Paradojas contemporáneas
Byung–Chul Han lo dice de un modo claro en Sobre Dios: «No es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba». Esta frase nos ayuda a entender cómo la dinámica del mundo nos incapacita progresivamente para descubrir o percibir la presencia de Dios en la realidad. Frente a ello, el acompañamiento vocacional busca suscitar un peregrinaje interior que ayude al joven a mirar la esperanza de Dios en su propia vida y en la realidad, lo que le implicará atravesar el ruido, la infoxificación y la anestesia emocional de todos los días, para ir encontrando su camino hacia la plenitud.
Las realidades juveniles de entre 20 y 30 años se deben decidir, construir y proyectar en medio de las paradojas de vivir hiperconectados y, a la vez, con una fuerte percepción de soledad, entre la globalización y las precariedades laborales. Cada vez es más común que los jóvenes habiten un mundo simbólico con estereotipos inalcanzables, un planeta con degradaciones ecológicas graves, una sociedad con efectos pospandémicos todavía no atendidos y un espacio digital amenazante con algoritmos polarizantes.
La esperanza como principio de búsqueda
Las realidades juveniles de hoy no podrán plantearse un proyecto de vida que les dé sentido o rumbo si no han experimentado la profundidad de la esperanza. La esperanza desde la fe es un regalo que sólo el Resucitado nos puede dar y que nos abre a poder contemplarlo en la realidad. No es la consecuencia de una acción humana sino la experiencia de participar de Su promesa en el mundo: el ya y siempre más del Reino de Dios (1 Juan 3,2).
El proceso de descubrimiento de la vocación implica dejar transformar la propia mirada para contemplar con ojos nuevos y constatar la acción de Dios en la propia historia, a fin de aprender a reconocer el evangelio en la realidad. De ahí que la esperanza no implica la construcción de un mundo feliz o ausente de problemas; no es el resultado de leer un libro de motivación personal ni está hecha de optimismo barato. Por el contrario, se recibe como virtud desde la contemplación de cómo Dios se revela actuando en las complejidades y dolores del mundo. Hay que buscarla, hallarla y escuchar en ella la manera en la que Dios está trabajando por todas las personas desde todas las cosas (EE 236).
Agricultura vocacional
El acompañamiento vocacional no trata de aventar redes y arrastrar pescados: se parece más a un proceso de agricultura en el que resulta indispensable preparar la tierra para acoger las semillas regaladas por Dios. Se trata de acompañar con paciencia el crecimiento y la nutrición de girasoles que maduren su experiencia espiritual–existencial, que se orienten hacia la luz de Dios y le respondan en libertad, sin forzar procesos. Esto implica caminar con los jóvenes a descubrir la esperanza que ya le habita en lo más profundo de su ser y dejarse tocar por ella.
Tres elementos fundamentales
Para que un joven pueda discernir su vocación mirando a la esperanza en la realidad debe trabajar en tres elementos fundamentales: oración, voluntad y acción.
En el mundo de hoy es más cómodo distraerse que sentarse a dialogar con las propias preguntas. Cada vez es más común scrollear la vida con música de fondo, con más de tres pestañas abiertas de forma simultánea o buscar cualquier energizante que regale endorfinas. El ruido funciona como un calmante para silenciar los cuestionamientos de la existencia y distraernos constantemente. El silencio puede resultar un bálsamo para combatir esta dispersión. El silencio facilita la oración y resulta un medio esencial para integrar a la persona desde el amor de Dios, porque regala un camino de conciencia y autenticidad de cara a la persona misma, a los otros y al mundo. El silencio no es vacío, es presencia. Nos ayuda a separar y acoger honestamente los diferentes movimientos que conviven en el corazón: unos que traen vida y otros que la sofocan.
La oración conlleva tiempo, espacio y modo. Es decir, las condiciones básicas para establecer cualquier relación amorosa que nos ayude a detenernos para tomar distancia de la realidad, escuchar lo que habita en el interior y reconocer en ello las huellas de Dios. Este encuentro con lo trascendente implica un segundo momento para dialogar con lo contemplado y descubrir los puntos de fuga que aparecen de manera natural, que le dan un sentido al tiempo vivido e integran nuestras contradicciones. El silencio no se encuentra bien valorado en nuestro tiempo, en ocasiones asusta o aburre. Irónicamente, es el espacio privilegiado en donde se puede experimentar una presencia honda y sanadora del Dios de la vida, en donde se puede ser acogido sin tener que fingir ni cubrir exigencias.
La voluntad desde el discernimiento vocacional no es consecuencia de la propia disciplina o autogobierno, es más bien resultado de la libertad interior, mejor entendida en términos ignacianos como indiferencia. La decisión vital de no aferrarse de antemano a una alternativa preelaborada para poder intuir y decidir en cada momento lo que más conduce a Dios (EE 22). No se trata ni de controlar la vida ni de dejar de hacerse cargo de ella, sino de ordenar las acciones hacia un sentido más pleno. Por eso mismo la libertad no es una condición para iniciar el proceso, es fruto de él.
