El siguiente cuaderno reúne las historias de cuatro jóvenes que, desde sus propios testimonios, comparten los caminos, las búsquedas y las circunstancias que han dado forma a la esperanza en sus vidas. Es una que nace de su propia intuición, que se transforma en acción y que, poco a poco, va dando voz a su vocación personal. En medio de dudas, heridas y ruidos interiores cada uno encuentra un sentido y amor para orientar sus decisiones en la palabra compartida, en la familia que les ha sostenido, en los amigos que salen a su encuentro y en el acompañamiento de maestros de vida.
Christopher, la esperanza es una familia que sostiene
Cuando entrevistamos a Christopher Naranjo Meza estaba a las puertas de la adultez. A punto de cumplir dieciocho años, este joven habla con la profundidad de quien ha aprendido que la esperanza no nace de una vida sin heridas, sino de la certeza de haber sido siempre acompañado desde el amor.
Su historia comienza en una familia marcada por distintos desafíos. Su madre era apenas una adolescente cuando él nació; su padre estuvo ausente durante gran parte de su crianza y falleció recientemente. Sin embargo, Christopher nunca habla primero de las ausencias. Habla de quienes permanecieron.
«En mi familia somos siete personas: mis dos abuelos maternos, mi tío, mi tía, mi mamá, mi hermano y yo». En ese hogar él ha encontrado un lugar al que siempre puede volver: «He ido descubriendo que, a pesar de que las cosas duelen, siempre me he sentido como que tengo un espacio a donde regresar; un espacio donde me van a abrazar, donde me van a consentir, donde me voltean a ver, donde me llaman por mi nombre».
Tres figuras clave dan sustento de vida: su madre, su abuelo y su abuela. La primera encontró en sus padres el respaldo para salir adelante siendo muy joven. El segundo fue la persona que sostuvo a su madre y que le enseñó a crecer. La tercera se convirtió en el corazón silencioso de su familia. «Mi abuela siempre ha sido el apoyo de todos cuando las cosas se van poniendo graves», recuerda.
Christopher recuerda con honestidad el nacimiento de su hermano. Durante nueve años fue el primer nieto, el primer bisnieto y el centro de todas las miradas. De pronto, ese lugar cambió: «Me sentí desplazado, mi mamá estaba preocupada cuidando a mi hermano y no me sentía visto. Muchos de esos años fueron mi abuela y mi abuelo quienes me dieron la esperanza y el amor que necesitaba […] Con el tiempo entendí que mi mamá, mis tíos y mis abuelos seguían amándome y que el amor podía compartirse».
La muerte de una de sus bisabuelas volvió a poner a prueba a la familia. En medio del duelo descubrió algo nuevo, pues, a pesar de que en su familia no hay mucho acercamiento a Dios, «yo sí veía a Dios actuando entre nosotros para nuestra salvación», dice. «La fuerza y el amor que nos tuvimos entre nosotros y hacia mi bisabuela nos fue curando y nos ayudó a sobrellevar esa herida».
Su paso por el Bachillerato Pedro Arrupe representó un punto de inflexión. Allí encontró una comunidad que le permitió acercarse libremente a Dios, hacerse preguntas profundas y descubrir la espiritualidad ignaciana como una manera concreta de leer la realidad. Las experiencias rurales, las misiones y el acompañamiento de maestras y maestros fueron despertando en él una vocación de servicio que hoy comienza a tomar forma. De hecho, Camila, una de sus maestras, fue quien ayudó a Christopher en su discernimiento, y de allí nació su deseo por hacer su primera comunión y su confirmación.
«Me siento llamado a transformar al mundo. Creo que todo lo que me dieron ahora lo tengo que regresar. Siento esa invitación de que tengo que hacer algo con mi beca del ITESO, con mi voluntariado […] Quiero regresar un poco a la sociedad y también ser testigo del amor de Dios en todas estas problemáticas que duelen», dice Christopher, que en las próximas semanas iniciará su voluntariado con el Servicio Jesuita. Ese deseo lo liga a Jesús, que anima a las personas a compartir, y entonces todo se multiplica. Como en la escena de los panes, él también quiere poner lo suyo: «Lo que traigo en mi mochilita, eso lo doy». Porque, dice, la esperanza crece cuando se da.
