Introducción
¿Y si el futbol global no nació en los campos de Inglaterra sino en las selvas de Sudamérica? ¿Y si los jesuitas no sólo fueron testigos sino también mediadores y más tarde constructores de una forma de integración pedagógica que terminó por convertirse en un instrumento de formación? Tal vez por eso persiste en esas tierras una especie de memoria del juego: una intuición, casi un gen para habitar el deporte de deportes: el futbol.
¿Y si ponemos en diálogo la Ratio Studiorum (el plan oficial de estudios de la Compañía de Jesús publicado en 1599) con el manga ñembosarái, aquel juego de destreza guaraní que utilizaba una pelota de caucho extraída de la savia de los árboles? Éste no era un juego regido por normas escritas, sino por el cuerpo: por su dimensión técnica, antropológica y simbólica.
Desde el siglo XVII, en las reducciones de la selva guaraní, los jesuitas contribuyeron a dar forma a una práctica en la que distintas culturas se encontraban y se reconocían como comunidad. Ganaba quien resistía más: quien lograba permanecer de pie tras largos periodos dominando y pateando la pelota. Sí, se jugaba únicamente con el pie.
El manga ñembosarái, documentado por la Compañía de Jesús a través de la etnografía espiritual de José Cardiel, S.J., introdujo la dinámica de la velocidad y el rebote, lo que obligó a desarrollar la técnica de recepción y el pase corto. Sin la resina guaraní el fútbol actual sería un juego de choque y no de habilidad.
Éste no es un dato menor: refleja la calidad del balompié sudamericano que sorprendió a Europa en los Juegos Olímpicos de París 1924 y Ámsterdam 1928, donde Uruguay se consagró campeón en ambas justas. De ese mismo impulso nacen tres de los grandes nombres de la historia: Edson Arantes Do Nascimento, «Pelé»; Diego Armando Maradona y Lionel Messi. ¿Estamos ante un supuesto «gen» brasileño–argentino y el origen de la gambeta? ¿O frente a una genealogía que durante mucho tiempo preferimos no ver?
La reflexión es fundamental porque el manga ñembosarái es el eslabón perdido que investigadores jesuitas e italianos, entre los que se encuentran el padre Bartomeu Melià, S.J., y el historiador Giampaolo Romanato, han hecho saber a la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), y que es importante para entender lo que significa el futbol en la vida de los casi ocho mil millones de personas que habitan este planeta. También es un paso fundamental para que la historia haga suyo el fenómeno del juego guaraní, nacido en la selva paraguayo–brasileña, que no era un deporte competitivo con porterías, sino un ejercicio de destreza y resistencia que los jesuitas integraron en el horario de recreo tras la misa y que se extendió por todo Sudamérica como el gen cultural que hoy conocemos.
Los jesuitas fueron los primeros en documentar y sistematizar el juego como una herramienta educativa. En esta visión el deporte forma el carácter y la disciplina en el marco de la Ratio Studiorum, programa evangélico que viajó de las misiones de Sudamérica a los colegios jesuitas de Europa y, más tarde, a las universidades de élite en Estados Unidos como Georgetown, Boston College o Loyola University.
Debemos poner atención en el aporte de la Compañía de Jesús en el futbol. Es la paideia jesuita la que lleva a entender esta gran actividad humana corporal y mental no sólo como ocio, sino como herramienta de formación moral, de disciplina, de cohesión social y como constructor de una industria millonaria. Esta mirada nos dice que la misión jesuítica forma parte del poder civilizatorio y transformador en la que se inserta el futbol, mucho antes que la estructura normativa del juego al modo inglés del siglo XIX. Una herencia cultural, histórica, simbólica y deportiva que el padre Bartomeu Melià, S.J., documentó en su investigación sobre el manga ñembosarái.
Lo anterior no se puede entender sin consultar la obra Las Misiones del Paraguay, escrito en 1771 por el padre José Cardiel, S.J., cien años antes de que los ingleses reglamentaran el futbol. Para Melià «la prueba definitiva surgió tras el hallazgo de una tribu en Brasil que nunca había estado en contacto con otras civilizaciones y que jugaba al balompié de la misma forma descrita en los textos guaraníes», de acuerdo con el artículo «¿Quién inventó el futbol: los ingleses o los guaraníes?», publicado por la BBC de Londres el 29 de agosto de 2014.
