
Hay preguntas que no se hacen una sola vez. Se hacen en capas, con distintas voces, en distintos momentos de la vida. Una de esas preguntas es: «¿A qué me llama Dios?».

La palabra vocación proviene del latín vocatio, que quiere decir «acción de llamar». No se trata únicamente de una inclinación hacia un oficio o una profesión, sino de una voz que llama desde lo más profundo del ser. Es una invitación a descubrir para qué hemos sido creados y cómo nuestra vida puede convertirse en un don para los demás.

La vocación no comienza cuando alguien encuentra una respuesta definitiva, sino cuando se atreve a formular las preguntas necesarias que orienten su vida. Los cinco cuadernos que integran este número buscan acompañar la búsqueda de la vocación en las juventudes desde distintas perspectivas.

Es un hecho constatable que la época actual es una marcada por la intranquilidad, la incertidumbre y la crisis.

Las realidades juveniles de hoy no podrán plantearse un proyecto de vida que les dé sentido o rumbo si no han experimentado la profundidad de la esperanza.

María de los Ángeles Gómez Pérez es originaria de Chilón, Chiapas, y forma parte del CABVI o Centro de Armonía y Buen Vivir de la Misión de Bachajón atendida por los jesuitas.

En este mes de abril el Papa León XIV nos invita a orar con él por los sacerdotes en crisis: «Oremos por los sacerdotes que atraviesan momentos de crisis en su vocación, para que encuentren el acompañamiento necesario y que las comunidades los apoyen con comprensión y oración”.

La película no se distrae en lo seráfico –quizá porque eso le corresponderá en todo caso a la protagonista– pero persigue esas miradas de desconcierto que el padre de Ainara, Iñaki (Miguel Garcés) y su tía Maité (Patricia López, espectacular) no logran asir a ninguna certeza: ¿Qué le ha faltado a Ainara? ¿Su madre? ¿Su espacio? ¿Amor? ¿Deseos?

El papa Francisco invita, por tanto, a escuchar al Espíritu Santo cuando «habla a través de las inquietudes que los jóvenes sienten»; así será posible acoger la llamada de Dios «en modos que sirvan mejor a la Iglesia y al mundo de hoy».

Cada ser humano ha recibido como propia una faceta del misterio de Jesucristo. Nadie puede pretender tener en sí todas sus características: hay que prestar atención a aquellas que nos dinamizan para concretar el amor.