Éste es el sexto de una serie de ocho cuentos que se irán publicando cada dos meses, cuyo hilo conductor es Filo, un personaje originario de un barrio bravo de Tijuana: cholo, converso y buscador, quien eventualmente llegará a vivir a un país musulmán. A través de Filo podremos sumergirnos en un personaje que trae dentro de sí una manera fronteriza de ser y entender la vida, la cual le irá facilitando transitar con cierta soltura entre tradiciones culturales diversas y experiencias espirituales diferentes. Al llevar más a fondo sus experiencias, Filo nos enseñará que el llamado divino puede surgir en cualquier lugar y que la dimensión social de los sacramentos —de la que mucho nos habla el teólogo Víctor Codina, S.J., en sus libros— puede revelarse a través de gestos cotidianos en un contexto marcadamente musulmán, haciendo coincidir lo que aparentemente no debería de coincidir.
—Te vas a encargar de esto. Nadie mejor que tú para este trabajo —le dijo Sóstenes a Filo, al mismo tiempo que dejaba una carpeta medio arrugada sobre la mesa.
Filo la abrió con una ceja levantada. Eran bocetos, dibujos raros, mezclas de caligrafía árabe con siluetas de dromedarios y palmeras.
—Ohh, vato… ¿y esto qué es? —preguntó el cholo.
—El portafolio de una artista. Se llama Houlud. Ayúdala a montar la exposición que va a tener aquí en la sala de eventos. Tú me dijiste que eras grafitero allá en Tijuana, ¿no? Entonces eres artista, ni modo que no —contestó Sóstenes.
Filo se sacó de onda.
—Pero… nunca he ido a una exposición de un artista. La neta no le sé —continuó Filo.
—Ah, no hay problema. Houlud es muy amable, seguro te vas a entender rápido con ella, ya verás —dijo Sóstenes.
Houlud era una señora de más de sesenta años. Hablaba rápido en francés y sólo sabía decir «ténquiu» en inglés.
Comenzaron a trabajar. Despues de varios días, y sin saber muy bien cómo le habían hecho, la exposición quedó montada; así como si fuera de una galería famosa de alguna ciudad cosmopolita.
El día de la inauguración la gente fue llegando poco a poco: profesores, estudiantes, amigos. Los cuadros bien puestos, con colores intensos, figuras espirituales y símbolos que hablaban sin necesidad de un idioma.

Imagen generada con IA realiza por el artista Daniel Vargas, con base a bocetos propios.
Al comienzo del evento Houlud, con gran confianza, tomó la palabra y empezó a decir:
«Estos cuadros representan el renacer de la humanidad…»
Los asistentes escuchaban con asombro. No era sólo lo que decía, sino cómo lo decía. Y justo cuando soltó una frase en árabe que Filo no entendió, pero que sintió como un toque en el pecho, un señor entre la gente se levantó.
Vestía con un traje simple, usaba barba blanca. Estaba facinado. Los ojos se le salían de la cara. Sin más, sacó el celular de la bolsa de su pantalón y, a menos de un metro de distancia, empezó a grabar a Houlud como si fuera una reina de algún imperio que le hablaba directo al corazón.
Filo se quedó sacado de onda.
—¿Y ese don? —preguntó en voz baja a Sóstenes.
—Ese don se llama Murat, es el esposo de Houlud —dijo el otro, con la voz más bajita aún, como si la escena fuera sagrada.
Murat no dejaba de grabar con su celular. Cada gesto de Houlud lo hacía respirar más hondo. Como si se oxigenara de su presencia. Como si en ese amor hubiera algo más grande. Reflejaban gozo, unidad, entrega…
Filo contempló y encontró a Dios escondido en las miradas de dos viejos enamorados. Sonrió y, en el silencio de su corazón, cantó:
Si nos dejan
Nos vamos a querer toda la vida
Si nos dejan
Nos vamos a vivir a un mundo nuevo (…)






