La cigarra de Eunomo

Cuando la creación completa nuestra música

En México, a la cigarra la llaman también chicharra. Y no hace falta haber leído a los griegos para saber lo que puede hacer su canto con un paisaje. Cuando llega su tiempo, ese canto sube desde los árboles y ocupa el aire hasta volverse parte del lugar. Uno termina por reconocerlo casi como se reconoce una hora del día.

En la Sierra del Nayar, entre el pueblo náayeri, esa chicharra entra en el calendario ritual del maíz. El ciclo se marca con tres mitotes: el de la chicharra, en mayo, cuando se pide la lluvia; el de los elotes, en septiembre, cuando llegan los primeros frutos; el del esquite, en enero o febrero, cuando el grano ya está seco. Vale la pena detenerse en ese orden. El canto va primero y los elotes después: cuando la chicharra suena, todavía no hay nada que mostrar. Tierra, agua, espera y canto no aparecen ahí como cosas separadas, sino como partes de un mismo mundo que se aprende también escuchando.

En 2019 la antropóloga Margarita Valdovinos dedicó un libro entero a uno de esos cantos ceremoniales, y el título ya es una pequeña provocación para nuestros oídos: El canto de la Chicharra y el encantamiento del mundo. Allí presentó por primera vez la transcripción y la traducción completas del canto, junto a otras versiones que Konrad Theodor Preuss había registrado en 1906, algunas de ellas en cilindros de cera.

Hace más de dos mil años, al otro lado del mundo, otra cigarra entró en una historia de música. En Delfos se celebraba un certamen, y a Eunomo de Locros le tocó cantar a la hora de más calor, cuando las cigarras cantan abrasadas por el sol bajo el follaje. En plena ejecución se le rompió una cuerda de la cítara. Una cigarra voló entonces sobre el instrumento y se posó en él como si fuera una rama; el músico ajustó su canto al de ella y suplió así la cuerda que faltaba. La tradición llegó incluso a fijar aquel momento en bronce: Eunomo con su cítara y, encima, la cigarra.

La historia habría quedado en anécdota si Clemente de Alejandría no hubiera decidido, en el siglo II, abrir con ella su Protréptico. Un protréptico era un discurso de exhortación, escrito para mover a quien escucha a cambiar de vida. Clemente se dirige a los griegos y comienza encadenando historias de músicos míticos: Anfión, Arión, Orfeo, Eunomo. Pero quiere llegar a otro canto, al que llama nuevo. La cigarra no está ahí de adorno: es la primera jugada del argumento.

Clemente la cuenta, pero le cambia la pregunta. La cigarra, dice, no acudió hechizada por la música humana, como pretendía el mito: voló por su cuenta y cantó lo que ya venía cantando. Y añade algo que sigue siendo desconcertante: aquellas cigarras no cantaban al dragón muerto de Delfos, sino un canto libre al Dios sapientísimo, mejor que las melodías de Eunomo.

Clemente no hace lo que habría sido fácil hacer. No convierte a la cigarra en cristiana. La deja ser cigarra. No le pone un salterio entre las patas ni le atribuye nuestras palabras. Precisamente porque canta según su propia naturaleza, y no según la nuestra, su voz puede convertirse para nosotros en una pregunta.

Foto: Depositphotos.

La creación no necesita que el hombre le enseñe a cantar. Tal vez sea el hombre quien necesita aprender a escucharla.

Mil años más tarde la escena se repite en Asís, esta vez sin certamen y sin cítara. San Buenaventura cuenta en la Leyenda mayor, su gran biografía de san Francisco, que en Santa María de la Porciúncula una cigarra se había instalado en una higuera junto a la celda de Francisco y cantaba desde allí. A Francisco, que había aprendido a admirar la grandeza del Creador incluso en las cosas pequeñas, aquel canto lo movía a alabar a Dios más a menudo. Un día la llamó, ella voló hasta sus manos y él le dijo: «Canta, mi hermana cigarra, y alaba jubilosamente al Señor». Así ocho días seguidos, hasta que Francisco decidió despedirla: bastante nos ha alegrado con su canto, dijo, y nos ha animado a alabar al Señor.

La cigarra no aprendió nada de Francisco. Fue Francisco quien se acordó de alabar.

Y en ese punto la historia deja de ser solamente una escena franciscana. Ahí está la lección que a los que cantamos en la Iglesia más nos cuesta recordar. El salmo 148 convoca al sol y a la luna, al granizo y a la niebla, a los árboles frutales y a los animales; la Iglesia lo canta en Laudes junto al cántico de los tres jóvenes del libro de Daniel, ese Benedicite que va enumerando pacientemente a las criaturas. No estamos pidiendo que la naturaleza celebre nuestros ritos ni imaginando que los pájaros recen el oficio. Ocurre más bien otra cosa: al cantar, la comunidad cristiana descubre que no está inaugurando la alabanza, sino entrando en una alabanza que ya estaba sonando.

Pero Clemente no nos deja simplemente escuchando a la cigarra. Todo su argumento conduce hacia aquel otro canto que llama nuevo: primero habla de una armonía nueva y finalmente le da un nombre, el Logos, la Palabra de Dios, Cristo. La creación puede despertarnos el oído; para Clemente, un oído despierto está hecho finalmente para escuchar esa Palabra.

Por eso la escena de Eunomo sigue siendo tan exacta. La cigarra suplió una cuerda, pero no sustituyó al músico. También nuestra música está llena de cuerdas que faltan: la voz que no vino, el coro que se deshizo, la asamblea que dejó de cantar y acabó convertida en público.

Tal vez no necesitemos cantar más fuerte. Tal vez necesitemos volver a hacer las dos cosas: dejar que la creación nos despierte el oído y escuchar la Palabra que nos enseña a responder.

Y entonces sí: responder cantando, con nuestra propia voz.

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