Fue el padre Cardiel, S.J., el primero en comparar las distintas técnicas empleadas por franceses (que jugaban a la pelota con una raqueta) y españoles (que lo hacían con las manos) con las de los guaraníes, que jugaban con los pies. Para la época esta comparación fue decisiva para saber y documentar los usos del cuerpo y su relación con un objeto inanimado, llamado pelota, que viajaba con cierta fuerza y velocidad. Que los guaraníes utilizaran el pie es una característica única que ya nos hablaba de un gen cultural que llegó al siglo XX de la mano de los brasileños, hijos de los grupos que habitaban las selvas paraguayo–brasileñas, que hicieron su propia magia.
Es precisamente esta protoetnografía la que nos permite entender la importancia del futbol como un sistema que pasó del juego al deporte y después a la industria, todo ello bajo tres premisas: 1) el descubrimiento del caucho (mangaysy); 2) la resina que transformó la dinámica del movimiento y el dominio del balón con el pie, y 3) el juego sin gol: la resistencia comunitaria frente a la competencia de eliminación.
La aportación de los jesuitas al deporte más importante inventado por los seres humanos resulta esencial para poder entender, incluso, los fenómenos geopolíticos y de mercado que el futbol ha construido a lo largo de toda su historia.
El poder civilizador y transformador del futbol desde la visión jesuita
¿Qué aporta la reflexión ignaciana a la industria del futbol? Es la pregunta de la cual partimos. En un mundo tan convulso, con un nuevo conflicto en el Golfo Pérsico, entre Irán contra Estados Unidos e Israel, y el involucramiento de todos los estados árabes, pareciera que lo importante no es hacer la guerra, sino hacer dinero a través del modelo de paz que propone Donald Trump y su gobierno por medio de la integración regional. ¿Es una lucha contra los regímenes o contra los pueblos? El futbol responde a los pueblos, no a los gobiernos, porque al final, en la tribuna, desde la Liga Premier hasta la cancha del barrio, la gente está ahí, apoyando.
En el año del Mundial los escenarios «diplomáticos» entre Canadá, Estados Unidos y México desaparecieron en la práctica, pasando a un bullying político hacia Canadá, por un lado, y a un sometimiento hacia México, por el otro. Nuestro país tiene sus propios asuntos con Estados Unidos además de una problemática interna compleja; un gobierno acusado de colusión con los grupos del narcotráfico y la amenaza del autoritarismo estatal.
Al interior de todo esto está la organización de la Copa del Mundo con tres sedes, Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México, cuyos gobiernos luchan contra los recortes de presupuesto, la incertidumbre económica y el contexto de reformas electorales, judiciales y de pensiones que ponen en duda la capacidad del país para organizar el megaevento global. El escenario de violencia es el más preocupante si tomamos en cuenta que 20 de los 32 estados de la República mexicana registraron hechos violentos luego de la captura y el deceso de Nemesio Oseguera, líder del cártel de Jalisco.
Ante el difícil panorama deportivo, político y diplomático en el mundo, es importante tener en cuenta la herencia jesuita en todos los campos de conocimiento; el deporte es uno de ellos. Reforzar esa tradición a través de su historia implica dar la cara a la verdad, en consonancia con el espíritu de lucha de la Compañía por hacer libres a las personas, especialmente en un momento en que la libertad a escala global está en riesgo. Vale la pena que la reflexión sobre la gestión del futbol se acerque a lo que los jesuitas han construido en torno a este deporte a lo largo de la historia. Desde China, Italia, Mongolia o en la Península de Yucatán con el pot ta pok, o juego de pelota (cuyo ritual simbólico celebra la vida y la muerte, la luz y la oscuridad), el juego con los pies se ha llevado a las canchas modernas.
El hecho es que el ojo etnocultural del padre José Cardiel, S.J., y su mención a la «goma» o «resina» del árbol mangaisi proporciona la prueba de que el «rebote» (la física del futbol moderno) tiene un origen botánico sudamericano. Cardiel sitúa el juego en la plaza central de la reducción, lo que permite conectar el deporte con la Ratio Studiorum y la organización del tiempo libre como herramienta de evangelización y orden social, como lo explica Bartomeu Melià en la profunda revisión que hace sobre la obra de Cardiel desde la antropología lingüística. Hablante del guaraní, Melià documenta y detalla cómo el padre Cardiel aplicaba el método científico de la observación a las costumbres indígenas, incluido el juego de manga ñembosarái, que biomecánicamente asemejaba los movimientos del futbol actual.

