Este artículo fue elaborado con el apoyo de una beca del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD). Las opiniones expresadas en él son responsabilidad exclusiva del autor.
No podemos asegurarnos la vida. Ésta es una afirmación que racionalmente aceptamos, conocemos y consideramos probada. La pandemia, los recientes terremotos, los incendios y los ataques terroristas lo han puesto de manifiesto, pero solamente enfatizan aquello que ya sabemos: no podemos asegurarnos la vida. Si hay algo cierto es que, en algún momento, dejaremos de vivir, al menos como lo hacemos hasta ahora. Tarde o temprano hemos de morir. Sin embargo, aunque tenemos estas máximas por ciertas, muchas veces no terminamos de aceptarlas. La incertidumbre del camino hasta que la muerte ocurra nos mueve, precisamente, a querer asegurarnos la vida. Ésta ha sido durante un buen tiempo, desde que dejé la seguridad de la Orden religiosa, mi lucha espiritual: encontrar el justo medio entre contar con la seguridad básica para vivir y querer asegurarme la vida «de más».
La parábola del rico insensato (Lc 12,13–21) me ha ayudado a recorrer este camino, y quisiera compartir en este artículo algunas de las luces que la oración de este texto me ha dado.
Aquel hombre es rico porque ha tenido la fortuna de producir una buena cosecha, algo que no era muy frecuente en aquellos tiempos. Pero no sólo eso: era un hombre rico antes de la cosecha, pues ya poseía graneros donde almacenar su grano. El texto no lo menciona, pero podemos suponer que su riqueza no provenía de la usura, sino, posiblemente, de una herencia y también de su propio trabajo. Esta situación también me describe. Nací en una familia unida, recibí buenos estudios y crecí con mucho más de lo que tienen tres cuartas partes de la población de México. Tuve la oportunidad de formarme y de recibir cariño. Si analizamos esta situación a la luz de la historia de la humanidad, se trata ya de una condición muy privilegiada. Al igual que a aquel hombre rico, mucho me fue dado. Como diría Heidegger en Ser y tiempo, «fui arrojado al mundo», pero en una posición bastante cómoda.
Tras haber producido una buena cosecha, el hombre rico se pregunta qué hacer y dónde almacenar tanto. Conviene detenernos en el diálogo que establece consigo mismo. Es un diálogo íntimo, en el que se quita toda máscara y se pregunta genuinamente cómo resguardar lo adquirido: «¡Ya sé! Derribaré mis graneros y construiré otros más grandes». Se trata, para ser sinceros, de la actitud propia de un buen administrador. No piensa en despilfarrar lo producido. Al contrario, piensa en invertir, si queremos expresarlo en términos actuales. Busca cómo resguardar aquello que también ha sido fruto de su esfuerzo. Esta manera de relacionarse con los bienes está lejos de la actitud hedonista que busca disfrutarlo todo de inmediato y no se preocupa por el futuro. El hombre rico tiene una mentalidad precavida, astuta, calculadora y, según los criterios del mundo, «buena».
Más adelante, una vez trazado su plan, se dice a sí mismo: «Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza la vida». Aquí descubrimos para qué quiere sus bienes. Desea ahorrar y tener más de lo necesario para vivir, de modo que pueda descansar, comer, beber y gozar. Así nos descubrimos también nosotros muchas veces: cuando termine mi doctorado y tenga un buen trabajo, entonces podré descansar; cuando tenga una casa propia, no dependa de una renta y cuente con un trabajo seguro, entonces podré estar en paz. La felicidad aparece como una consecuencia del tener esto o aquello. Ese estado de bienestar, paz y disfrute se desplaza cada vez más hacia un futuro cuya condición necesaria consiste en alcanzar tal o cual cosa. Sólo entonces, pensamos, podremos beber, descansar y gozar.

Este modo de vivir tiene también fuertes implicaciones en nuestra relación con los demás, pues nos invita a guardar nuestros bienes, nuestras riquezas y nuestros dones antes de entregarlos y ofrecerlos. Nos introduce en la dinámica de «esperar a estar bien» para entonces poder dar: contar con suficientes recursos económicos para, sólo después, compartir algo con quienes no tienen; estar bien física, mental y espiritualmente para, una vez alcanzado ese equilibrio, poder estar verdaderamente para el otro. Ésta es también la trampa de quien utiliza la Escritura —«saca primero la viga de tu propio ojo»— como justificación para quedarse quieto y continuar guardando.
