Una espiritualidad de donación desde la ontología trinitaria

La ontología trinitaria plantea una nueva estructura donde pensar, decir y vivir se entienden desde una relación de semejanza: cuando decimos algo por medio de la palabra estamos diciendo algo de nosotros mismos y lo hacemos sabiendo que existe un otro semejante a nosotros que recibirá nuestra palabra. Resumidamente, la clave de esta propuesta es la entrega o el darse: Dios creó el universo por medio de su Palabra (Jn 1,3) que luego, ese mismo Verbo (el logos de Dios) se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14) en la Persona de Jesús quien en la cruz entregó su Espíritu (Jn 19,30) de nuevo al Padre, para que en Pentecostés lo recibamos nosotros de parte del Padre y del Hijo glorificado.

El Misterio trinitario se caracteriza por este acto de entrega total, del darse a sí mismo en el sí mismo del otro, que es, en el fondo, el amor, ya que Dios es amor (1Jn 4,8). Así, de acuerdo con Xabier Pikaza, entendemos que «Dios es amor, y el proceso de realización del amor en forma personal es su misterio trinitario tal como se revela en la vida de Jesús», que fue inhabitado por el Espíritu Santo. En la ontología trinitaria, dice Kalus Hemmerle, «se revela únicamente a aquel que se da a sí mismo a este darse divino, a aquel que al movimiento que responde al darse divino no sólo aporta su pensamiento, sino su existencia; y lo aporta no sólo privadamente, sino en todas sus relaciones».

La ontología trinitaria no sólo posibilita una «integración filosófica, sino que además debe también integrar teológicamente —sin coacción y sin contingencia— la totalidad de la revelación, y hacerla transparente en orden a su centro trinitario», agrega el autor. Mediante la clave de la donación «cada Persona trinitaria es pura relación subsistente en total salida amorosa de sí, en radical donación aun de su Divinidad, sin reservas ni cautelas. Así es como el Padre engendra al Hijo entregándole todo su ser Dios, y el Hijo lo recibe y expresa, relacionándose al Padre en total acogida y obediencia de amor. Por su parte, el Espíritu es el vínculo de amor entre ambos, que garantiza al mismo tiempo su unidad y la unidad del Padre y del Hijo con ese mismo Espíritu», apunta Juan Carlos Scannone.

Pensemos la donación al interior de la Trinidad que desde Pentecostés nos entrega su Espíritu. Inspirado en la teología mística de san Juan de la Cruz, Xabier Pikaza afirma que «el hombre que ama se encuentra introducido en Dios y así recibe y comparte (comunica) el mismo ser divino, entendido como “aire” o “espíritu santo”, no sólo a otros hombres (en amor horizontal), sino que incluso a Dios mismo, a quien de este modo el hombre conforta y ratifica en su mismo ser divino, haciendo así que Dios sea Dios».

En tal sentido, el hombre habitado por el Espíritu Santo ya no puede vivir para sí mismo, sino que vive para Dios donándose a los demás. Éste es el rasgo principal del envío misionero de Pentecostés y que confirma la presencia del Espíritu en la persona: «el darse es partida, es ser camino que sale de sí mismo. Pero en ello el darse tiene precisamente su identidad, en ello permanece. Su donarse es su conservarse», resalta Klaus Hemmerle. Jesús nos dice hoy también, «como el Padre me amó así yo los he amado: permanezcan en mi amor» (Jn 15,9), donde vemos que «Él se entrega a sí mismo a su otro: en la encarnación y en su consecuencia hasta el sábado santo hasta llegar a la pascua y pentecostés».

De nuevo, siguiendo a san Juan de la Cruz, el misterio trinitario se complementa en la entrega del Espíritu Santo en tres movimientos: la in–spiración divina (Dios que ofrece su aliento de vida, su néfesh); la aspiración humana (la acogida del Espíritu por parte del hombre) y la conspiración mutua (que es el diálogo entre la inspiración y la aspiración) que cierran el círculo vital que posibilita la respiración común que une a Dios y el hombre, al creador y la creatura, en una donación mutua de amor. Con ello, dice Pikaza, «sólo el amor, que es belleza eterna, hermosura de visión, respiración común, permanece siempre como principio creador».