A Christopher le duele la violencia, el deterioro ambiental y la normalización del narcotráfico entre muchos jóvenes: «Me da vergüenza verme a mí y a mi contexto cuando a veces apoyamos, indirecta o directamente, al narcotráfico». Pero no se queda en el desencanto, encuentra esperanza en las madres buscadoras, las comunidades que defienden el territorio, en quienes trabajan con personas migrantes o levantan la voz frente a las injusticias. Para él, ahí también está Dios.
Ximena, la esperanza es en comunidad
Cuando Ximena habla del compromiso que comparte con su familia en la Parroquia del Espíritu Santo le brillan los ojos con entusiasmo. A sus 20 años ha sido catequista, coordinadora del grupo de jóvenes, ministro de la palabra y coordinadora de diversas actividades en su parroquia. Ahora su familia también participa, pero fue ella quien dio el primer paso. A los 14 años escuchó que se necesitaban catequistas en la parroquia y se apuntó. Sus padres dudaban por las responsabilidades que implicaba, pero poco a poco terminaron involucrándose hasta recorrer el mismo camino que su hija.
La familia ocupa un lugar central en su historia. «Al principio, de niña, no conocía la fuerza de mi familia. Todo iba simplemente muy bien. Fue en la adolescencia cuando empecé a reconocer lo que significaba su fuerza y su esperanza». Esa certeza nació en medio de una crisis económica que puso todo en duda. «Literalmente no sabíamos si tendríamos para la comida no sólo del día siguiente, sino de ese día. Fue un tiempo muy difícil». Sin embargo, había algo que permanecía firme: «No sabíamos qué iba a pasar después, si tendríamos casa o no, pero estábamos juntos». En esa experiencia descubrió que la esperanza consiste, antes que nada, en seguir caminando en comunidad.
Con el tiempo la situación familiar mejoró y Ximena comenzó a involucrarse más en la parroquia. Allí conoció la espiritualidad ignaciana y aprendió a mirar su vida desde el discernimiento. Esa experiencia la sostuvo cuando atravesó otra etapa de profunda desolación. «Yo sentía que me hundía y sentía que no podía. Estaba mi familia, mis amigos, mi red en la Iglesia y no podía salir, no encontraba dónde caminar. Fue el momento en que más me costó encontrar la esperanza».

«Un día no aguanté y hablé con una persona en quien confiaba. Me escuchó y me dijo “no tienes que pasar por esto sola”. No cambió nada más, pero esa palabra me despertó. Desde entonces pido ayuda, y eso marca lo que creo de la esperanza. La esperanza no es algo individual, se trata de compartir».
Esa convicción orienta hoy tanto su servicio pastoral como su formación en trabajo social. «Si yo encuentro la esperanza, quiero que otras personas también la encuentren». Para ella, no es meramente hacer lo que ya está dicho, sino «crear un futuro esperanzador», que es también el eslogan de su grupo de jóvenes.
Ese lema adquiere un peso especial en las colonias suburbanas de la zona metropolitana de Guadalajara, donde acompaña a adolescentes que enfrentan adicciones, violencia o la desaparición de personas cercanas. «Me he encontrado jóvenes del grupo que ahora están perdidos en una adicción. Me duele pensar que el grupo no ha sido para ellos lo que es para mí». Durante una Semana Santa reflexionaban sobre sus propios jueves y viernes santos y descubrieron que hablar de resurrección no era sencillo. «¿Cómo decirles a ellos cuál es nuestra resurrección?». «Creo que no es tanto armar y desarmar, sino escucharnos y comprendernos unos a otros. Ahí reconozco a Jesús: él escuchaba y, cuando nos escuchamos, él nos acompaña». Lo mismo sucede cuando aparecen temas como las desapariciones de personas en las conversaciones: «No sabes qué decirles… pero nos hemos dado cuenta de que no es tan importante lo que puedes decirles, sino que se sientan escuchados».
En su carrera como trabajadora social Ximena encuentra también un espacio para este modo de escucha. «No fue mi primera opción, y fue difícil cuando no salí en la carrera que primero había elegido», pero poco a poco encontró su vocación, así como otros espacios donde se sentía más invitada a intervenir, aunque en su escuela no los tomaran como prioritarios. Así llegó a hacer una experiencia en la Sierra Tarahumara.