La voz de Dios interrumpe el diálogo interior del hombre, que es también el nuestro: «¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?» Dios resitúa su perspectiva y coloca al hombre en el justo medio. Mediante una cruda aseveración, le recuerda que, en última instancia, todo le ha sido dado; que «hasta los cabellos de su cabeza están contados» y que «la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo».
La fuerza que da la vida proviene de Dios y no de nuestros afanes, trabajos o seguros. No se trata de renunciar a toda previsión ni de dejar de administrar sabiamente aquello que se nos confía. Se trata de utilizar los medios «tanto cuanto», dice Ignacio de Loyola (EE.23), nos ayuden a vivir una vida plena, pero una vida vivida en el presente. En otras palabras, se trata de emplear los medios que tenemos ahora para intentar vivir el sueño de Dios para nuestra vida: una existencia llena de relaciones, de personas y de construcción del Reino, con la importante cláusula del ahora. Vivir ese sueño con lo que tengo y como soy, en este momento, y no en un futuro siempre aplazado.
Un ejemplo claro de este dar sin esperar a ser perfecto se encuentra en Francisco de Asís. En su «Cántico de las criaturas» contemplamos a alguien que no se sitúa como centro de un mundo en el que todo ha sido dispuesto para su uso personal, sino como uno más, hermano de cuanto existe. Francisco se reconoce hermano de las estrellas, de la luna, de la tierra y del fuego.
Se sitúa también junto a quienes soportan enfermedad y tribulación, y junto a quienes cumplen la santísima voluntad de Dios. Entre las líneas de sus versos encontramos a un hombre capaz de gozar de lo más sencillo, que descubre en cada criatura, en el cielo, en las flores y en las hierbas, un motivo para agradecer. Por eso no necesita esperar a acumular bienes para poder descansar, comer, beber y gozar. La vida misma, ya en el presente, se le ofrece como zoé, como regalo de vitalidad, como don de la existencia misma.
Las palabras de Dios que interrumpen el diálogo del hombre rico nos sirven como recordatorio para volver una y otra vez al presente. Nos reclaman con fuerza un compromiso con nuestra existencia en este preciso momento. Nos invitan a recordar que lo primordial es vivir en abundancia: una vida compartida y entregada con y para los demás, tal como somos y en las condiciones concretas en las que hoy nos encontramos. La voz de Dios nos recuerda que somos criaturas. Por mucho que nos preocupe el futuro, por grande que sea el miedo ante lo que está por venir o ante nuestras peores pesadillas, Él nos sostiene, nos da rumbo, nos recoge y mantiene nuestra vida. En esa medida, la palabra de Dios nos libera de las seguridades que terminan por aprisionarnos, de ese girar continuamente sobre el mismo eje sin llegar a ninguna parte. Su aliento nos libera para caminar con una misión, un horizonte y una dirección.
Finalmente, siguiendo una intuición de Edmund Husserl, nuestra mirada se dirige hacia aquello que previamente nos ha afectado y ha despertado nuestro interés. Algo se vuelve relevante cuando emerge del trasfondo y reclama nuestra atención. De ahí la necesidad de educar la mirada para reconocer aquello que nos conduce a vivir como uno entre otros y no desde el aislamiento o la autoprotección. Se trata de atender a las experiencias, los gestos, los encuentros y las personas que suscitan en nosotros una disposición a dar, confiar y vivir con libertad, en lugar de aferrarnos a lo que poseemos por temor a perderlo.
Cuando esta disposición se ejercita y se repite, puede sedimentarse hasta convertirse en una manera habitual de vivir. Entonces comenzamos a experimentar la libertad de quien ya no pretende asegurarse la vida por sí mismo, porque reconoce que su seguridad última descansa en el Señor.
Para saber más
Francisco de Asís, «Cántico de las criaturas», en Escritos de San Francisco de Asís, ed. Ignacio Omaechevarría. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1978, p. 125.
Edmund Husserl, Erfahrung und Urteil: Untersuchungen zur Genealogie der Logik, ed. Ludwig Landgrebe. Praga: Academia Verlagsbuchhandlung, 1939, § 17, 81–85.






