se lo comía a besos» (Lc.15,20).

Recordé así lo que era orar. Y en mi oración, a veces árida, a veces consoladora, volví a sentirme en los brazos de Dios. A veces, muchas, me asaltaban la confusión y las distracciones, pero iba sintiendo que la oración verdadera es la del trato de corazón a corazón con Dios. Y que Dios no necesitaba palabras ni ideas, sino el incipiente amor de mi corazón que anhelaba reposar sobre su hombro.

En esos momentos me entraba un profundo deseo de olvidar mis pecados. Pero no hay olvido sin perdonar. Y el perdón brota como flor entre abrojos. Al menos al principio. Por eso también sentí que debía comenzar por perdonarme a mí mismo. Y no fue fácil. Porque, después lo aprendí, quien perdona no busca el desquite ni se acurruca en sus propias heridas para amargarse, sino que encuentra la maravilla de saber auparse sobre su propia vida para dejar de avinagrarse.

Sí, había que regresar a la casa paterna. Yo sabía que había dolores que no se podían olvidar completamente. Pero se podían superar. Había, pues, que olvidar. El mejor remedio contra el mal era olvidarse de él; porque lo que había pasado, ya había pasado. Tal vez podría enmendarse pero no rehacerse. Pero —sobre todo— había que olvidar para vivir: había que hacer hueco para lo venidero.

El amor era la fuerza que yo necesitaba. Sólo quien amara, como mi padre, tendría el coraje de asumir la vida entera, tal y como ella era. Porque, mi padre lo sabía, no se está menos vivo cuando se sufre que cuando se es feliz. El dolor es parte del precio de estar vivo, algo que, a fin de cuentas, siempre será insuficiente para desterrar la esperanza o destruir la alegría de las almas grandes. Y si mi padre era capaz de asumir el dolor, de olvidar mis olvidos, entonces, pensaba yo, Dios también olvidaría al perdonar: no porque le falte memoria, sino porque se dedica tanto a amar que ya no le queda tiempo ni para recordar el mal.

Por eso, yo debía empujar mi vida hacia adelante: aceptar el silencioso perdón de mi padre, amar a quienes sufrieran más que yo, amarme a mí mismo como un miembro doliente del cuerpo de Dios, amarme a mí mismo con el corazón de un Dios que había dicho que aunque una madre se olvidara de sus hijos… Él nunca se apartaría.

Entonces comencé a ver que avanzar era regresar —volver a casa—, que el dolor se transformaba primero en algo útil: porque ya no destruía sino impulsaba a aliviar otros dolores. ¡Cuántos dolores fui descubriendo en quienes me visitaban! Y mi corazón se fue haciendo más compasivo, más desasido, más lleno de fruto.

Alguna vez yo había escuchado que quien no ha sufrido es como una iglesia sin bendecir, pero… no era fácil aceptarlo. Sobre todo cuando el dolor apretaba. Sin embargo, poco a poco iba descubriendo que mal de muchos es serenidad del corazón. Desde la atrofia de mi parálisis, yo era capaz de difundir alegría. Porque no se trataba de echarle almíbar al dolor, sino de aceptar —sin ningún rodeo— que el dolor siempre sería un mal, pero que en mis manos estaría siempre conseguir que el dolor fuera de agonía o de parto.

Foto: Depositphotos.

Era cierto que yo no podía impedir mi dolor, pero sí podía hacerlo fecundo. Evitar que aniquilara. E incluso conseguir que levantara mi alma en vilo y transformara el dolor en un vino generoso, como mi padre.

Porque había que combatir el dolor, pero aceptando que era parte de mi condición humana, de mi finitud de ser limitado. Aprender que los corazones grandes no lo son porque le hubieran rendido honores al dolor, sino porque habían seguido amando a pesar de haber sufrido. Porque sabían que la alegría no está en una habitación lejana del dolor, sino en el techo de encima del sufrimiento.

Y no podía dejar de pensar en mi padre. Deseaba pedirle perdón también a él; pues mientras yo me arremolinaba en mis sufrimientos, él había seguido allá afuera, en ese campo, con el corazón doliente, debatiéndose en su propia soledad sin dejar de amar y, sin decirlo, añorando el calor de una caricia filial.

