Dos cosas son seguras: la palabra «Dios» existe, y no está de moda. ¿Quién no ha renegado de dicha palabra hasta casi eliminarla de su vocabulario o incluso desplazarla por otras más amigables como Amor, Universo, Misterio, Vida o Energía? ¿Sigue teniendo contenido la palabra Dios? ¿Se ha convertido en un mero fantasma lingüístico?
El filósofo judío Martín Buber también se las tuvo que ver con esta palabra tan problemática. En el prólogo a su libro Eclipse de Dios, comenta que en una ocasión se hospedó en casa de un distinguido profesor universitario, el cual le cuestionó su uso de la palabra Dios un poco en el mismo sentido de las interrogantes del párrafo anterior. Buber respondió de la siguiente manera:
Sí —dije—, es la más abrumada de cargas de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan envilecida, tan mutilada. Precisamente por esta razón no puedo abandonarla. Generaciones de hombres han depositado la carga de sus vidas angustiadas sobre esta palabra y la han abatido hasta dar con ella por tierra; yace ahora en el polvo y soporta todas esas cargas. Las razas humanas la han despedazado con sus facciones religiosas; han matado por ella y han muerto por ella y ostenta las huellas de sus dedos y su sangre. ¡Dónde podría encontrar una palabra como ésta para describir lo más elevado! Si escogiera el concepto más puro, más resplandeciente, del santuario más resguardado de los filósofos, sólo podría capturar con él un producto del pensamiento, que no establece ligazón alguna. No podría capturar la presencia de Aquel a quien las generaciones de hombres han honrado y degradado con su pavoroso vivir y morir. Me refiero a Aquel a quien se refieren las generaciones de hombres atormentados por el infierno y golpeando a las puertas del cielo. Es cierto, ellos dibujan caricaturas y les ponen por título ´Dios´; se asesinan uno a otros y dicen ´en el nombre de Dios´. Pero cuando toda la locura y el engaño vuelven al polvo, cuando los hombres se encuentran frente a Él en la más solitaria oscuridad y ya no dicen ‘Él, El’, sino que suspiran ‘Tú’, gritan ‘Tú’, todos ellos la misma palabra, y cuando agregan ‘Dios’, ¿no es acaso al verdadero Dios al que imploran, al Único Dios Viviente, al Dios de los hijos del hombre? ¿No es Él acaso quien les oye? Y sólo por este motivo, ¿no es la palabra ‘Dios´ la palabra de la súplica, la palabra convertida en nombre consagrado en todos los idiomas humanos para todos los tiempos? Debemos estimar a quienes la prohíben porque se rebelan contra la injusticia y el mal tan prontamente remitidos a ´Dios’ en procura de autorización. Pero no podemos renunciar a ella. ¡Qué comprensible resulta que algunos sugieran permanecer en silencio durante algún tiempo respecto de las ‘cosas últimas’ para que las palabras mal empleadas puedan ser redimidas! Mas no han de ser redimidas así. No podemos limpiar la palabra ‘Dios’ y no podemos devolverle su integridad; sin embargo, profanada y mutilada como está, podemos levantarla del polvo y erigirla por sobre una hora de gran zozobra.
Dios para pensar a Dios. Esa es la propuesta de Adolphe Gesche. Si la antigüedad llegaba a Dios cuestionando el cosmos y la modernidad a través del ser humano, la propuesta de Gesche parece tener un talante más bien místico: llegar a Dios a través de Dios, lo cual significa, a mi modo de ver, llegar a través de la experiencia del Dios vivo.
Para poder realmente pensar a Dios y no irnos por las ramas dándole vueltas a conceptos plasmados en libros más no en el corazón humano, es preciso dejar que Dios se manifieste por sí mismo y desde su propio lado. Siempre está el riesgo de que Dios sea una proyección de nuestros deseos, y a estos dioses que nos inventamos según nuestros caprichos y necesidades tenemos todo el derecho de rechazar e ignorar. Pero el Dios bíblico, el Dios al que se le puede reclamar (como vimos en el artículo sobre el mal), es un Dios que no puede ser proyección nuestra.
