¿Qué les digo sobre tu nombre? (Éxodo 3:13)

¿Cómo denominas tú a Dios?

Ésta es una cuestión que interesó mucho a los primeros cristianos. Hay algunos escritos de la Antigüedad enfocados específicamente en eso. De hecho, hay una obra «Sobre los nombres divinos» de un autor conocido como Pseudo Dionisio, y muchas otras reflexiones al respecto, porque ¿cómo denominar al Absoluto, Omnisciente, Omnipotente, Creador, Infinito y un largo etcétera de adjetivos que lo único que hacen es reflejar nuestra ignorancia? En última instancia no sabemos que es ser «Absoluto» ni «Omnisciente» ni ninguno de los otros adjetivos que puse antes. De ahí que surgieran desde entonces varios caminos para hablar de Dios.

Tenemos a la Teología positiva: al igual que sucede con las imágenes —las necesitamos para poder representarnos algo—, también necesitamos de la denominación para poder pensar y compartir con los demás ese algo, necesitamos nombrar. El primer trabajo de Adán fue ése: nombrar. Así que, como humanos que somos, hacerlo es fundamental para entender. Por eso, querámoslo o no, los creyentes entendemos por Dios algo y así lo denominamos: Amor, Bondad, Belleza, Verdad, etc. En este proceso de nombrar capturamos en un concepto, apresamos en una especie de vasija lo que queremos comprender. El problema con esto es de reduccionismo, lo trascendente se puede volver intrascendente al atraparlo en un nombre. Puedo creer que comprendo el misterio porque lo puedo intentar explicar, conceptualizar, etc., y puedo también procurar destruir el misterio simplemente con deconstruir los conceptos que intentan capturarlo.

Ante esto tenemos la Teología negativa: como es más lo que no sé que lo que sé de Dios, podemos intentar decir lo que no es; por lo pronto no es nada de lo que conocemos a través de imágenes y conceptos. De hecho, hay un autor del siglo IX, Escoto Eríugena, que dirá que «Dios no es nada», y con esto lo que quiere decir es que no es nada de lo creado y no lo podemos definir con algo de lo que conocemos. Esto nos invita al vacío de conceptos para dejar que hable Dios en nosotros, al silencio exterior, pero fundamentalmente al interior, para dejarnos tocar por lo insondable, para escuchar–lo sin palabras.

Por otra parte, tenemos lo que denominaré Teología simbólica: es el mismo Escoto Eurígena el que nos invita a esta vía, aunque ya, antes que él, muchos padres de la Iglesia la mencionan de una u otra manera: «La naturaleza es un signo que significa Dios». Dios no es nada de lo que conozco, pero, como diría san Agustín, la creación es un vestigio del Creador y si seguimos su huella podemos conocerle: «El cielo y la tierra y todo lo que hay en ellos me están diciendo por dondequiera que te ame». No se trata en este caso de intentar comprender conceptualmente, ni de callar abstrayéndome de todo, sino de dejarnos tocar por la creación que nos rodea; esto es fruición, deleite, las creaturas nos muestran al creador. No dicen todo, pero dicen mucho sin hablar sólo esplendiendo, como diría san Agustín: «Mi pregunta era mi contemplación y su respuesta su hermosura». Ningún signo es una invitación a quedarse en él. Una flecha en el camino me indica algo, la palabra «árbol» me remite a la realidad arbórea. Si la creación es un signo de su creador, pues entonces es profundamente significativa y nos grita «Dios».

Desde luego, no tenemos que hacer teología para vivir aquello a lo que cada postura teológica nos invita, y lo ordinario para los creyentes es vivir nuestra relación con Dios de las tres maneras anteriores y de muchas otras, tal vez. La invitación aquí es a no quedarnos solamente en la primera, pues nos domina el logos y hay una cierta tentación de comprender para controlar, para tener certezas, y aunque Dios está en nosotros, no lo está como una idea en la cabeza ni como una palabra en la boca, está en nosotros y en el universo entero, porque nosotros estamos en Él. Citando de nuevo a san Agustín: «Mas tu Dios es para ti hasta la vida de tu vida».


Foto: © cathopic

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