Experiencias profundas de humanidad en, por y con el cine

Por Hugo Hernández Valdivia*

El cine nació con un estigma que no ha podido superar del todo después de más de un siglo de vida: «espectáculo de feria». A la luz de la mayor parte de la producción actual de películas en el mundo, esta etiqueta peyorativa parece vigente (con un cambio de espacio: la feria por la sala oscura); en particular la que proviene de países con sólidas industrias, con la de Hollywood en primer lugar. Antes de la invención del cinematógrafo —que tuvo su «presentación en sociedad» en la mítica sesión del 28 de diciembre de 1895 en Salon Indien del Grand Café parisino— los esfuerzos técnicos por registrar imágenes en movimiento no tenían como objetivo el espectáculo, como lo prueban, por ejemplo, los esfuerzos en el campo de la ciencia del británico Eadweard Muybridge y del francés Étienne–Jules Marey por descomponer los movimientos de equinos o de humanos.

Décadas después, cuando el cine que circulaba por el mundo ya se sujetaba en general a los parámetros del cine estadounidense (en esencia, narrar una historia en tres actos y desplegar en pantalla un espectáculo capaz de entretener, emocionar y distraer al público), el francés Jean–Luc Godard, quien en sus orígenes fue crítico de cine, dejó en claro que ésa no era necesariamente la ruta que estaba destinado a seguir. En Historia(s) del cine (Histoire(s) du cinéma (1989–1999), libro y película, Godard afirma: «Con Edouard Manet / comienza / la pintura moderna / es decir / el cinematógrafo / es decir / formas que se encaminan / hacia la palabra / con más precisión / una forma que piensa / que el cine haya sido hecho ante todo / para pensar / se lo olvidará en seguida / pero ésa es otra historia».

El cine nació «ante todo para pensar» o, si no con la vocación, sí con el potencial y la posibilidad. Pronto se alejó de este camino y se convirtió en un espectáculo que cuenta historias, emulando a la novela del siglo XIX, al teatro de todas las épocas, práctica que podemos constatar en las películas que habitan la cartelera del día de hoy. Y, sin embargo, el cine también se mueve en otras direcciones y tiene el potencial de ser parte o dar origen a experiencias profundas de humanidad. No se trata tan sólo de registrar esas experiencias (acompañando a personajes que las viven, por ejemplo), sino de que las obras lleguen a ser el origen de ellas.

Dada la amplitud de los conceptos involucrados en «experiencias profundas de humanidad» es conveniente establecer qué podemos entender por ellas. Arturo Navarro señala, en un artículo publicado en este sitio, que «el concepto experiencias de humanidad alude al elemento común compartido de lo humano, alejado de visiones únicas al señalar como eje las experiencias–vivencias, que son leídas como interpretación de las búsquedas con las que la persona humana trata de llegar a lo profundo de sí, lo que deriva en alcanzar una profundidad–interiorización que, en lugar de limitar, amplía el horizonte de posibilidades de ser y estar en el mundo».

Elías González Gómez, por su parte, propone la siguiente definición: «Aquellas experiencias que crean las condiciones de posibilidad de lo humano, dentro del marco relacional que ha posibilitado y enraizado su condición. A saber, lo propio de estas experiencias es ir a la raíz de lo humano compartido y diferenciado, que hace que la humanidad sea lo que es y no otra cosa». Las experiencias profundas de humanidad, así, poseen una intensidad y una relevancia como para llegar a ser «fundamentantes y posibilitantes». No somos los mismos seres humanos después de vivir experiencias de esta intensidad, pues «van a la raíz» y nos permiten ampliar «el horizonte de posibilidades de ser y estar en el mundo».

Imagen: Depositphotos

A partir de las coordenadas que proponen ambos autores es posible construir una clase, cuyos elementos cumplirían con las características establecidas. En este sentido, el guion cinematográfico propone un concepto que gira alrededor de experiencias concretas con mayor o menor grado de profundidad: plot point o punto argumental. (Porque justo es precisar que el cine es «el imperio de lo concreto»: se remite a situaciones particulares e incluso cuando la palabra cobra protagonismo —como en el caso de las películas del citado Godard— el texto hablado, o como imagen, está circunscrito a un espacio y un tiempo en concreto, a una vivencia o un pasaje de la historia.)

Syd Field (2002), autor de uno de los «manuales de guión» más populares, propone un «paradigma» que se estructura a partir de los cambios o giros en el curso del argumento cinematográfico. Por su intensidad, un punto argumental es un evento de tal magnitud que es factible considerar como un parteaguas: ha de quedar claro un antes y un después de él. Es un punto de no retorno. El mentado paradigma propone que en cada película han de aparecer dos puntos argumentales, al final del primer cuarto de la película y al inicio del último; son, además, la frontera entre los actos. Es decir, si una película dura 120 minutos, el primero tendría lugar alrededor del minuto 30 (marca además el final del primer acto y el inicio del segundo) y el segundo alrededor del 90 (cuando termina el segundo acto e inicia el tercero).