Pensar a Dios no es pues, para Gesche, ni un esfuerzo por demostrar racionalmente su existencia ni un ejercicio de especulación metafísica. No se trata de probar a Dios, sino de a-probarle, reconocerle «a partir de lo que él se deja ver y pensar». Veremos cómo la teología, lejos de ocuparse de malabares conceptuales o apologéticos, cumple una función crítica, liberadora y purificadora que busca desmantelar los enredos idolátricos en los que el ser humano se atrapa a sí mismo desvirtuándose en su ser más profundo: «para nosotros, la idolatría no constituiría un ´simple´ error teológico, sino más bien un error antropológico. Un Dios falso sería un Dios que falsea al hombre».
Pero toda cuestión de Dios está datada y situada. Depende de su época y del contexto cultural. En la Edad Media no se cuestionaba la existencia de Dios, se daba por sentada: «el problema del hombre hoy quizá ya no es, como en tiempos de Pascal, el de la miseria del hombre sin Dios, sino justamente el de la miseria del hombre con Dios. O sea, que el escándalo no es que Dios pueda no existir, sino, al contrario, que Dios pueda existir y el mundo ser lo que es», dirá Gesche. Revisamos ya esta objeción contra Deus en nuestro artículo sobre el mal. Vimos ahí también que el problema radica en quién creemos que es Dios, y que mucho bien nos haría despedirnos del dios teísta. Demos gracias a los críticos del dios teísta, entre ellos muchos teólogos, por obligarnos a volver al verdadero Dios.
Dejar a Dios ser Dios
Antes de preguntarse por la existencia o inexistencia de Dios, es pertinentes preguntarse por su identidad. A saber, ¿quién es ese Dios sobre el cual estamos indagando su existencia? Muchos de los debates entre ateos y creyentes se resolverían si se captara que el creyente no cree en ese dios que el ateo niega.
«Uno no quiere ni puede ya creer en cualquier Dios», afirma Gesche. Una cosa es afirmar a Dios, por ejemplo, desde un enfoque filosófico que admite la racionalidad de su existencia, y otra muy distinta es confesarle, experimentarle, ordenar la vida en función a esta relación primordial. Cuando criticamos al «dios del teísmo» nos referimos a ese dios racionalizado al que no se le puede rezar, pues es un simple postulado lógico. Este dios es tan falso como el dios vigilante del que se queja el ateísmo, e incluso es más irrelevante. Es famosa la sentencia de Pascal, quien después de una profunda experiencia mística distingue entre el dios de los filósofos (el del teísmo) del Dios de Abram, de Isaac y de Jacob. No es una crítica exclusivamente a las exposiciones de un Aristóteles, Descartes o Kant acerca de Dios, y también habría que aclarar que, como se vio con Buber, la filosofía también puede abrazar al Dios vivo y pensarlo no como mero concepto. La expresión «dios de los filósofos» es una manera de referirse a aquel uso meramente conceptual de Dios, sin experiencia de por medio, sin la lucha vital que implica la fe, la cual está representada en los personajes bíblicos antes mencionados.
Antes incluso de ser pensado y expresado, dice Gesche, Dios ha de ser «practicado y puesto por obra», ahí es donde se le encuentra. Para expresar esto más radicalmente, Gesche propone el término de teopraxis, la cual ubica anterior a la misma teología. A Dios se le ha de practicar. Yo agregaría aquí el concepto de la teopathía, pues a Dios también se le padece, se le sufre en el sentido de que afecta, conmueve, modifica, sacude nuestra vida. No es el mundo de las abstracciones el mejor lugar para buscar a Dios. Ha de buscársele entre los vivientes, pues así se ha manifestado a sí mismo.
La realidad de Dios se nos pro-pone. No es algo que nosotros ponemos. Esto atestigua la experiencia del amor, especialmente el amor al prójimo donde «hay ´algo´ que nos adviene, que nos sale al encuentro, que no inventamos, sino que se manifiesta, se revela, se epifaniza». La teología ha de estar atenta a cuestionar «toda representación de Dios que le mide según nuestras necesidades, que reduce a Dios a aquello que nosotros esperamos de él. Un Dios, por consiguiente, que ya no es el que es, sino el que queremos que sea, el que nos hacemos: un Dios útil».

Muchas de las crisis de fe tienen que ver con el hecho de que Dios no estaba a la altura de las necesidades de la persona, de sus ideas o exigencias. En ocasiones el plan de vida no salió como se esperaba, o una muerte repentina se cruzó por el camino de forma injusta e incomprensible. En este tipo de casos está claro que el dios en que se «creía» era el dios tapagujeros, mago controlador del universo, el mercader de milagros que actúa según lo que le ofrecemos. Por eso decíamos que antes de preguntarse por la existencia de Dios hay que preguntarse por su identidad. En los casos como los aquí descritos, y otros tantos, se reniega de una falsa idea de Dios que, en primer momento, falsea a la propia persona y le arrincona a la orfandad de la increencia cuando su concepto de Dios resultó ineficaz para sus propósitos. El dios útil termina siendo inútil, porque no es real y por lo tanto no puede operar en nuestra vida.
