En mi artículo sobre semana santa recomendaba poner atención al sentido espiritual. Considero conveniente ampliarlo un poco. Partía yo de la cita de Gálatas 5 versículo 22 en la que san Pablo nos recuerda los frutos del Espíritu: «amor (ágape/charitas), alegría, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia». Ahora, siguiendo una reflexión de Karl Rahner —teólogo del Concilio Vaticano II—, añado que esto lo hemos de aplicar en dos sentidos.
1) Por una parte, si realizamos actos religiosos y sacramentos y pronunciamos el nombre de Dios y de Jesús, etc., pero en nuestra vida y comportamiento diario no vivimos estos frutos, hemos de reconocer que falta algo fundamental y quizá que hasta hemos caído en la hipocresía del sacerdote y del levita que no se detuvieron a atender al herido en el camino.
2) Y, por otro, si en otras personas y grupos religiosos y civiles encontramos que viven en buena medida —si bien no plenamente— estos frutos, hemos de reconocer en ellos la presencia del Espíritu de Jesús, aunque no pronuncien su nombre ni celebren los sacramentos; como el samaritano que sí se detuvo a auxiliar al asaltado por los narcos, aunque no acudía al templo de Jerusalén.

Ya con las menciones del sacerdote, levita y samaritano incluyo una referencia también a la enseñanza de Jesús (Lc 10, 25–37 y Mc 12, 28 y Mt 22, 34), quien afirma que lo fundamental de la ley y los profetas es el doble amor a Dios e inseparablemente a sus hijas e hijos, nuestros hermanos.
Todo ello se complementa con otro pasaje al que limitadamente nombramos «juicio final», cuando de modo más profundo hemos de reconocer en él las acciones que nos llevan a encontrar a Jesús en esta vida y en la eternidad. Para comprenderlo mejor hago esta indicación: Jesús no dijo: «Porque tuve hambre y ustedes recibieron el bautismo», y tampoco: «Era yo migrante y ustedes iban a misa», etc., con lo cual insiste de nuevo en lo central del amor al prójimo.
Esto no significa que las expresiones religiosas y los sacramentos mismos no sean importantes, sino que para que sean auténticas expresiones del Espíritu de Jesús tienen que estar estrechamente enlazados con el amor al prójimo, a la vivencia y la reconstrucción de la hermandad. Como lo enseña el Vaticano II en referencia a la Eucaristía que nos recuerda que debe ser a la vez culmen y fuente del amor fraterno vivido en la vida cotidiana.