La experiencia con las comunidades rarámuris fue un momento importante de cambio en su esperanza. «Los veía danzar, celebrar sus cosechas, hacer fiesta, agradecerle a la Virgen, y yo malamente pensaba: “¿qué le agradecen?”. Y entonces me di cuenta de que estaban viendo algo que yo no veía, de que yo estaba muy cerrada […] Atravesaba un mal momento y aquello representó un despertar para mí. Me dije: “Siguen adelante y luchan, son felices a su manera”. Yo puedo hacer algo por esto, no sólo por ellos, sino por todo el país». Ese encuentro transformó su mirada y la impulsó a trabajar con otras comunidades indígenas y personas migrantes.
Es en esas experiencias en las que Ximena encuentra vivo a Dios: «Siento que Dios se hace presente y nos dice “Miren, esto es lo que quiero que hagan”, por medio de personas, de acciones, de cosas cotidianas que nos van pasando. Así ha sido en los momentos más difíciles de mi vida, y entonces el “sí” es un insistir».
Para Ximena la esperanza se cultiva en lugares especiales que le pueden traer silencio y paz, como la capilla de su comunidad. También en el testimonio de quienes han dejado huella en su vida. Cuando piensa en el papa Francisco, entonces surge una pregunta que orienta su propia vocación: «Cuando yo me muera, ¿cuál quiero que sea mi testimonio? ¿Qué quiero que las personas recuerden de Ximena? Me gustaría que el mensaje fuera: “Ximena le decía a las personas que no tenían que pasar las cosas solas”. Que ese joven de 20 años sepa que no tiene por qué pasar las cosas solo. Que eso se conozca, creo que es lo que más sostiene mi esperanza».
Víctor, el viaje de regreso al origen
A veces la esperanza tiene la forma de un boleto de avión. No porque los problemas desaparezcan, sino porque el viaje abre la posibilidad de mirar la vida desde otro lugar. Pareciera que en el viaje la incertidumbre deja de ser un destino para convertirse en parte del camino, mientras el aprendizaje de lo cotidiano va esculpiendo, poco a poco, la propia vida. Algo así vivió Víctor Santiago Vigueras Casillas que, con apenas 21 años, pareciera haber recorrido buena parte del camino.
«No conocí la esperanza durante mucho tiempo en mi vida», dice Víctor. En su infancia hubo carencias económicas y afectivas, el alcoholismo de su padre y una dinámica familiar atravesada por el conflicto. En plena adolescencia, cuando tenía 15 años, el infarto de su padre desencadenó el divorcio de sus papás y, poco después, la muerte de su abuela. Paradójicamente, fue en medio de ese dolor cuando comenzó a intuir que la vida podía cambiar. «Ahí empecé a sentir esperanza, porque yo me sentía muy mal, me sentía terrible […] Bebía hasta perder el conocimiento. Fumaba mucha marihuana también, como para anestesiarme», confiesa.
En medio de la crisis Víctor encontró en su madre el rostro más concreto de la esperanza. La veía sostener a la familia mientras estudiaba Psicología, trabajaba y cuidaba de sus tres hijos. «No entiendo cómo sacaba fuerzas para pararse todos los días y mover cielo, mar y tierra por mí y por mis hermanos», recuerda.
Un día, después de una noche en la que había hecho «cosas de las que no te enorgulleces», encontró un momento inesperado de paz. Vio a su madre cocinando, tranquila, serena. Allí comenzó a imaginar que otra vida era posible. «Dije: creo que puede ser así. Me puedo sentir bien, se puede sentir bien mi familia, se puede sentir bien la gente que quiero […] Identifiqué que nada de ese sentir era eterno. Así como me había sentido muy mal durante mucho tiempo, también me podía sentir bien eventualmente y las cosas se podían poner mejor».
Al terminar la pandemia Víctor comenzó a experimentar un cambio profundo en su manera de mirar la vida. Mientras muchos de sus compañeros tenían claro qué estudiar o cómo imaginaban su futuro, él apenas intentaba salir de una etapa marcada por el dolor. Lejos de desesperarlo, ese reconocimiento abrió nuevas posibilidades. «Identifiqué que puedo no saber las cosas, que puedo no tener el control y que, aun así, las cosas van a pasar».
Sin saber estaba descubriendo su propia fe, ésa que te lleva a dejarte sorprender y decidió aceptar una invitación para trabajar en Canadá. Durante seis meses fue mesero y limpiaba sótanos ajenos para sostenerse; aprendió a vivir por su cuenta y la experiencia le permitió descubrir una nueva confianza en sí mismo. «Muchas de mis decisiones las tomé con esperanza», dice. «No sabía qué iba a pasar, pero sabía que algo iba a suceder».
