Tenía que suceder el asesinato del general Obregón en julio de 1928 y el surgimiento del Maximato (1928–1934) para que don Manuel Gómez Morín, el técnico detrás del proyecto económico callista, pasara por la Rectoría de la Universidad Nacional y se enfrentara con los partidarios de la educación «socialista», y luego se metiera en la lucha cívico–política que diera como resultado la construcción del Partido Acción Nacional.
Para afianzar su poder frente a los presidentes Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio, Calles, el «Jefe Máximo», utilizó el conflicto religioso —que formalmente había terminado con los Arreglos de 1929— llevándolo a la esfera educativa o a través de los gobernadores de Veracruz y Tabasco, Adalberto Tejeda Olivares y Tomás Garrido Canabal, quienes aprovecharon las crisis en la institución presidencial para llevar a situaciones extremas su animadversión contra la Iglesia católica. Las agresiones contra sacerdotes y monjas se mezclaron con medidas absurdas como el prohibir los nombres del santoral para bautizar a las hijas e hijos de familia. Y surgieron nombres como «massiosare», sostenidos por las famosas «camisas rojas» de Garrido y las brigadas agraristas de Adalberto Tejeda. Este último, secretario de Gobernación de Calles durante la Guerra Cristera.
De hecho —como afirma Lorenzo Meyer en el volumen 12 de la Historia de la Revolución Mexicana, publicado por el Colegio de México—, para 1932–1933 «el culto a Calles estaba llegando a alturas nunca alcanzadas antes en México». Y ahí apareció el proyecto del Jefe Máximo para reformar el contenido de la educación primaria a cargo del secretario de Educación del presidente sustituto, Abelardo L. Rodríguez, Narciso Bassols.
La propuesta de incluir educación sexual en los últimos grados de la educación primaria y, sobre todo, la incorporación de la educación socialista —cualquier cosa que eso significara— se transformó en «un problema mayúsculo», según el texto de Lorenzo Meyer, quien no duda en tomar partido por la propuesta del gobierno.

El objetivo de Calles fue expuesto claramente por él en julio de 1934 con su famoso Grito de Guadalajara, cuando se cuenta que disparó contra el reloj del Palacio de Gobierno «para detener el tiempo».
Su pronunciamiento no tiene desperdicio: «La revolución no ha terminado… Es necesario que entremos en un nuevo periodo que yo llamaría el periodo revolucionario psicológico: debemos entrar y apoderarnos de las conciencias de la niñez, de las conciencias de la juventud, porque son y deben pertenecer a la revolución».
La respuesta de los católicos ya no fue la resistencia armada, aunque algunos grupos se alzaron en lo que se llamó la «Segunda Cristiada». Se privilegió la lucha cívica con la gestación de tres organizaciones religioso–políticas: Acción Católica Mexicana, Legión y Base (ACJM). La ACJM se encargó del trabajo de los laicos en los municipios. Pero cuando la represión se agudizó en 1931 y 1932 se hizo necesario el surgimiento de una organización clandestina, la Legión, que ejerció presión política para defender la libertad religiosa.
La reforma educativa callista, a cargo de Bassols, en 1933 y 1934, orilló a las y los católicos a conformar un organismo que pudiera canalizar más eficazmente el descontento, que operara en la clandestinidad y sustentara los postulados sociales de la Encíclica Quadragessimo Anno. Se denominó Base.
Según un estudio de Rodolfo González Valderrama, realizado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, esta organización llegó a contar con un millón de miembros y tuvo influencia en algunos sindicatos zapateros de León, Guanajuato, trabajadores queretanos y en algunas cooperativas de Jalisco, Colima, Nayarit y Michoacán.
Dentro de Base encontramos a don Manuel Gómez Morín, Miguel Estrada Iturbide, Luis Calderón Vega y otros, quienes fundaron Acción Nacional en septiembre de 1939. La otra facción que se desprendió de ella creó la Unión Nacional Sinarquista.






