Una misión de reconciliación en Argel

«Tengo la certeza de que lo sagrado abarca toda la creación y a todas sus criaturas», afirma Víctor Ramos Talavera al hablar de su trabajo pastoral y de acompañamiento a jóvenes en el Centro Cultural Universitario (CCU), una obra de la Compañía de Jesús dedicada al encuentro, el diálogo y la formación. El jesuita mexicano desarrolla desde hace cuatro años su misión en Argelia, en un contexto cultural, lingüístico y religioso muy distinto al de su país.

Fundado en 1962 en la ciudad de Argel, poco después de la independencia del país, el CCU surgió como un espacio de estudio y convivencia en una nación de mayoría musulmana, donde la comunidad cristiana representa menos del uno por ciento de la población. Animado por los jesuitas y sostenido en colaboración con laicos argelinos, congregaciones religiosas y la diócesis local, el CCU ofrece a estudiantes universitarios un lugar para aprender, investigar y encontrarse con personas de distintas tradiciones culturales y religiosas, favoreciendo el diálogo y la apertura a nuevas perspectivas.

Al preguntarle cuál ha sido el mayor desafío de trabajar en un contexto tan diferente al de México, responde: «Cambiar de país implica mucho más que mudarse de lugar: significa adaptarse a otra cultura, otra religión predominante y otro idioma […] aprender a escuchar de otro modo, percibir matices culturales que se esconden en las palabras, los gestos y los silencios». Los idiomas francés o inglés pueden ayudar a comunicarse en ciudades como Argel u Orán, pero si se quiere comprender verdaderamente lo que él llama «espíritu argelino» es necesario aprender «la rama local del árabe (derja) o alguna lengua bereber del país», comenta. Cada conversación con los jóvenes que acompaña se vuelve «un acto de humildad», pues reconoce que depende de otras personas para orientarse en la cultura y la sociedad en la que ahora vive.

En medio de las diferencias, el trabajo de Víctor en el CCU se ha convertido en un espacio donde el encuentro humano es el motor principal. «Desde su fundación, el CCU se caracterizó por su clima de confianza, accesibilidad y escucha inmediata», dice. Esa cercanía ha creado un ambiente en el que los jóvenes pueden sentirse acompañados, reconocidos y valorados, especialmente en momentos en los que la salud mental, la vida universitaria y la fe se entrelazan. Al preguntarle cómo contribuyen estos programas a la formación de los jóvenes, Víctor explica que no se trata únicamente de la dimensión académica, sino de «acompañar a los estudiantes de manera integral».

Foto: © Víctor Ramos Talavera

A diferencia de instituciones más grandes y estructuralmente pesadas, quienes laboran en el CCU son «ligeros y flexibles», lo cual favorece una cercanía real y cotidiana. «El director y todo el staff estamos siempre disponibles», afirma, subrayando que ese gesto aparentemente sencillo es, en realidad, el fundamento de una comunidad donde se genera un espíritu fraterno que hace que los jóvenes «se sientan reconocidos y valorados».

Una de las iniciativas más queridas por los estudiantes es el «Espacio de Escucha», donde pueden hablar con libertad y sin juicios. Para Víctor la clave está en «ser de verdad escuchados», generando un acompañamiento que les permita «ordenar su mundo interior». Desde ahí la institución ha fomentado iniciativas para que los estudiantes encuentren equilibrio, mejoren su bienestar y enfrenten con más serenidad los retos de la vida universitaria.

«No se trata de resolverles la vida, sino de acompañarlos», dice. Y es que con estas iniciativas se ha creado un espacio de confianza, donde los estudiantes tienen la libertad de «expresar sus dudas, miedos, dificultades, sueños y demás». A través de actividades para cuidar el cuerpo y la mente, como talleres de yoga, manejo de estrés, ejercicios de respiración, cursos de administración del tiempo y espacios de desarrollo profesional, han acompañado a las y los jóvenes en sus inquietudes.

La fe y el arte como puente

En cuanto al papel que desempeña el diálogo entre religiones dentro del CCU, el entrevistado reconoce que su misión no puede apoyarse en expresiones explícitamente cristianas, pero que eso no significa que la «dimensión espiritual» desaparezca.

En Argelia, donde el islam es la religión oficial del Estado y donde el proselitismo se prohíbe, Víctor ha encontrado otras formas de generar un diálogo espiritual, orientándose «desde el respeto absoluto al marco cultural y religioso del país». Aprender a «hablar de Dios sin nombrarlo» se ha vuelto fundamental, pues «más allá de las tradiciones que cada persona practica, compartimos búsquedas humanas profundas como el anhelo de paz, la necesidad de reconciliación, el deseo de solidaridad, la aspiración a una vida fraterna y el deseo de formarse seriamente», dice. En ese sentido, al presentarse una ocasión en la que toca abordar «algún tema trascendental», Víctor busca «escuchar más que hablar, sin imponer categorías cristianas; siempre desde el respeto».

