Ésta es la segunda de dos entregas de las reflexiones en torno al concepto rarámuri de kórima y su relación con la virtud de la Caridad a partir del testimonio dado y recogido por las misiones jesuitas en la Sierra Tarahumara.
Conocimiento por el afecto
Comenta el padre Enrique Mireles, S.J.:
«Desde hace muchos años, aquí a los misioneros les llamaban “los padres lenguas”, que eran expertos en lengua, y ahora ya no nos hacen diferentes a los misioneros actuales. Yo he hecho el esfuerzo, hablo la lengua, cuando me fui a Roma se me olvidó un poquito, pero sí puedo celebrar la misa en rarámuri, comunicarme con ellos. ¿Por qué aprendemos otras lenguas como italiano, inglés, alemán, por ser importantes por los filósofos o por lo que sea, y no aprendemos la lengua de un pueblo originario con el que queremos dialogar?»
Y lanza un concepto que aprendió de su hermano jesuita, Ricardo Robles, S.J., «el Ronco» —autor de estudios clásicos como «Los rarámuri–pagótuame» (incluido en el volumen colectivo El rostro indio de Dios)—, el cual expresa uno de los fundamentos del amor cristiano: «conocimiento por el afecto»:
«Si hay conocimiento por el afecto —dice el padre Mireles—, entonces se va a dar la lengua y se van a dar muchas cosas, si estamos aquí a la fuerza, no. Tiene que haber una convicción muy profunda por querer estar aquí, y cariño por el pueblo Tarahumara, compromiso, por que el mundo sea mejor, por que las condiciones equitativas sean mejores, que la justicia sea realmente justicia, que podamos vivir en paz y no tener que aprovecharnos unos de otros».
Y el afecto está claramente presente en la obra del Complejo Asistencial Santa Teresita, no sólo en forma de cuidados y atenciones corporales y espirituales, sino también en el cariño puesto por todos quienes en ella participan, y en el que cumplen un papel fundamental las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul.
«Ellas son el alma de la clínica —dice el padre Enrique con una sonrisa—, son las manos que reciben a los pacientes, por el cariño y el corazón con los que los atienden, pueden estar niños con desnutrición hospitalizados hasta seis u ocho meses, y es muy valiosa la constancia, la perseverancia de las Hijas de la Caridad por atender a los niños con desnutrición y, todos estos años, también a los pacientes con tuberculosis».
Este cariño ha posibilitado que las personas lleguen, en palabras del padre Mireles, «de manera natural, como a su casa», con la confianza y la cercanía de quien sabe que será bien tratado, querido y atendido, en una palabra: amado.
«Dar ese trato digno, respetuoso al otro, y siempre abiertos, en diálogo, y sabiendo que en algún momento estaremos nosotros también por sus comunidades, y ellos también nos comparten, nos reciben, y nos hacen partícipes de sus fiestas tradicionales», agrega el sacerdote.

No es cualquier cosa el que los rarámuri reciban a los misioneros en sus fiestas, que son mucho más que un modo de celebración: una particular amalgama de fiesta, ceremonia, kórima, azar y reciprocidad. En sus festividades, según lo ha narrado el padre «Ronco», cualquier persona que tenga hambre puede llegar a una casa y pedir de comer, y esto no se ve como una imposición al anfitrión, sino que es el visitante quien brinda la oportunidad de compartir a quien lo recibe. Tienen lugar también juegos y apuestas en los que la comunidad se las ingenia para que sean los más necesitados quienes ganan, y así se hacen pasar cuantiosos recursos, consistentes en animales, ropa y alimentos, entre otras cosas, de una comunidad a otra.
Gawí tibusa
La reciprocidad, claramente presente en la virtud cristiana de la Caridad, así como en la práctica de la kórima, se extiende al entorno del cual todos formamos parte. Enseña el papa Francisco en su carta encíclica Laudato Si’:
«Olvidamos que nosotros mismos somos tierra. Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da aliento y su agua nos vivifica y nos restaura».
