El cultivo de la vida interior

Nerio Solís Chin, S.J.

El año ignaciano nos presenta la oportunidad de convertirnos y revisar la propia interioridad, como lo hizo san Ignacio después de un largo camino. Una interioridad que quizá hemos ignorado, debido a que los estímulos del mundo exterior y las estrategias de consumo nos han empujado a mirar demasiado lo que pasa afuera de nosotros y que nos lleva a adquirir una identidad personal basada solo en elementos accesorios. 

Para comenzar, daremos un esbozo de lo que entendemos por interioridad. Desarrollar una vida interior no implica rezar mucho, ni es algo exclusivo de las personas dedicadas a la vida religiosa. No es una práctica piadosa o ritualista. Tampoco deberíamos entenderla desde el falso concepto que muchos tienen de que es una evasión de la realidad, o un encapsulamiento en el propio pietismo. 

Ninguna de estas cosas es cierta. El cultivo de la vida interior no es una evasión, ni implica un aislamiento de los demás. Consiste en llenarnos de la presencia de Dios de manera constante, lo cual desemboca en la agudización de nuestra percepción, para encontrarnos con la realidad y con quienes nos rodean de una manera más profunda. De esta manera, vamos descubriendo cómo Dios habita y labora en todos y en todo, dotándolo de sentido. Al respecto, san Ignacio nos indica en los Ejercicios Espirituales (EE) que por «la asidua contemplación e iluminación del entendimiento se contempla […] cada criatura según su propia esencia» (38, 2a). 

Un segundo aspecto que me gustaría destacar es que la interioridad nos lleva a estar presente en el aquí y el ahora, en lo cotidiano, a no gastar energía en lo pasado, ni en la excesiva preocupación por el futuro. Al principio de su camino espiritual, sabemos que Ignacio se quedó detenido en sus escrúpulos con respecto a su antigua vida, lo que le hizo caer en una fuerte depresión. De la misma manera, cuando miramos de manera excesivamente aprensiva lo que nos depara el futuro, nos llenamos de incertidumbre y así se genera ansiedad en nosotros. A veces, al igual que el santo, podemos tener grandes proyectos, tratamos de prever todo, absolutamente todo, lo que puede pasar, pero pueden ocurrir muchas eventos, e, inclusive, Dios nos puede cambiar la jugada. Recordemos cómo Ignacio pensaba irse a Jerusalén, tenía ya muchos planes hechos, pero su barco no pudo zarpar y finalmente se quedó en Roma. 

Quema de la vela en una mano en la oscuridad — Foto de Ale-ks

Después de analizar estos aspectos, la pregunta es ¿a qué nos lleva el vivir desconectados del aquí y el ahora? La respuesta es simple, nos puede golpear una insatisfacción interna, un vacío y una soledad abismal, que se traduce en nuestra personalidad, en un modo de ser que se manifiesta exteriormente y que puede llevarnos a hacer mucho daño a quienes nos rodean. 

Como tercer punto sobre el cultivo de la interioridad, es que esta nos impulsa a ganar conciencia de toda la realidad, en todas sus manifestaciones. Robert Marzano, un taxonomista del conocimiento, habla de que una de las dimensiones del aprendizaje es la extensión y profundización del conocimiento, eso se aplica a la vida interior cuando ampliamos la perspectiva que tenemos de nuestro entorno y también la hace más profunda. Así, podemos conectar con Dios, encontrarlo en todas las cosas y sentirnos unidos de manera especial con Él. La profundización del conocimiento interior también nos enseña a poner en pausa todos los estímulos con que somos bombardeados continuamente, por ejemplo las redes sociales, que nos distraen de nuestro yo más profundo. Solamente de este modo podemos ganar concentración y mayor conocimiento de nuestra propia realidad, de quiénes somos y a qué estamos llamados. 

Desde este yo más profundo podemos, como un cuarto aspecto, revisar nuestros sentimientos y emociones no desde una perspectiva moral, es decir si son buenas o malas, sino entenderlas como reacciones naturales, e inclusive involuntarias, frente a un determinado evento. Necesitamos, entonces, identificar nuestras emociones, nombrarlas y poder encauzarlas de manera constructiva. Además de éstas debemos considerar nuestros pensamientos y revisar, ¿qué pensamientos alimento?, ¿con cuáles me quedo? 

Ignacio plantea el «Examen», que nos puede servir no solamente para ver si es Dios o el Mal Espíritu quien nos está llevando a pensar una u otra cosa, sino también es una herramienta muy útil para detener el flujo de todo lo que pienso y analizarlo, que aunque sea algo «propio mío, de mi mera libertad y querer» (EE, 32), como ser humano soy libre para poder elegir qué quiero pensar y a dónde me lleva lo que pienso. 

Los deseos en la vida interior deben manejarse como algo natural, que a diferencia de los pensamientos, no son necesariamente voluntarios, pueden brotar en nosotros de manera espontánea, y movernos a actuar de cierta manera, por eso es importante revisarlos antes de tomar acciones, ya que una persona a partir de su libertad interior puede siempre elegir su modo de proceder. 

Pero ¿cómo podríamos ir conduciendo esta vida que ocurre dentro de nosotros? Ignacio comenzó analizando todo lo que se movía dentro de él, y para ello buscó el silencio. Su proceso de conversión comenzó cuando pudo hacer silencio. Pudo ir descubriendo muchas cosas que no había descubierto, Dios llegó a él cuando dejó a un lado todo el ajetreo exterior y entró en sí mismo. Solo así encontró cuál era el sentido de su vida y el fin para el que había sido creado. 

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