No todo punto argumental, por supuesto, posee las características necesarias para considerarlo una experiencia profunda de humanidad, pues puede tratarse tan sólo de un cambio de situación o de suerte en la vida del protagonista. Pero incluso en algunos cortometrajes es posible observar la exposición de experiencias que alcanzan profundidades atendibles. Es el caso, por ejemplo, de Recuerdo del mar (2005), del mexicano Max Zunino, que cuenta una experiencia que dejó honda huella en la vida del chamaco protagonista. Lo vemos sentado en la arena de una playa, mirando al mar (que sólo escuchamos); la cámara hace un travel hacia atrás y descubrimos que al lado de él hay un automóvil volteado. Al parecer acaba de suceder un trágico accidente y él es el único sobreviviente. Mientras lo vemos, mirando al horizonte, escuchamos la voz adulta del personaje que dice: «La primera vez que vi el mar… me pareció muy grande». En menos de dos minutos y en un solo plano (no hay cortes) Zunino no sólo nos muestra el momento en que el joven protagonista tiene su primer acercamiento a la soledad y la muerte, sino que nos abre la posibilidad de compartir esa experiencia y hacer presente nuestras primeras vivencias alrededor de la muerte.

En el mapa cinematográfico actual, al lado de los que cultivan el espectáculo mencionado al inicio, también aparecen autores en cuya filmografía abundan experiencias profundas de humanidad. En el campo de la ficción podríamos considerar en primer lugar al ruso Andrei Tarkovski, quien acompaña a personajes que a menudo han sufrido una gran pérdida o tienen la amarga experiencia de hacer constataciones del deterioro espiritual de la humanidad. Por ejemplo, el protagonista de Stalker (1979) experimenta la amargura de presenciar cómo la humanidad ha perdido la fe y se ha extraviado en la superficialidad y el sinsentido. Él busca reencausar a los que lo procuran, pero los resultados son invariablemente negativos. El norteamericano Terrence Malick regresa en El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011) a la infancia de un hombre, en la que vivió un conflicto esencial, el que supone crecer entre dos polos de humanidad: la dureza que supone ganarse la vida en una cotidianidad hostil, a la que hay que enfrentar con tenacidad (encarnada en el padre) y la aspiración a una espiritualidad que pasa por la creencia religiosa (encarnada en la madre). La profundidad de esta experiencia tiene ecos estruendosos en la vida adulta del personaje. Lo que éste vive es, cabe extrapolar, el conflicto humano por antonomasia.

En el campo documental es obligatorio hablar de Werner Herzog, quien también ha hecho numerosas ficciones. No es una exageración afirmar que el cine de este alemán pertinaz se sustenta justamente en experiencias profundas de humanidad. Desde el seguimiento a un ingenuo sujeto que cree que es posible hacer amistad con los osos (El hombre oso, 2005) hasta la vida extrema que llevan los que exploran la Antártida (Encuentros en el fin del mundo, 2007). La filmografía de Herzog da cuenta de una búsqueda de las esencias de lo humano… así como de su ruta personal. Se podría decir que la realización de cada película es para él una oportunidad de vivir experiencias profundas de humanidad, y mientras las imágenes que registra dan fe de ellas —una aventura tras otra— su voz, a menudo en off, ofrece un caudal reflexivo que cabría inscribir en los terrenos de la filosofía.

Aristóteles decía que la función de la tragedia es provocar la catarsis. La representación escénica generaría compasión o temor y empujaría la purificación. En esta ruta, la emoción es fundamental. Y de emociones sabe mucho el cine. En los ejemplos citados las emociones son abundantes y las historias no sólo dan cuenta de experiencias profundas de humanidad; no son únicamente registros de personajes que las vivieron —o las sufrieron— sino que convocan al espectador a emocionarse y dejar de ser espectador, a tomar parte activa de ellas, a vivirlas con los personajes o los realizadores. Son más que experiencias vicarias. Son la vida misma.

Para saber más

Field, S. (2002). El libro del guion. Plot Ediciones, S.A.

González, E. (17 de marzo de 2026). Experiencias profundas de humanidad (I): la condición humana en tiempos de artificialeza. Christus revista de teología, ciencias humanas y pastoral. https://christus.jesuitasmexico.org/experiencias-profundas-de-humanidad-i-la-condicion-humana-en-tiempos-de-artificialeza/

Navarro, A. (17 de marzo de 2026). Experiencias profundas de humanidad y creencias religiosas (II). Christus revista de teología, ciencias humanas y pastoral. https://christus.jesuitasmexico.org/experiencias-profundas-de-humanidad-y-creencias-religiosas-ii/


*Hugo Hernández Valdivia nació en Guadalajara. Estudió video en la Universidad de Guadalajara, Guión en la Escuela Internacional de San Antonio de los Baños, en Cuba, y cine en Toulouse, Francia. Es maestro en Filosofía y Ciencias sociales. Es profesor de asignaturas relacionadas con el cine en el ITESO. Ha colaborado en los periódicos MURAL de Guadalajara y La opinión de Los Ángeles; y en el programa radial A las nueve con usted de la XEJB. Es colaborador de las revistas Luvina de la Universidad de Guadalajara y Magis del ITESO.

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