En una espiritualidad desde una ontología trinitaria «el ver mismo acontece únicamente en la simultaneidad de un proyecto dador y de un entender receptor», apunta  Hemmerle, recordando que solamente recibimos cuando nos damos y cuando nos damos es cuando más recibimos. Quien posibilita ver, y quien es a su vez la luz, es el Espíritu que se da a sí mismo. De esta manera,  «el Espíritu aparece como dado porque “procede” eternamente en Dios como donable. Al dar el Espíritu, Dios revela que es donante por propiedad de su ser. Tampoco eso podía ser conocido más que por revelación», concluye Joseph Moingt. A lo que agrega Hemmerle sobre que el fundamento es el amor «que es Dios mismo, que en Jesús se nos da a sí mismo y que nos da el Espíritu para que también nosotros nos demos a nosotros mismos».

Por tanto, el amor de Dios se manifiesta el amor al prójimo al cual estamos siendo enviados a encontrarlo y verlo dentro de nuestra realidad más próxima y a él donarnos, siguiendo a Santiago Arzubialde: «El Dios único debe ser amado de modo exclusivo y total. Porque esto lo exige tanto la naturaleza del ser de Dios como la peculiaridad de alianza que Él ha establecido con el hombre». En una perspectiva metafísica, respecto a Dios el hombre, dice  Xabier Pikaza, «es una relación de amor, un viviente que sólo existe y se mantiene en la medida en que se entrega y relaciona».

La propuesta de Hemmerle de una espiritualidad en perspectiva de una ontología trinitaria es profundamente contemplativa: «atiende en todo a los vestigios de ese amor, lo halla en todo, especialmente en lo más oscuro y en lo extraño: en la cruz». Quien viva para Dios no separará más la realidad entre lo sagrado y lo mundano, y será llevado por el Espíritu a atravesar ambas dimensiones de lo humano, teniendo como vehículo el amor recibido para transformarlo en amor dado. Por eso esta espiritualidad también es activa y secular: pues es un servicio que debe hacernos llegar hasta la frontera de lo humano como «comunión con el amor que Dios tiene al mundo».

No es sólo ver la carne de Cristo crucificado sino tocarla para intentar aliviar su dolor. También esta espiritualidad es exigentemente comunitaria: la relación personal con Dios implica darse a sí mismo en «su dirección horizontal: entre nosotros, en nuestra comunidad, ha de vivirse la vida de Dios de hacerse mundo». Esto conlleva una verdadera donación no solamente dentro de la comunidad creyente sino, y sobre todo, en la comunidad humana. Así, comunidad cristiana y sociedad, «en su relación mutua se convierten en el espacio en el cual se atestigua la vida divina», dice el autor.

Necesitamos una renovación espiritual que nos ayude a estar en una mayor comunión con tantas personas que sufren en el mundo, pero para ello deberemos evitar la división que nos limita, eliminando la polaridad del estilo ellos/nosotros, santos/pecadores, religiosos/ateos, etc.

Juan Carlos Scannone añade: «Dicha comunión del nosotros la ilustra y fundamenta el misterio de Pentecostés, en el que la venida eficaz del Espíritu se trasparenta en una única fe expresada en la multiplicidad distinta de personas, lenguas (y culturas)».

En ese sentido dirá Bruno Forte: «La ontología trinitaria se propone una conversión de pensamiento junto con la conversión del corazón para que podamos vivir una espiritualidad que se asemeje al proceder trinitario de Dios. Y esta conversión implica un dejar ser al Espíritu en un nosotros comunitario para un compromiso de amor con el mundo». Dice Forte también que «La Iglesia es icono de la santa Trinidad, es decir, está estructurada en su comunión a imagen y semejanza de la comunión trinitaria». Si esto es así debe transparentarse en nuestras comunidades de la misma manera que Tertuliano expresaba en el siglo II aquella famosa expresión: «Miren cómo se aman. Miren cómo están dispuestos a morir unos por otros».

Para saber más:

Arzubialde, Santiago. Humanidad de Cristo, lógica de amol amor y Trinidad, Santander, Sal Terrae, 2014.

Forte, Bruno. La Iglesia, ícono de la Trinidad. Salamanca: Sígueme, 1997.

Hemmerle, Klaus. Tras las huellas de Dios. Ontología trinitaria y unidad relacional. Salamanca: Sígueme, 2005.

Moingt, Joseph. El hombre que venía de Dios (II). Bilbao: Desclée de Brouwer, 1995.

Pikaza, Xabier. Trinidad. Itinerario de Dios al hombre. Salamanca: Sígueme, 2015.

Scannone, Juan Carlos. La ontología de la unidad replanteada desde la fe trinitaria. Nuevo Pensamiento, Vol. 10, Núm. 16, Año 10, julio–diciembre, 2020, pp. 13–28.

Tertuliano. Apología contra los gentiles. En: Obras escogidas. Barcelona: Clie, 2018.

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