La fabricación de la pelota de caucho y resina es una cadena cultural de conocimiento que mantiene el significado físico y ritual del juego. El papel de los jesuitas fue impulsar su carga simbólica, otorgando fuerza moral, física y religiosa, pero también dando relevancia científica, etnográfica, antropológica e histórica.
«La habilidad del ser humano de utilizar el pie para controlar y patear una pelota es una cualidad corpóreo–cultural que mantiene a buena parte de la humanidad de hinojos ante un balón».
Las políticas de pragmatismo y tolerancia jesuita implementaron en el plano misional el accomodatio. «La idea de acomodación puede rastrearse en textos del propio san Ignacio de Loyola; de acuerdo con la formulación discursiva de esta idea, los jesuitas podían aceptar la pervivencia de costumbres que se juzgaban como “civiles”, es decir, carentes de contenido religioso o idolátrico, e identificados en la teología moral, que centra en los principios morales de los actos humanos», como se explica en Corrección y reescritura jesuíticas en el siglo XVIII: en torno a la obra de José Cardiel (1747–1780) de Fabián R. Vega.
La exploración de la influencia de la Compañía de Jesús en los anales del futbol nos lleva a explorar el texto del historiador italiano de la Universidad de Padua, Giampaolo Romanato, Los jesuitas y el futbol (L’Osservatore Romano, 2010). En esta investigación la tesis central es la influencia espiritual de los jesuitas en el juego guaraní, que se inicia no como un proceso civilizatorio sino de comprensión y estudio cultural de un fenómeno corporal que, desde la experiencia de los pueblos originarios y no desde la imposición de visión religiosa, se convirtió en un ritual fundido desde ambas cosmogonías.
Romanato no sólo analiza el juego, sino que le otorga una dimensión política y social que encaja perfectamente en el ejercicio cotidiano de la vida en las misiones jesuitas en Paraguay, Brasil y Argentina. Por tanto, la historiografía ha cometido un error no sólo geográfico, sino cultural e histórico, al no reconocer al manga ñembosarái como el juego que dio pie al futbol moderno, que se desprende a su vez de los colegios ingleses del siglo XIX y su reglamentación durante el proceso civilizatorio del deporte.
«La historiografía nunca se dio cuenta de ese proceso», dice Romanato; un proceso que se construyó durante el siglo XVII en las misiones jesuitas con tres objetivos fundamentales:
Sustituir la violencia: canalizando la energía guerrera de los jóvenes guaraníes hacia una competencia reconocida y equitativa a partir de la acomodación, que fomentaba la cohesión ya que el juego era el momento de máxima unión entre la jerarquía jesuita y la comunidad indígena en la plaza central y que construyó la disciplina del tiempo donde el ejercicio corporal a través del juego con el pie marcaba el ritmo del domingo, creando una «liturgia del ocio» que mantenía el orden social.
La importancia de esta investigación documentada por Melià y Romanato no deja lugar a dudas de la acción jesuita para impulsar un proceso fundamentado en la comprensión de la cultura, rasgo que la Compañía de Jesús ha consolidado a lo largo de los siglos en su misión pastoral.
Romanato construye la interfase del hardware histórico del futbol al dibujar claramente a los guaraníes y a los jesuitas como creadores e impulsores, respectivamente, de la invención de la pelota que rebota y la utilización del pie como herramienta biomecánica y cultural para desarrollar el juego. Asimismo, el software, atribuido a la reglamentación inglesa, constituye el otro eslabón del futbol moderno; sin él este deporte sería prácticamente rugby o el primitivo juego del calcio florentino.
Gracias a esos dos componentes la maquinaria llamada futbol no tendría el dinamismo social, político y financiero que tiene hoy. La habilidad del ser humano de utilizar el pie para controlar y patear una pelota es una cualidad corpóreo–cultural que mantiene a buena parte de la humanidad de hinojos ante un balón.