Entonces hay que preguntarnos seriamente «¿quién, entre los mil dioses posibles o imaginables, merece ser Dios? ¿Quién (qué dios) es el verdadero Dios?» No le marquemos la cancha a Dios. Dejémosle ser quien es, tal cómo ha querido manifestarse, y veamos qué sucede en nuestras vidas cuando nos abrimos a su misterio. Nos sorprenderemos de cómo «la locura de Dios actúa al contrario de la sabiduría humana».
Quien me ve a mí ve al Padre
Dejar a Dios ser Dios, esto tendría que valer igualmente para todas las tradiciones religiosas y espirituales. Si un aporte ha dejado la tradición que pasa por el judaísmo, el cristianismo y el islam es la lucha contra la idolatría, no en el sentido de destrucción de lo que no encaja con sus dogmas (esta es una desviación), sino en tanto advertencia de no suplantar el lugar de Dios con otras cosas que nos esclavizan. En el caso del cristianismo, Jesucristo es el prisma a través del cuál purificamos nuestra mirada.
Quien vive la experiencia cristiana encuentra en el hecho concreto que es Jesús, y no en ningún concepto regulador, las claves para aprender quién es Dios: «Lo que es Dios el hombre debe aprenderlo de Jesucristo». Es la encarnación el punto de partida para descubrir al Dios manifestado en la persona de Jesús de Nazaret. Gesché apela aquí a Lutero: «Él ha querido ser conocido por sus sufrimientos… en la humildad y la ignominia de la cruz… Por consiguiente, en Cristo crucificado está la verdadera teología y el conocimiento de Dios».
Entonces, si queremos respondernos a la pregunta de quién es Dios, el camino es voltear la mirada a Jesús. No para caer en estudios eruditos sobre su vida, sino para entablar una relación vital con su persona. Es en esta relación que captamos quién es Dios.
Una auténtica concepción de Dios
¡Qué importante es abrirse a la experiencia del Dios vivo! Del Dios que se manifiesta a sí mismo y que no es producto de mis propios desórdenes y miedos. Como decía más arriba, hoy las personas se alejan de Dios no por dudar de su existencia, sino por su insana noción de la divinidad.
Pero para una auténtica concepción de Dios no basta una opinión vaga y general. Se requiere de una profundización real, una determinada determinación (diría Teresa de Jesús) para adentrarse en el misterio divino. En otras palabras, para realmente conocer a Dios hay que iniciar un itinerario de transformación, lo cual implica compromiso y entrega. Esto es difícil en un mundo de prisas y superficialidad como el nuestro. Por otro lado, es justamente porque vivimos en este mundo de falta de sentido que se vuelve imperativo determinarse a dejarse encontrar por quien es la Fuente del sentido.
Volvemos a la importancia de la noción de relación. El Dios de Jesús no es un objeto que se encuentra, sino un sujeto con quien se entra en relación en un intercambio de amor. Con Dios se dialoga, a veces desde el silencio y la ausencia, pero se dialoga. La buena noticia es que el principal interés de que esta relación ocurra viene de parte de Dios. Es Dios quien tiene la iniciativa, quien sale a nuestro encuentro. En la tradición bíblica es Dios quien tiene un proyecto, una intención, un deseo, pero está sujeto a la libertad humana. Decíamos ya en otro momento que este es «el drama de Dios», el querer encontrarnos y entrar en una profunda relación, pero sin nuestro consentimiento no se da este intercambio que nos plenifica.
El Dios cristiano no está sometido ni a la fatalidad ni a la necesidad. Este es el gran aporte, dice Gesche, de la experiencia bíblica. Nada es definitivo, no estamos condenados a un destino. Dios nos quiso libres y en la libertad estamos llamados y llamadas. Podemos decir que no, y entonces Dios, «como a los padres de verdad, le afecta el mal que el hijo se hace a sí mismo». El amor de Dios es incondicional, pero esto no significa que no esté esperando algo. Es como aquella madre que siempre recibirá en casa a su hijo alcohólico. Su amor no depende de si toma o no, pero sueña con aquel día en que su hijo deje de tomar. Del mismo modo, Dios se entrega incansablemente y su amor no depende de lo que nosotros hagamos o dejemos de hacer. No cesará su amor debido a nuestros actos. Y, sin embargo, espera siempre nuestro sí, sueña con nuestro sí. Ese es el deseo esencial de toda la creación: que todo sea en la plenitud en la que fue prefigurada.