Ganar su propio dinero lo marcó en lo profundo, pues por primera vez experimentó la libertad de sostenerse a sí mismo y decidir qué hacer con el fruto de su trabajo. «Fue muy esperanzador, me cambió la vida y dije: puedo hacer cosas diferentes». Con esa convicción viajó con sus amigos por Europa. Sin embargo, el regreso a México fue más difícil de lo que imaginaba. Las dinámicas familiares y de sus amistades permanecían intactas y él ya no lograba reconocerse en ese lugar. La soledad que había sentido durante la infancia volvió a hacerse presente: «Se me apagó bastante la esperanza».
Entonces apareció una nueva posibilidad: inspirado por un primo que había recorrido Asia como mochilero, se propuso descubrir Vietnam. Allá no buscó trabajo remunerado, se integró como voluntario durante varias semanas en una pagoda budista, donde impartía clases de inglés a cambio de alojamiento y comida. Pero convivía principalmente con personas mayores extranjeras y echaba de menos la cercanía de quienes compartían su edad y su historia. Poco a poco aquella emoción inicial volvió a desvanecerse. «Necesito hacer base. Empecé a ver la esperanza en volver a México, en volver con mi gente, en volver otra vez con mi familia».
Con el apoyo de su papá, Víctor se encuentra en una nueva ruta; el viaje es en casa y hoy estudia Relaciones Internacionales en el ITESO, donde también trabaja como asistente de investigación. Además, da clases de inglés a niñas, niños, adolescentes y jóvenes, y colabora con una agencia de marketing realizando investigaciones de mercado. Algo, sin embargo, sigue empujándolo a explorar sus propios límites. Si antes el viaje era una forma de escapar, hoy se ha convertido en una manera de encontrarse consigo mismo, y aprender, como él dice, de la «permanencia». «Si no estás encontrando las cosas fuera, pues quizá tienes que dejar de buscar fuera, ¿no? Y empezar a mirar dentro de ti».
Al mirar hacia dentro aparecen las cosas que a Víctor le duelen profundamente del país: «Duele muchísimo, por ejemplo, la Glorieta de los Desaparecidos. Y lo que más duele es algo invisible, algo que está ahí delante de ti tanto tiempo que la dejas de ver». Su interacción con los colectivos de madres buscadoras le ha mostrado una fuerza que le moviliza: «¡Cuánta esperanza en esas personas que, teniendo todo en contra —instituciones estatales y paraestatales que les ponen trabas, además de la indiferencia de la gente—, van a cavar hoyos y a seguir buscando! Ahí encuentro la esperanza para decir qué cosas quisiera cambiar y ayudar en lo que pueda».
Víctor no se considera una persona religiosa, aunque creció en una familia católica. Si bien no le ha sido fácil identificarse con esa fe, reconoce en Jesús un referente espiritual al que siempre puede volver. «Es un canalizador y catalizador de toda la espiritualidad que buscas… cuando he buscado un referente espiritual, puedo siempre volver a Jesús». Para él, la espiritualidad necesita un lugar donde encarnarse: «Jesús puede ser ese lugar».
Daniela, la esperanza del dolor que pide nombre
Para Daniela, a sus 22 años, la esperanza nace cuando el dolor encuentra un nombre. Nombrarlo, reconocerlo y mirarlo de frente es el primer paso para transformarlo. Lo sabe por experiencia propia. A los siete años perdió a su padre, lo que sumergió a su madre en una profunda depresión y desordenó toda su vida infantil.
Sin saberlo, con la muerte de su padre se encontró con un dolor que no sabía nombrar, «que fue todo de golpe». La sostuvo el cariño de su abuela y de sus tías, que buscaron ser apoyo para ella, sus hermanos pequeños y su mamá. También regresaba la memoria de sus amigas en preescolar, pues había ido a una escuela donde compartía clases con niñas que habían perdido a sus padres. Ahora ella también estaba en esa situación y descubría a sus tías haciendo lo que le habían dicho que ella tenía que hacer con aquellas niñas: ser bondadosa. «Yo no entendía qué era ser bondadosa. Era muy pequeña y no entendía, pero mis tías sí lo sabían, porque ya no eran pequeñas. Me parece lindo pensar que puedo ser bondadosa y hacerlo conscientemente».
