Sobre Dios, del pesimismo a lo trascendente

Hace tiempo que los libros del pensador coreano Byung–Chul Han dejaron atrás el pesimismo con el que describió, de forma minuciosa, la vida moderna en una decena de ensayos breves, pero contundentes, que pusieron nombre a los malestares del humano contemporáneo. Poco a poco, y fiel a su estilo de entregas concisas (cercanas a las cien páginas), Byung–Chul Han ha comenzado a explorar aquello que sostiene lo trascendente en tiempos marcados por la desesperanza. Obras como Loa a la tierra (2021), Vida contemplativa (2023) y El espíritu de la esperanza (2024) dan cuenta de este giro. Pero, Sobre Dios. Pensar con Simone Weil (Paidós, 2025) es quizá el texto más comprometido con esta búsqueda.

En él, Han toma como punto de partida las reflexiones de la filósofa francesa Simone Weil, utilizándolas como un contrapunto crítico que desmantela la lógica del yo del rendimiento, del consumo y de la dispersión, tan celebrada en la actualidad, para poner en el centro aquello que aún sostiene nuestra esperanza.

Simone Adolphine Weil nació en una familia judía, agnóstica y acomodada del París de principios del siglo XX. Estudió filosofía en la École Normale Supérieure. En 1934 tomó una decisión que marcaría su vida: pidió licencia como profesora para trabajar en las fábricas como obrera. Esperaba encontrar las claves de la opresión que fueran los detonantes de la indignación y la revolución de la clase obrera, pero encontró algo más desconcertante: la opresión de las personas producía docilidad en ellas. Fue allí cuando Weil inició un camino de transformación personal, en el que su reflexión filosófica se entrecruzó con algo fuera de lo esperado: la experiencia cristiana.

La obra de Weil es muy profunda y escala los límites de esta entrada, pero después de la lectura de Sobre Dios entiendo que quizá ese espíritu de docilidad es el que hoy tiende un puente entre el pensamiento de Weil y el de Han: nuestro tiempo parece producir sujetos dóciles frente a la productividad excesiva y la hiperactividad de la vida, que se traducen en discursos que se exponen y reproducen en cadena masiva en redes sociales y que generan en nosotros ruidos internos que compiten con los externos y que nos impiden mirar lo trascendente.

Partiendo de una tesis clave, para Han la crisis de la religión es una crisis de la atención. «No es Dios quien ha muerto», como advertía Nietzsche, «sino el ser humano al que Dios se revelaba», dice. Para quienes estamos familiarizados con el pensamiento ignaciano, la propuesta del ensayo quizá no resulta del todo novedosa, pues la contemplación, el vacío y el silencio aparecen, una vez más, como caminos privilegiados para el encuentro con lo divino. 

De Weil, Han retoma siete conceptos clave para pensar a Dios y su posibilidad de encuentro: la atención, la descreación, el vacío, el silencio, la belleza, el dolor y la inactividad. La atención es uno de los aportes fundamentales en el pensamiento de la filósofa francesa: «En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración». A esto, Han añade: «La crisis actual de la atención está ligada al hecho de que queremos consumirlo todo, en lugar de mirarlo». La percepción voraz, dice, se vuelve entonces adictiva, y la adicción no requiere atención. Sólo una transformación profunda, que surge del vaciamiento del alma del que habla Weil, puede romper el círculo del consumo.

La atención también exige espera. Y la espera se contrapone a la lógica de la inmediatez que caracteriza nuestro tiempo, un ritmo que devuelve a la persona ruido, dispersión y poca serenidad. Se pierde así una dimensión esencial de la actividad humana: aquélla en la que cada proceso que vive el sujeto tiene una connotación espiritual y fundante. La descreación aparece entonces como una vía para descentrar al yo hipermoderno; una manera de convertirse en nada para desde ese polvo prosperar.

El vacío, frente a la bulimia digital de la que habla Han, se vuelve condición de posibilidad: un espacio donde lo humano puede sustraerse del consumo desmedido de tiempo y atención que domina la vida contemporánea. Pero ¿qué pasa cuando todo pensamiento pasa por la mediación de la información que rige nuestro tiempo? Han reflexiona sobre el valor del silencio en una época dominada por el ruido y la necesidad constante de hacerse escuchar, señalando que solo una experiencia profunda de silencio puede conducir al encuentro con Dios.

Finalmente, el autor cierra su reflexión con dos conceptos que parecen contrapuestos: la belleza y el dolor. Retoma a Weil para afirmar a Dios como «belleza pura», a lo que Han añade: «Lo bello evita que el alma desarrolle adiposis», una analogía con la que describe el efecto de la acumulación (de información, de estímulos, de likes) en la vida del ser humano contemporáneo. El dolor, en cambio, es asumido como una fase natural y necesaria que vive la persona en la que pone a disposición inmediata a su espíritu. 

Por último, para explicar la inactividad, algo que pareciera tan imposible como anhelado en este tiempo de consumo y productividad, más que una aspiración, se propone como una forma de ascesis. «Es el silencio lo que espiritualiza la acción humana; aquieta la actividad hasta convertirla en inactividad».

Y es quizá ahí donde se juega hoy la posibilidad de lo espiritual: no en la acumulación de discursos sobre Dios, sino en la disposición interior que permite aún percibirlo. Porque, en medio del ruido, la dispersión y la saturación de sentido, la trascendencia no ha desaparecido; somos nosotros quienes hemos dejado de tener el silencio necesario para reconocerla. 

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