Es en este punto donde Gesche descubre un elemento característico de la experiencia bíblica. Lo expresa de la siguiente manera:
Ciertamente, algunas religiones han podido también ser denominadas religiones de salvación. Sin embargo, únicamente lo son porque en ellas el ser humano es, efectivamente, llamado a emprender un camino de purificación y ascensión. Pero en ninguna parte como en el judeo-cristianismo la divinidad toma la iniciativa y la dirección del acto salvífico.
El Dios que se revela en la vida de Jesús de Nazaret es un Dios que se hace el encontradizo, sale a nuestro encuentro. Por eso, a diferencia del mundo griego en el que el héroe tiene que conquistar lo divino porque dicho ámbito se encuentra alejado de lo humano, el Dios de Jesús convoca e invita al banquete de la vida plena como un don gratuito que nadie merece, pero que se regala a todos y todas. Así se muestra en los grandes acontecimientos de la historia de salvación: la creación, la revelación, la encarnación, la redención, la parusía. Todos, dice Gesche, «manifiestan una relación entre Dios y el ser humano en la que es Dios quien toma la iniciativa del encuentro».
En resumen, «Dios es amor». El Dios de la Biblia no es ni el vigilante celoso ni el mago tapagujeros de nuestros caprichos. Es un Dios que vela por su creación, por el sueño que tiene para ella, lo cuál nos incluye. No significa, hay que volver a clarificarlo, que Dios tenga un plan y que estamos obligados a seguirlo. Su deseo es que «seamos», y seamos en la plenitud de lo que somos. De ahí que la teología negativa es sana en tanto que purifica de nuestras falsas nociones de la divinidad, pero no podemos quedarnos ahí. Es necesaria la afirmación, el sí a la vida, la concreción en nuestras vidas del don recibido: la teopraxis.
La búsqueda de Dios
Plantear la cuestión de Dios, dice Gesche, es preguntarse por el sentido último de la existencia, de la propia y del mundo en general. La teología no puede ser meramente un malabar conceptual o una ciencia revisionista de documentos antiguos. Es una indagación viva sobre el sentido, sobre lo que más me importa y me compete: el ejercicio de mi propia libertad y el cumplimiento de la felicidad de todos los seres. Dios no suele ser «adecuado» ni para nuestros desórdenes egóicos que únicamente se buscan a sí mismos, ni para las elucubraciones filosóficas racionalistas. Dios es un Dios de vivos y sólo se le encuentra en la búsqueda viva, cuando sacamos el corazón del pecho y nos hacemos realmente cargo de nuestra existencia, responsables en medio del drama del mundo; cuando respondemos sin guardarnos nada a la invitación a la felicidad que viene ya con el mero hecho de haber nacido.
La fe, ese dinamismo de entrega a Aquel en quien confiamos pues le hemos experimentado, es una alusión, a veces discreta, al eco que llevamos en lo más hondo de nosotros mismos. «No tengamos miedo de lo que hay en nosotros, no temamos percibir en el fondo un soplo tenue, pero casi palpable», un eco que nos lanza hacia adelante en la búsqueda de lo que realmente somos, que paradójicamente solo se nos manifiesta, re-vela, nunca lo construimos solos. La fe nos remite pues a una alteridad.
¿Quién es entonces Dios, el Dios verdadero? Aquel que, cuando me relaciono con su misterio, me conduce a experimentar mi propia verdad. Tal y como le sucedió a Edith Stein, otra filósofa judía del siglo XX -pero ella convertida al cristianismo-, quien decepcionada había abandonado la búsqueda de Dios en las definiciones filosóficas, hasta que leyó el Libro de la Vida de Teresa de Jesús y en la búsqueda de la carmelita encontró, dice la filósofa, la verdad.
Para saber más
- Martin Buber, Eclipse de Dios. Estudios sobre las relaciones entre Religión y Filosofía. Buenos Aires: Nueva Visión, 1984.
- Adolphe Gesche, Dios para pensar II. Dios. Salamanca: Sígueme, 1997.






