¿La espiritualidad en el deporte-espectáculo? Una mirada filosófica

El deporte puede entenderse por lo menos de tres maneras. Como actividad física que se hace por gusto buscando sobre todo un bienestar mental y corporal. Como un juego de competición que involucra la actividad física: jugar tenis, básquet. Como un espectáculo institucionalizado y mercantilizado: el fútbol de la FIFA. Es el deporte–espectáculo, el que ha sido blanco de muchísimas críticas de diversos pensadores sociales. ¿Cómo entonces hablar de espiritualidad en él?

El deporte, como práctica física —caminar largas distancias, nadar, correr, ya no digamos el montañismo—, claramente parece tener una conexión con la espiritualidad. Del deporte–espectáculo, algunos rescatamos los valores que hay en el juego, sobre todo en los deportes de conjunto, pero, aunque se reconozca que tiene su origen en el juego, se cuestiona si aún es un juego. Hay demasiados intereses ajenos, sobre todo la enorme cantidad de dinero que se involucra cada vez más, como para seguir incluyéndolo en una categoría asociada con la inocencia de los niños.

Además «juego» presenta también sus dificultades: ¿juegan los animales? La actividad que llamamos juego de algunos depredadores ¿no es sólo una preparación para la caza? Parecería que el juego humano puede ser explicado en términos evolutivos, sin necesidad de postular algo intrínseco en lo humano que lo haría irreductible a lo meramente biológico, y de lo cual el juego fuera una expresión (Huizinga).

La espiritualidad también admite interpretaciones diversas. En los dualismos se le considera opuesta a lo corporal. Para otros, en los que me incluyo, es un aspecto de la condición humana, en la que también se dan lo orgánico y lo psíquico. La espiritualidad proveniente de la base orgánica y de la consciencia (psiquismo) —que compartimos con los animales—, implica la autoconsciencia: el mundo mediado por la significación y motivado por el valor. La dimensión reflexiva del sentido de la vida. El carácter (ethos) fruto de los actos libres, sobre todo en un nosotros histórico (Hegel).

El espíritu es principalmente libertad y, por ello, también da lugar a la decadencia y la perversión. Ambivalencia propia de casi todo lo humano. Sin embargo, con la palabra espiritualidad se enfatiza principalmente la autenticidad, lo verdaderamente valioso y trascendente. Aludir a los valores que hay que priorizar y la manera como deban realizarse lleva a los distintos tipos de espiritualidad. Preguntar en el deporte–espectáculo por la espiritualidad es reflexionar sobre esta ambivalencia y tratar de discernir cuáles serían su valores intrínsecos y auténticos.

El desarrollo histórico del deporte moderno fue una combinación de tres factores: el gusto por practicar un juego competitivo por «deporte» (ocio); la atracción de un creciente número de espectadores, y la institucionalización de la competencia. El fútbol, por ejemplo, de ser un deporte de aristócratas se fue profesionalizando por la demanda del público entusiasta, mediante una organización que estableció torneos reglamentados, calendarios, y guardó los registros (el récord). Este entretejimiento entre espectadores y deportistas se potenció exponencialmente en el siglo XX con el desarrollo de los medios de comunicación masiva, hasta constituir el fenómeno sin parangón que es hoy.

Es la institucionalidad la que marca la gran diferencia del deporte moderno con rituales, espectáculos y «prácticas deportivas» antiguas de la cultura occidental. Los defensores del deporte–espectáculo se sentirán identificados con la idealización de las olimpiadas griegas, el enaltecimiento del espíritu olímpico panhelénico y el atleticismo. Los denostadores dirán que es circo romano, exaltación de los apetitos más bajos, di–versión de la miserable vida cotidiana. En ambos casos nos falta la FIFA, el COI, UCI, MLB, instituciones que no son parte del estado nacional, e incluso, paradójicamente en algunos aspectos llegan a estar por encima de éste.

John Hargreaves señaló seis características muy esclarecedoras del deporte moderno: 1) Es un juego. 2) Es una actividad que ha sido formalizada y gobernada por códigos muy refinados. 3) La incertidumbre del resultado lleva a una intensidad emocional única. 4) Se vuelve un tópico dramático de la vida pública. 5) Enfatiza ciertos sentimientos que configuran un mundo simbólico valoral y ritual. 6) Exalta al cuerpo.