Sabemos bien que la acción evangélica es obra de la oración, es decir, la vida cristiana no es un conjunto de normas o imperativos moralizantes. Desde la óptica ignaciana, la acción, el amor y el servicio son consecuencia amorosa de la oración, del reconocimiento interno de tanto bien recibido (EE 233). Por decirlo de otra manera, Dios llama a través del amor. Es su amor el que nos lleva a querer responder al dolor del mundo; es el sentido profundo del hombre y de la mujer, creados a imagen y semejanza del Hijo y particularmente de su propósito encarnatorio y redentor.
La vocación como camino a la autenticidad cristiana
Un indicador de estar transitando un camino adecuado es preguntarnos qué tanto nuestra vida se va haciendo semejante a la vida de Jesús. Entre más nos parezcamos apostólicamente a Él, más auténticos seremos y más certidumbre tendremos de nuestra razón de ser. De ahí que el encuentro con realidades de pobreza y dolor nos ayuda a descubrir nuestra identidad vocacional. Son los pobres los que nos dejan ver nuestra verdad, así como se la revelaron al buen samaritano (Lc 10, 25–37).
Cualquier búsqueda de la vocación personal deberá de pasar por una práctica apostólica, de manera que los jóvenes descubran la esperanza en lo profundo de sus deseos de atender al que se duele, pero también de construir estructuras que no dejen personas medio muertas tiradas al lado del camino. Porque al transformar su propia realidad, los jóvenes se vuelven semillas de transformación en medio de ésta. La alegría evangélica en medio de las heridas del mundo será un criterio de verdad para constatar el rumbo tomado.
Descubrir la vocación no es fácil; el proceso es llevado a través de un entorno social, digital y cultural adverso o poco humanizante. De parte del mundo existe una fuerte exigencia por cubrir un personaje, por lo que muchos jóvenes han experimentado una soledad radical a pesar de estar rodeados de followers y contactos. El gran engaño de la sociabilidad digital es que resulta más fácil verse obsesivamente al espejo que ver al otro. La mayor parte de relaciones se realizan entre hologramas o personajes perfectos que buscan esconder los miedos y vacíos.
Discerniendo la vocación con otros
Para descubrir la vocación resulta necesario abrir un espacio de sinceridad y vulnerabilidad de cara a una comunidad frágil. Resulta de mucha ayuda el acompañamiento y cuidado entre pares, desde un discernimiento compartido. Estos espacios de apoyo se convierten en pilares que sostienen a los jóvenes y en donde pueden experimentarse como parte de una comunidad eclesial.
Es desde estas redes de apoyo como se pueden poner en duda los criterios de valor sobre los que uno decide: el resolver la vida desde el placer o la culpa, desde el agrado o el desagrado, desde la comodidad o la incomodidad, para pasar a otro tipo de criterios de sentido más hondos que implican incertidumbre y confianza. Sólo aquél que vive en un proceso de enamoramiento puede renunciar a las demás alternativas y tomar una decisión vocacional sana. De lo contrario se verá envuelto en el vértigo de la multiplicidad de posibilidades y paralizado por el miedo a perderse de algo, lo que hoy llamamos FOMO (Fear Of Missing Out ).

La vocación como promesa de vida
Por tanto, la vocación es siempre promesa por desplegarse en el tiempo y en la realidad. No es determinación ni cumplir una orden rígida que cae del cielo como rayo. Es un camino progresivo de humanización de cara al servicio que se va ampliando en la vida de la persona. San Ignacio aprendió, durante su convalecencia en Loyola y en la soledad de Manresa, que Dios habla a través de los movimientos interiores del corazón y se comunica con nosotros desde las consolaciones que dejan paz duradera y las desolaciones que terminan en vacío.
Optar por un camino de descubrimiento de una vocación, sea a la vida religiosa o laical, es profundizar en la manera en la que la persona se encuentra dispuesta a acoger la esperanza y compartirla a través de su vida. La pregunta vocacional no se reduce sólo a «¿qué quiero en esta vida?» sino también a «¿a quién puedo amar?, ¿quién quiero ser de cara a esta realidad que me rodea?, ¿cómo me posiciono ante el dolor de los crucificados de hoy?». Como Compañía de Jesús, estamos invitados a construir una cultura de agricultura vocacional, es decir, ofrecer a los jóvenes herramientas concretas y acompañamiento para decidir y construir su vida desde la esperanza y el sentido.
«El ruido funciona como un calmante para silenciar los cuestionamientos de la existencia y distraernos constantemente. El silencio puede resultar un bálsamo para combatir esta dispersión».






