
Filo la abrió con una ceja levantada. Eran bocetos, dibujos raros, mezclas de caligrafía árabe con siluetas de dromedarios y palmeras.

Esa mañana Filo llegó muy temprano a la biblioteca. Los estudiantes aún no llegaban. El sol pegaba suave contra los ventanales y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa.

Mientras salía se puso su gorra pensando: «Así nadie se va a dar cuenta de que no me peiné, y tampoco me bañé… ¡Ámonos!»

Éste es el tercero de una serie de ocho cuentos que se irán publicando cada dos meses, cuyo hilo conductor es Filo, un personaje originario de un barrio bravo de Tijuana: cholo, converso y buscador, quien eventualmente llegará a vivir a un país musulmán.

Cuando era niño, Filo vivió un tiempo en Los Ángeles, en casa de sus tíos Óscar y Margarita, quienes se dedicaban a vender elotes en la placita Olvera, en el mero corazón de la ciudad.

Aquel día el sol se asomaba, derritiendo los techos de lámina del barrio en la Tijuana profunda. Filo, vestido al estilo cholo, con su camiseta de vato loco, sus pantalones Dickies y los ojos pasmados por el humo, estaba sentado sobre la banqueta, recargado contra la pared de la casa de su tía Chayo.