El juego es ante todo una actividad libre (Huizinga) que se busca como un fin (autotélica).  De jugar meramente como movimiento corporal estimulante (paidia) el niño va descubriendo el mundo mediado de la significación, con la adquisición del lenguaje, en la transfiguración lúdica del «como si …» (Fink), lo cual se hace plenamente a través de las reglas con las que se juega (ludus). Con la regla y el tipo de regla se producen los cuatro tipos de juego señalados por Caillois: juegos de simulación (mimicry), turbulencia (ilinx), competencia (agon) y suerte (alea). Suits,ç enfatiza aún más el papel de la regla en todos los juegos que se juegan (to play a game). En inglés —también en español—, jugar (play) se refiere a varias acciones, por ello se especifica jugar un juego (game). En un juego (game) se establece un estado específico de cosas que se quiere alcanzar (meta pre–lúdica) usando únicamente los medios permitidos por las reglas (medios lúdicos), en donde las reglas prohíben el uso de medios más eficientes en favor de medios menos eficientes (reglas constitutivas), y en donde tales reglas son aceptadas solamente porque ellas hacen posible tal actividad (actitud lúdica). Por ejemplo, en el fútbol la meta pre–lúdica de meter la pelota en la portería no se puede realizar de cualquier manera: no se puede meter gol con la mano, aunque sea la de dios.

Las ideas de Suits son las que mejor han permitido entender por qué el deporte–espectáculo sigue siendo un juego, aunque haya deportistas profesionales, y por qué la norma fundamental innegociable es el juego limpio. Que el deporte–espectáculo esté altamente reglamentado nos ilustra perfectamente la racionalidad moderna burocrática (Weber). El fin lúdico no debe ser alcanzado mediante la trampa o la injusticia. Por ello destacó Elias el papel civilizatorio del deporte–moderno.

La incertidumbre del resultado propia de todo juego nos explica la imbricación que se da entre los juegos de competencia (agon) y los de suerte (alea). En una buena competencia las reglas deben mostrar claramente quién es mejor. Lo opuesto es la suerte en la que las habilidades deportivas no importan. En los juegos de suerte se recurre a los amuletos, las cábalas, para ver si se cuenta o no con el favor de los dioses (Aquiles y Héctor). Agon y alea se entretejen en el deporte–espectáculo porque no siempre gana el mejor. Hay un factor que parece ir más allá de las propias capacidades deportivas. Vimos a los jugadores de Marruecos rezar antes de los penaltis. Para las personas espectadoras aquello es un asunto puramente de suerte, pues son completamente pasivas respecto al resultado. Surge así la perversión del patrocinio deportivo de los casinos que transforma el agon en pura alea.

Paradójico es que un mero juego se vuelva un tópico dramático de la vida pública. En los medios de comunicación masiva surge la especialización deportiva. Los gobiernos se preocupan por el deporte de alto rendimiento. Más importante para nuestro tema es que el deporte configura su propio mundo simbólico Surgen espacios y personajes sagrados, reliquias (la pelota del récord), endemoniados. Pero sobre todo instaura un tiempo diferente, con sus ciclos litúrgicos. De nuevo regresa el campeonato, aunque lo sucedido anteriormente sea irreversible, y se espera nuevamente que acontezca el momento agraciado. Muy diferente del tiempo ordinario de «la gente», en el que no pasa nada (Heidegger). Pierre de Coubertin pensó el olimpismo como una religión para una época en la que dios ha muerto.

En el deporte–espectáculo se exaltan ciertos sentimientos: el espíritu guerrero indomable que se parte el alma y da todo en la cancha; el compañerismo, el juego de equipo y el sacrificio. El espectador se vuelve parte del ritual con sus gritos y cantos, su indumentaria, las marcas en el rostro y el cuerpo. Se rompe la barrera entre lo privado y lo público. Aunque el canto sea de la masa anónima, «uno» es ahora algo diferente del de la vida diaria. «Uno» es comunión con las personas del equipo y del estadio, es una nueva corporalidad espiritual (Gumbrecht). Por ello el cuerpo es fundamental en el deporte. Como señala León XIV, en esta época digital el deporte sigue exaltando la corporalidad. El aficionado quiere seguir yendo al estadio, a la plaza pública, a ver qué puede un cuerpo, a celebrar el misterio de la presencia, del espíritu encarnado. Ver ahí a Alexia Putellas, Yelena Isinbayeva, Messi, Pelé.

«Pan y circo» sin duda, pero también ejemplos grandiosos, como los de Gaby Urías e Iván Fernández, que ayudaron al rival a llegar a la meta, o Aaron Hunt, que le dijo al árbitro que había pitado un penalti a su favor y no hubo falta. Por supuesto que es un juego de competencia y se trata de ganar, no sólo de participar, pero no es ganar de cualquier manera. Y si bien sólo unos ganan y los demás pierden, por encima del triunfo está la dignidad humana, y eso se comparte con todos.

Los jugadores de Irán dejaron escrito en el vestidor del estadio de  Los Ángeles: «Desde la antigua Persia de hace miles de años hasta el civilizado Irán de hoy, el espíritu de Irán permanece vivo y firme. Vinimos a Los Ángeles con orgullo, competimos con honor y nos vamos condignidad. Gracias, Los Ángeles, por tu hospitalidad. Y gracias a todos los iraníes que dieron su corazón, voz y alma durante estos 180 minutos. Que la paz, el respeto y la amistad prevalezcan entre todas las naciones».

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