Magnifica Humanitas: cuidar lo humano

Magnifica Humanitas, primera encíclica del papa León XIV, ofrece una reflexión profunda que, desde la sólida tradición de la Doctrina Social de la Iglesia —entendida como una «realidad viva» y como una «forma de sabiduría» (párr. 4)—, ahonda en el lugar de la persona humana frente a las revoluciones tecnológicas del presente.

Anclada firmemente en el magisterio de la Iglesia, en Magnifica Humanitas abundan las citas de san Agustín, de León XIII y del papa Francisco. Al mismo tiempo, con clara intención de convocar a más gente de buena voluntad, hay en el texto citas de Hannah Arendt, Víctor Frankl o J. R. R. Tolkien.

Un énfasis constante en el texto es la invitación a discernir para «cuidar lo humano». El discernimiento, al que se alude en más de 30 ocasiones en Magnifica Humanitas, es el modo mediante el cual podemos reconocer cuáles oportunidades genera la nueva tecnología sin dejar de distinguir los riesgos que implica.

El documento, sin embargo, no es ingenuo con respecto al paradigma tecnocrático dentro del cual ha surgido esta tecnología: «no podemos considerar a la IA como moralmente neutra» (párr. 104). Aun cuando considera que el progreso técnico es «valioso en sí mismo», lo acota al afirmar que «requiere un discernimiento sobre la visión antropológica que lo guía y los fines que persigue. Si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se “tiene más”, pero no se “es más”» (párr. 94).

En cuanto sigue, quiero destacar cuatro dimensiones en las que este llamado a discernir las oportunidades y los riesgos de la revolución tecnológica en curso es especialmente acuciante: la comunicación, la educación, el trabajo y la guerra.

Por una «ecología de la comunicación»

La encíclica se ocupa de los efectos de la inteligencia artificial en el debate público y, en última instancia, en la democracia. Así, alerta sobre cómo mediante las redes sociales, los algoritmos comunicacionales y las noticias maliciosamente inventadas (deep fakes) se puede distorsionar la conversación sobre los asuntos políticos.

Frente a esta realidad, el papa llama a preservar el valor de la verdad en el debate público, evitando que la aplicación de las nuevas tecnologías genere distorsión, distracción, polarización y estridencia.

Más específicamente, llama a una nueva «ecología de la comunicación» que mejore la conversación sobre lo público. Así, señala:

137. […] la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad. Por lo tanto, es necesario promover una ecología de la comunicación: en el ámbito de las normas públicas, esto significa establecer reglas que hagan más transparentes los criterios con los que se seleccionan y amplifican los contenidos y que protejan los datos personales; en el ámbito social y cultural, en cambio, implica el fortalecimiento de los organismos intermedios, un periodismo serio y espacios de debate en los que primen la argumentación y la verificación por encima de la reacción inmediata; en el ámbito de la escuela y la familia, la creciente necesidad de una nueva conciencia educativa y la formación en el uso correcto y crítico de las herramientas digitales, la IA y las plataformas de compra e inversión; en el ámbito de la universidad, el gran reto de la integración de los conocimientos, formando tanto en la capacidad de conectar y fusionar saberes para interpretar la complejidad, como en las técnicas de verificación de los hechos.

En este apartado es de destacar el reconocimiento que hace el documento a las y los periodistas que trabajan por la verdad, incluyendo a quienes han investigado casos de abuso dentro de la Iglesia:

138. […] Hemos sido testigos, con vergüenza, del arduo descubrimiento de verdades dolorosas incluso sobre miembros de la Iglesia y sobre realidades eclesiales. En particular, algunos periodistas comprometidos con la verdad han desempeñado un papel fundamental a la hora de sacar a la luz injusticias y abusos. A ellos quisiera reiterar las palabras del papa Francisco al dirigirse a los vaticanistas: «Les agradezco también por lo que dan a conocer de lo que no funciona en la Iglesia, por lo que nos ayudan a no ocultar bajo la alfombra y por la voz que han dado a las víctimas de abusos».

Por una «alianza educativa para la era digital»

Magnifica Humanitas también se refiere a los desafíos de la educación en tiempos de inteligencia artificial.