El arte resulta indispensable para fortalecer el diálogo y la convivencia. Como parte de este proceso, la participación de Víctor dentro del CCU consiste en impulsar exposiciones, visitas a museos y proyecciones de películas, donde procuran que el arte se convierta en una plataforma, un puente común que facilite encuentros significativos y «un diálogo de reconciliación entre personas de perfiles diversos».

Desde la llegada de Víctor, hace cuatro años, el equipo ya había comenzado a explorar el mundo artístico de Argel, pero hacía falta mayor estructura, por lo que asumió la tarea de organizar el área cultural y acompañar de manera cercana a artistas, principalmente debutantes y autodidactas, que necesitaban un espacio para compartir su obra.

Mucho de su trabajo también se centra en el acompañamiento a los artistas en todo el proceso previo a sus exposiciones. Ese trabajo incluye la selección de obras, el diseño de la muestra y la preparación del conversatorio que se realiza el día de la inauguración.

El entrevistado destaca que lo que más lo ha marcado es «ver cómo en cada inauguración se genera un clima de escucha profunda» que permite encuentros reflexivos que «abren conversaciones honestas sobre sueños, heridas, deseos y preguntas vitales».

En estos espacios «la diversidad no se vive como amenaza, sino como posibilidad», dice. Logra ser un movimiento desde el espíritu que, aunque pequeño, impulsa un «diálogo de reconciliación» que da lugar a conversaciones que, más allá del contenido artístico, abren la puerta a reconciliaciones humanas, sociales, culturales y espirituales.

«Nuestra misión en el CCU es un ejercicio constante de reconciliación, de girarnos para hacernos coincidir, ajustarnos», comparte. Así, a pesar de tener religiones, lenguas o mundos sociales distintos, el arte funge como «uno de los caminos más fecundos para hacerlo posible».

Foto: © depositedhar, Depositphotos

Encontrar a Dios en todas las cosas

Víctor explica que desde el inicio identificaron que los conversatorios son «el corazón de las exposiciones», por lo que han procurado replicar ese modelo de diálogo en todas las actividades culturales y artísticas del Centro, convencidos de que el encuentro auténtico comienza cuando alguien se atreve a contar su historia y otro decide escucharla.

Desde una mirada ignaciana, su labor en Argelia se inspira en un pasaje del evangelio de Marcos en el que Jesús se embarca para ir a la otra orilla y curar, servir y acompañar a comunidades que no comparten su tradición religiosa: «Su misión desbordó las fronteras culturales y espirituales de su propio pueblo». Esa escena ilumina la propia experiencia de Víctor, que se suma «a este proyecto desde la cercanía, la escucha, el respeto y la búsqueda de esas fisuras culturales, existenciales y espirituales», puntos de entrecruce que «posibilitan hacernos coincidir, es decir, reconciliarnos».

Entre religiones y mundos distintos, Víctor reconoce algo que subyace a la misión: «encontrar a Dios en todas las cosas». Y bajo esa mirada identifica que lo sagrado de cada momento construye una labor de acompañamiento «donde la espiritualidad emerge de manera muy original».

Para el entrevistado lo sagrado no se limita a los espacios explícitamente religiosos. Inspirado en la espiritualidad ignaciana y en la frase de Teilhard de Chardin —«Nada es profano para quien sabe ver»—, Víctor comprende que cada encuentro, cada estudiante y cada actividad del CCU puede convertirse en un lugar donde Dios se revela silenciosamente: «En todo lo que existe Dios nos comunica sus sueños, preocupaciones y llamados».

Así, en una ciudad donde las diferencias religiosas podrían marcar distancia, el CCUse ha convertido en un punto de encuentro. Y en medio de ese cruce de caminos Víctor Ramos Talavera continúa apostando por una misión profunda: reconciliar desde el arte y la escucha aquello que parecía separado. Una reconciliación que no ocurre en grandes discursos, sino en pequeños gestos cotidianos: escuchar con atención, acompañar sin imponer, dialogar en otros idiomas y sin miedo, creando espacios donde la diversidad pueda convertirse en posibilidad y no en amenaza.

«Más allá de las tradiciones que cada persona practica, compartimos búsquedas humanas profundas como el anhelo de paz, la necesidad de reconciliación, el deseo de solidaridad, la aspiración a una vida fraterna y el deseo de formarse».

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