El cuidado del entorno, y del ser humano como parte y dependiente de éste se expresa en el lema de CACSTAC: Gawí tibusa. Explica el padre Mireles:
«En rarámuri sería “cuidando el monte” o “cuidando el mundo”. Por ahí va la idea del complejo asistencial, cuidar nuestro mundo con todos sus sentidos: en la convivencia, en la organización comunitaria, en la salud, en la educación, en la economía… el pueblo rarámuri nos enseña muy bien a cuidar los recursos, porque viven al día y usan lo que necesitan, no más».
Este lema expresa mucho del espíritu de la heroica labor del Complejo Asistencial Clínica Santa Teresita: un trabajo incluyente, inspirado por el reconocimiento de la obligación del cuidado mutuo y la urgente ayuda a quienes se encuentran en una situación de especial necesidad, sabiendo siempre que todos hemos sido ayudados y que podemos tener la absoluta certeza de que requeriremos, en todas las etapas de nuestra vida en este mundo, de la ayuda de otros. Desde este reconocimiento es fácil ascender hacia la perspectiva teológica necesaria para vivir la virtud de la Caridad. Lo dijo con elocuencia san Agustín en su Tratado de la Santísima Trinidad: «sólo el hombre percibe, en el mundo corpóreo, las razones eternas».
Conclusiones
¿Qué puede, entonces, enseñar la cultura tradicional rarámuri al cristiano de nuestro tiempo? En las líneas anteriores, he buscado poner en relieve, confío en que con cierto éxito, la profundidad cosmovisiva y moral de algunas de sus nociones centrales, particularmente de la práctica de la kórima. Este concepto, como he apuntado, parte de la aceptación de la dependencia mutua, así como de un alejamiento de la condicionalidad que se ha vuelto tan generalmente aceptada en las culturas occidentales modernas: todo es moneda, todo es intercambio, nada es donación, todo es medible.
El amor cristiano implica reconocerse necesitado, primero de la gracia divina, y después de la ayuda y cuidado de otros. Tal reconocimiento no puede darse si se considera la vida moral como una labor solitaria y egoísta que tiene como fin alcanzar una perfección vanidosa y estéril, y no la verdadera perfección que está en el centro del mensaje evangélico, que es la de la absoluta entrega a Dios y a los otros. La kórima, como he expuesto, implica que no necesariamente se recibe de aquél a quien se le ha brindado ayuda. Se puede pensar también de otra manera: implica que estamos correspondiendo a la ayuda y cuidados que ya hemos recibido de otros.
Elevarse desde la perspectiva humana hacia la teológica coloca al ser humano en una tensión absoluta hacia la verticalidad: todo cuanto tenemos ha sido recibido, en última instancia, de quien es la esencia del amor y la donación. Se trata de una deuda impagable, pero, al mismo tiempo, del soporte y sentido de nuestra existencia, al mantenernos, decíamos, en tensión hacia el infinito.
Quede el testimonio de la labor que miembros de la Iglesia, indígenas y no indígenas, realizan hoy en la Tarahumara, expresada en las palabras de uno de sus colaboradores, Enrique Mireles, S.J.:
«Esta labor le ha dado sentido a mi vocación como jesuita, y estoy aquí porque quiero estar, no porque me hayan castigado, de verdad quiero estar. Tengo muchos amigos rarámuri que me hacen ver que vale la pena compartir, y todo lo hacemos por ellos en justicia, en solidaridad, en amor, en cariño, en ver en ellos la presencia de Dios entre los más sencillos. A mí me ha llenado estar aquí, y quisiera estar aquí mucho tiempo. Tengo voto de obediencia a mi provincial, y si me cambian, me tengo que ir, pero quisiera seguir aquí mucho tiempo más. El conocimiento por el afecto, así podríamos resumir el diálogo, la interacción con el pueblo rarámuri».
Para saber más
Agustín de Hipona. Tratado de la Santísima Trinidad. Obras de San Agustín, Madrid, 1961.
Francisco. Carta encíclica Laudato Si’. Vaticano, 2015.
Robles, J. Ricardo. «Los rarámuri–pagótuame». En El rostro indio de Dios. Lima, 1991.
Velasco Rivero, Pedro J. de. Danzar o morir. Religión y resistencia a la dominación en la cultura tarahumara. ITESO. México, 1987.