Particularmente, distingue tres «retos impostergables» (párrs. 143–146). Un primer reto es de carácter sociopolítico y se refiere a las desigualdades en el acceso a la educación de calidad, amplificadas por las brechas que produce el avance tecnológico, del que unos pueden beneficiarse y otros no. El segundo reto que identifica la encíclica es de carácter pedagógico y tiene que ver con el desafío de sostener la innovación educativa frente al rápido avance de la tecnología. Finalmente, el tercer reto al que se refiere Magnifica Humanitas es «de carácter intelectual y sapiencial» (párr. 146). Respecto de este desafío, la advertencia que lanza el documento es clara:

146. […]  Si no estamos atentos, puede surgir un sistema educativo carente de amor por la verdad, en el que el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento. Se multiplican los conocimientos fragmentarios, pero se hace más difícil captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativo. Muchos educadores perciben ya los signos de una posible deshumanización, en la que las personas «saben muchas cosas» pero tienen dificultades para dar un sentido a su vida ―también debido a la incapacidad de conectar la información y los conocimientos― y para no perder de vista el horizonte de sentido. Es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida.

De ahí que la encíclica insista en la función única de la educación: «La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables» (párr. 147).

Cathopic

Por la «dignidad del trabajo en la transición digital»

Otra preocupación central del documento es la relacionada con los impactos de la revolución tecnológica en el mundo del trabajo.

Al respecto, el papa alerta sobre la precarización laboral que sostiene a esta tecnología y la pérdida de empleos que podría implicar si no es bien discernida. En este sentido, señala que: «El mercado laboral es uno de los ámbitos en los que los riesgos de las nuevas tecnologías se manifiestan con mayor claridad» (párr. 157).

Por ello, en el espíritu de Rerum Novarum, esta encíclica aboga por la protección de los derechos de las y los trabajadores:

En la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar únicamente en la «mano invisible» del mercado: la política tiene la tarea de orientar las dinámicas económico–tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación (párr. 163).

El énfasis puesto en las implicaciones laborales no debe hacernos olvidar el trabajo precario que sostiene a la IA: a quienes trabajan en la extracción de materiales, en la producción de energía, en la etiquetación de datos y en espacios hoy invisibilizados de la cadena productiva.

Contra la «fuerza sin límites»

Finalmente, una cuarta dimensión en la que Magnifica Humanitas llama a discernir el uso de la tecnología es en la aplicación de la inteligencia artificial en los conflictos bélicos; es decir, el uso de esta herramienta para hacer la guerra.

No fue casual, en este sentido, que en la presentación pública de la encíclica estuviese un directivo de una empresa tecnológica que ha enfrentado represalias del gobierno estadounidense por proponer salvaguardas que eviten un empleo de esta índole.

En esa dimensión, el llamado del papa es muy enfático. Partiendo del marco de derechos humanos —que caracteriza como «una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad» (párr. 54), León XIV invita a «desarmar» la Inteligencia Artificial.

Así, escribiendo en una llamativa primera persona del singular, el papa agustino afirma: «Quisiera, por último, usar una palabra muy importante para mí: “desarmar”. Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva» (párr. 110).

Conclusión: construir una civilización del amor

En suma, Magnifica Humanitas no es un texto contra la tecnología pese a cuestionar sin ambages el paradigma tecnocrático; su crítica no le lleva a descartar los aportes que puede traer consigo la Inteligencia Artificial. La encíclica es, ante todo, una invitación a discernir cómo y dónde se usa esta tecnología, para cuidar lo humano. Así, «no se trata ciertamente de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana» (párr. 113).

En este breve recuento he querido identificar cuatro dimensiones en las que es notorio el llamado a discernir el mejor uso de la tecnología: la comunicación, la educación, el trabajo y la guerra. Pero el texto tiene mayor contenido y sin duda una lectura atenta permitirá rastrear más claves de interpretación.

En todo caso, no queda duda de que a 165 años de Rerum Novarum, el papa nos convoca, en tiempos adversos, a no perder la esperanza y a construir una civilización fundada en el amor, porque, como afirma, «la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función» (párr. 114).

La civilización del amor «no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común» (párr. 186). Y ésta, nos recuerda Magnifica Humanitas, «no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización» (párr. 213).

En su parte final, Magnifica Humanitas muestra una ruta para enfrentar este cambio tecnológico. Afirma León XIV: «Nos hemos interrogado sobre el mundo que estamos construyendo, preguntándonos qué significa custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA. Al final de este camino, deseo entregarles un itinerario de vida cristiana sobrio y exigente con el cual vivir este cambio de época a la luz del Evangelio. Es un camino que nace de la contemplación del designio de Dios, vive la unidad eclesial nutriéndose de la Palabra y de la Eucaristía, construye el bien en el mundo y ora junto con la Virgen María» (párr. 229).

Hay un llamado a seguir discerniendo los signos de los tiempos en ese camino para convertirnos, como lo pide el papa en el último párrafo de Magnifica Humanitas, en «tejedores de esperanza en nuestro mundo» (párr. 245).

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