También la literatura se convirtió en un refugio y un puente para la esperanza: «Yo leía dolor, pero en las cosas que yo leía descubría que había alguien que lo había escrito porque había reconocido su dolor primero, y aun así las historias acababan felices». Los libros le enseñaron que el dolor no tiene la última palabra: «Si podías nombrar tu dolor, también podías hacer algo al respecto». Y como le gustaba leerlo, empezó a pensar que también podría escribirlo: «Empecé a escribir diarios, y eso me ayudó mucho».
En esos diarios registraba lo cotidiano, pero también imaginaba historias. La escritura le permitió reconocer que incluso en los momentos más difíciles permanecía el afecto de quienes la rodeaban, como aquel día que su tío logró regalarles un momento de alegría en medio del duelo por la muerte de su padre: «Había dolor, pero también veía en las cosas amor. Aunque estamos tristes, podemos sentir felicidad al mismo tiempo». Además, Daniela encuentra símbolos de esperanza en la ficción de las distopías, donde sus protagonistas actúan con una valentía más fuerte que el miedo, toman decisiones en medio del sufrimiento y, a pesar de él, acompañan a quienes también se sienten así.
La esperanza sólo puede sostenerse, piensa, cultivando una profunda vida interior. «Es lo que no pueden destruir, en medio de la destrucción externa». Para ella, la interioridad comienza por «ser bondadosos con nosotros mismos» y se expresa en el cuidado de las comunidades y de las personas con quienes convivimos. No basta con intentar ayudar; primero hay que escuchar. Por eso procura conversar con personas muy distintas entre sí. «Así me siento más conectada con el mundo que me rodea, porque son experiencias totalmente diferentes y su apertura me ayuda a abrirme también con ellos». Cada encuentro merece atención porque nunca sabemos si volverá a repetirse.
Daniela piensa que es esa convivencia la que da lugar para gozar y aprender esperanza: «Disfruto de hacer lo que hago y estar acompañada de la gente». Esta experiencia fue clave para ella cuando le diagnosticaron un tumor cerebral y tuvo que someterse a quimioterapias: «Con el medicamento sí me siento cansada, y tal vez está bien no esforzarse y presionarse cuando el cuerpo no da para eso, pero al esforzarme también he disfrutado de esas experiencias que hago cuando tal vez preferiría estar acostada en mi cama». Para ella es una manera de coleccionar buenas memorias en su vida: «No sé cuándo vaya a morir, nadie sabe, pero quiero tener buenos recuerdos».
Ese deseo de conservar la memoria la llevó también a la fotografía. Entre las imágenes que guarda, una ocupa un lugar especial: su madre. «En los escenarios más catastróficos, ella aporta bastante seguridad. Me gustaría ser como ella, estar más en el suelo». Cuando le preguntamos si eso significaba «ser más realista», responde: «Más firme y con conexiones».
Sus amistades ocupan un lugar semejante. Como estudiante foránea en Guadalajara, encontró en ellas un hogar inesperado: «Son un ancla firme». Le gusta escuchar sus historias y acompañar sus búsquedas. «Son valientes, porque si no lo fueran no harían lo que hacen todo el tiempo, seguir adelante, con todo lo que está pasando».
Esa valentía cotidiana adquiere un significado especial cuando piensa en Colima, su estado natal, que hoy enfrenta mucha violencia. «No me puedo permitir ser indiferente a lo que sucede», dice, «podemos decir que somos víctimas, tal vez no directamente de la violencia, pero no podemos desligarnos de ella; creo que sería imposible o difícil vernos como víctimas, porque no queremos dejar de vivir lo que podemos vivir». Ella confía en esa rebeldía de personas que quieren que las personas que aman no sufran y tengan una buena vida. Para ella, eso es esperanza.
«Cultivarnos y cultivar a los que amamos». Así resume también lo que descubre en Jesús. «Pienso en él, no como una confianza ciega. Él es como el enfrentamiento al dolor y la posibilidad de la transformación, de hacer el bien en la comunidad y cuidar a la otra persona». Junto a él reconoce a tantas personas que siguen haciendo presente esa misma forma de vivir. Con ellas, dice Daniela, también quiere caminar.