Pero él siempre amaría en el silencio, como la sombra de Dios. Y le miraba correr a mi encuentro al terminar sus labores, con la esperanza de alegrar de nuevo mi alma…, para darme ese rescoldo cotidiano de luz que iluminaba a su llegada esa barraca, con un ejemplo callado y oculto que ya estaba haciendo este mundo más habitable, más amable, más tierno.

Y al verlo acercarse a mí, hubiera querido darle un beso en la tierra sagrada de su dolor. Y preguntarle cuál de los dos, si yo con mi parálisis o él con su amor dadivoso, ante los ojos de Dios, recibiría en su corazón la mejor parte. Pero nunca pude hacerlo. Mi padre murió antes de que yo comprendiera tantas cosas…

¡Cuántas veces después lo recordé a él al salir el día! ¡Cuántas veces me condujo su recuerdo a pensar en Dios al entrar la noche! Cada vez con mayor frecuencia, antes de dormirme, fijaba la mirada a través de la ventana… Por encima de mi cabeza se abría la inmensidad del cielo, donde se iban esparciendo las estrellas. Allí, entre las estrellas, vivía Aquel al que tanto amara mi padre, Aquel que me había mandado esperar… ¿Me lo había mandado? Era ésta una convicción profunda, aun cuando no se basara en ninguna señal.

Qué era lo que tenía que esperar, no lo sabía. Unicamente sentía que se trataba de algo que iba a transformar mi vida. No siempre aceptaba esa llamada. Pero ya no había rebeldía, sino dudas. Y en cuanto empezaba a rezar, las dudas se disipaban, crecía la certeza de que Él deseaba esta espera. La deseaba como pidiéndola. Y era ésta una convicción tan profunda como la fe en la existencia del Dios de mi padre, que se había hecho paso cada vez con mayor fuerza hasta el rincón junto a la ventana de mi alma.

Recé como nunca sin saber qué pedía ni qué esperaba. Pero hablaba con Dios muchas veces a lo largo del día. Le hablaba de cada uno de mis asuntos, compartía con Él cada una de mis preocupaciones y, continuamente, le expresaba mi amor. No bastaba, pensaba a menudo, inclinarme ante Él como ante el Señor. A alguien como Él ¿podría bastarle sólo la obediencia de un ser creado y tan desamparadamente débil? Podría obligarme a la obediencia, aunque nunca lo haría; pero mi amor sólo yo se lo podía dar… Y Dios no contestaba, pero yo sentía su cercanía, tal como se siente la presencia de una persona oculta en la penumbra.

A veces las palabras de la Escritura se disponían de tal forma que sonaban como respuestas. A veces como llamadas. Y cuando le hablaba continuamente de mis sentimientos, a menudo mirando las estrellas en la profundidad de la noche, encontraba una reiterada y afectuosa invitación a esperar.

Hasta que llegó aquella gloriosa mañana en que Jesús llegó a Cafarnaún. Súbitamente llegaron cuatro vecinos a los que yo conocía demasiado bien. Me habían contado sus cuitas y pesares, me habían cuidado en la ausencia de mi padre, me habían…

Pero no había tiempo para nada. Sin pensarlo mucho me levantaron con todo y camilla, y salieron corriendo por las calles a través de mi asombro hasta llegar a una casa como la mía, alrededor de la cual se apretujaba el vecindario entero.

«¡Ahí está Él! ¡Él te curará!», decían, mientras empujaban en vano tratando de hacerse paso entre la gente. De repente alguien gritó: «¡Por ahí!». Antes de que me diera cuenta de lo que pensaban ya habían colocado una escalera sobre una de las paredes de aquella casa, y me levantaron en todo lo alto a trompicones hasta casi dejarme caer sobre el techo de barro de esa casa. Luego, con sus manos rascaron entre los carrizos hasta abrir un hoyo enorme. Si no fuera porque yo estaba tan asustado… era casi para reírse.

Desde arriba yo veía las caras de espanto de los que estaban en el suelo, que se hacían a un lado para evitar la lluvia de piedrecillas y tierra. Desde abajo miraban estupefactos, primero, las cuatro cabezas curiosas de los que me habían llevado hasta allí y, luego, la sorpresa crecía a medida que la camilla se desprendía bamboleante hasta quedar colgando en el centro de la habitación.

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