
La locura es también sinónimo de reivindicación política; una grieta que abre espacio a la diferencia. Esta historia es sobre los que luchan por ser distintos, los diagnosticados por un problema de salud mental que rompen la etiqueta, los se despojan de la mirada ajena y dicen con orgullo: “soy loco”.

Desde Tehuantepec, Tulio (Hugo Ramírez) y su hijo Cristian (Bastián Escobar), de nueve años, navegan el doloroso camino de la enfermedad en la Ciudad de México.

Han toma como punto de partida las reflexiones de la filósofa francesa Simone Weil, utilizándolas como un contrapunto crítico que desmantela la lógica del yo del rendimiento, del consumo y de la dispersión, tan celebrada en la actualidad, para poner en el centro aquello que aún sostiene nuestra esperanza.

Hay instituciones que no se construyen sólo con documentos y litigios, sino con nombres, con historias y con la férrea terquedad de no soltar la esperanza. El Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Centro Prodh) es una de ellas y este 2026 cumple 38 años

«¡Feliz Navidad! Cada vez que una mujer llega a esta casa, Dios vuelve a nacer».

Manzo llegó al ITESO, en el semestre de otoño de 2009, con un anhelo casi delirante: «Me llamo Carlos Alberto Manzo Rodríguez, soy de Uruapan y voy a ser presidente de México», recuerda Alberto Bayardo, el primer coordinador de la carrera, consultado para este texto.

June, Luke y su hija Hannah huyen hacia el norte, desde Boston hasta Canadá. La ciudad ha sido tomada por el régimen de Gilead, un nuevo gobierno que, tras una guerra civil, ha derrocado a Estados Unidos e instaurado un sistema teocrático cristiano y absolutamente totalitario.

Al explorar los archivos de la hemeroteca en busca de la esencia que ha definido estas nueve décadas de trabajo editorial encontramos que los 32 mil 872 días de vida de nuestra revista representan, sobre todo, una propuesta intelectual nacida de la esperanza.

Gómez–Acebo presenta la vida de sor Juana en la búsqueda de un constante equilibrio entre su intelecto y su fe, tensión que marcó profundamente su existencia.

El proceso de sinodalidad en las juventudes ignacianas de México ejemplifica una democracia deliberativa que nace del corazón y contribuye a la renovación de la Iglesia.