Reivindicación
El futbol tiene un sentido religioso que alimenta pasiones y que en muchas ocasiones se convierte en un calvario espiritual, tecnológico, técnico y financiero para la mayoría de los equipos que luchan por obtener la victoria. La redención llega ante sus fanáticos cuando consiguen su asunción al reino de los cielos: al ganar un campeonato local, europeo, americano, asiático o africano; al permanecer en la memoria histórica, o al coronarse campeones del mundo.

Los fieles están ahí, en su rito religioso. El estadio es el templo donde dirimen sus pecados y el mea culpa de la semana, en lugar de golpes de pecho se convierte en cánticos simbólicos de apoyo al equipo de sus amores, donde ven en muchas ocasiones a los dioses a los cuales les rinden culto.
Por otro lado, la dicotomía religiosa–financiera que constituye este gran deporte–espectáculo es un modelo de análisis multifactorial que hace complejo al futbol. La incorporación de la inteligencia artificial a los análisis tácticos; los insumos tecnológicos que utilizan las y los jugadores; los modelos de transferencia de éstos, así como las nuevas narrativas en plataformas tecnológicas como Twitch, X, Instagram y las nuevas apps de sport casters como Sport Cam, Swish Live o IA Voices, son parte del gen cultural de la industria que los jesuitas y los guaraníes construyeron.
«Quien sabe de futbol, no sabe de futbol», decía sabiamente el técnico argentino César Luis Menotti, quien alguna vez dirigió la Selección Mexicana de Futbol en los años noventa. Se refería a que el juego es analizado desde diversos y muchos puntos de vista; desde la geopolítica, la historia, la antropología, la biología, los negocios, la medicina, la inteligencia artificial, la ciencia de materiales, la física, la química y muchas ciencias más. La incidencia de este deporte en la vida cotidiana de millones de personas es de hecho un viaje a mundos reales y simbólicos.
«Pese a los grandes avances tecnológicos en el futbol, lo humano prevalece porque este deporte es cuerpo, sentido, oralidad, pasión y religión».
Hace poco presenciamos eliminatorias que posicionaron el corazón, la mente, la pasión, la razón, la pobreza y la riqueza al mismo tiempo. Tanto en el terreno de juego como en las aficiones, como dice Romanato, «la interfase no deja de ser humana en este gran deporte».
«Nada de lo humano me es ajeno», reza la máxima de Publio Terencio Africano (que hemos absorbido en muchas cátedras de universidades jesuitas). Y es que, pese a los grandes avances tecnológicos en el futbol, lo humano prevalece porque este deporte es cuerpo, sentido, oralidad, pasión y religión, es decir, características del pensamiento jesuita que siguen siendo la base no solamente de la orden religiosa, sino de la misión para la cual han sido configurados. Es fascinante ver que el balompié ha formado parte de su tradición. En este sentido, la historia pone en un lugar preponderante al futbol y a los jesuitas.
Ante conflictos geopolíticos que fracturan el mapa (como el caso de Irán), la FIFA quizá deba pensar en evolucionar a ser una agencia de mediación inspirada en la diplomacia jesuita con lo humano como bandera. «El estadio debe recuperar la función de la plaza de la misión: un territorio neutral, un santuario de paz donde el adversario es reconocido como compañero de juego», como vemos en algunas reflexiones del padre Melià, S.J. El éxito del Mundial 2026 no se medirá en los balances contables de las sedes mundialistas de los tres países, sino en nuestra capacidad de recordarle al planeta que ese balón tan redondo, de resina guaraní, fue inventado para unir, no para excluir.
Por último, ¿y sí integramos la Ratio Studiorum en la gobernanza global del deporte para salvar el juego de su propia entropía? ¿Y si rescatamos al balón como la gran lengua universal que nos permite hablar de paz en tiempos de guerra? ¿Y si volvemos a hacer del juego del hombre el eje fundamental de lo humano para resignificar a la pelota como producto? ¿Y si nos basamos en la ética jesuita para ofrecer el marco normativo que la FIFA necesita para transformar el espectáculo masivo en una verdadera «liturgia de paz» y desarrollo humano?
Desde la mirada jesuita, la Copa del Mundo 2026 en Canadá, Estados Unidos y México invita a ir más allá del marcador: reconocer en cada estadio un posible santuario de encuentro en medio de las múltiples guerras que hoy atraviesan al mundo. Y que la pelota (de resina y caucho, convertida en trionda) sea la verdad que nos haga libres a través del futbol.






