Ignacio de Loyola registró su propia experiencia y, después de examinarla y sistematizarla, fue descubriendo de manera gradual el discernimiento. Identificó que nuestra existencia fluye y se va configurando entre dos ámbitos: la vida cotidiana y la vida espiritual. No se trata de dos mundos sino de dos dimensiones que, aunque son inseparables, vale la pena distinguir. En ellas no sólo transcurre nuestra experiencia, también se va configurando nuestro ser.
La primera dimensión, la vida cotidiana, comprende la realidad concreta, ordinaria y habitual: las rutinas, las relaciones, las interacciones, los lugares, las decisiones. La segunda dimensión comprende el estilo o el modo en que se viven esas rutinas, interacciones y decisiones: las disposiciones, las intenciones, las motivaciones. La dimensión cotidiana se relaciona con la encarnación y concreción del día a día; la dimensión espiritual, con lo que anima, mueve y da forma a esa manera específica de vivir. La vida cotidiana está relacionada con preguntas como qué hago, con quién, dónde, cuándo. La vida espiritual, en cambio, se relaciona con preguntas como desde dónde lo hago, qué me mueve, hacia dónde me lleva, por qué, para qué.
Nuestra existencia transcurre simultáneamente en estas dos dimensiones, sin embargo, podemos vivir el día a día sin explorar qué ocurre en nosotros en el plano espiritual. Se pueden tener interacciones, habitar espacios, realizar acciones y cultivar relaciones sin tener presente por qué, para qué ni con qué fin. Ése fue uno de los grandes hallazgos de Ignacio: caer en la cuenta de que era fundamental hacer consciente el modo en que se vive la cotidianidad y estar atento a lo que va ocurriendo y mueve tanto en nuestra sensibilidad como la mentalidad que nos hace afrontar la vida.
Ignacio logró captar que hay diversos movimientos interiores que orientan y configuran nuestra manera de conducirnos en el día a día. Logró nombrar e identificar afectos, pensamientos, recuerdos, imaginaciones e impulsos muy diversos. Más importante aún, detectó cuál era la forma que adquirían y la manera en que, al final, lo hacían sentir. Según él, había unos movimientos interiores que, al final, le dejaban drenado, árido, desganado, estancado, sin sabor; otros movimientos interiores que le generaban ímpetu, avidez, ambición, exaltación.
Todo este proceso de registro, examinación y sistematización derivó en una serie de advertencias para detectar obstáculos, trampas y encrucijadas en el camino espiritual, y para orientarse en él. ¿Cómo nombrar y distinguir los movimientos interiores? ¿Cuáles son sus lógicas? ¿Qué hacer cuanto estamos envueltos en ellos? ¿Qué hacer cuando se siente estancamiento, vacío y sinsabor? ¿Qué hacer cuando hay exaltación, ambición y desmesura? La respuesta a estas preguntas las condensó con gran maestría en las Reglas de Discernimiento de Primera y Segunda Semana de los Ejercicios Espirituales, una serie de orientaciones para poder andar el camino espiritual.
Una fuerza latente y potente que subyace en nuestro interior y nos transforma
La palabra «moción», que proviene del latín motio, significa «movimiento» y es la expresión que Ignacio utilizó para referirse a la experiencia interior que se capta al entrar en la aventura de la vida espiritual. Este término, que comparte raíz etimológica con la palabra «motor», se deriva del verbo «mover», y refiere a la fuerza, el impulso o energía que subyace en nuestras acciones, reacciones e interacciones cotidianas. Las mociones son lo que desde el interior mueve a una persona, la conducen y la hacen actuar o reaccionar de un modo muy particular. Son la fuerza que genera, produce o da lugar a nuestras operaciones diarias. A veces las captamos mediante señales, pero otras veces pasan inadvertidas.
Las mociones no son algo abstracto ni carecen de materialidad; se presentan a nivel somático, cognitivo y sensorial; son como el eco de un hecho, como lo que resuena en el interior de la persona y la atraviesa en su totalidad. Se manifiesta en tres registros distintos y tienen su correlato en tres niveles de expresión. En términos de Benjamín González Buelta, S.J., se pueden manifestar de manera racional/cerebral (ideas, pensamientos, reflexiones, recuerdos), afectivo/cordial (sentimientos, emociones, afectos, pasiones), o sensible/visceral (sensaciones corporales, impulsos, instintos, deseos).
Las mociones se presentan de manera racional, afectiva y sensorial, y funcionan como una fuerza motora que activa la voluntad para obrar; es decir, ponen en marcha el hacer o son la energía que hace hacer. Su potencial radica en el impulso que genera en una persona para activar en ella acciones, conductas u operaciones. Aunque las mociones no se traducen directamente en actos y decisiones, sí tienen el poder de encausar o incitar los actos y decisiones. Éstas, en sentido estricto, no son imperativos que obligan a actuar, sino señales o insinuaciones que pueden conducir el actuar.
Todo acontecimiento desencadena en una persona una variedad de movimientos interiores que se presentan en diferentes registros: sensaciones, afectos, pensamientos. Estos movimientos, por un lado, resuenan o hacen eco en el interior de quien los experimenta, y, por otro lado, incitan a actuar o reaccionar de un modo particular. Las mociones, por tanto, en primera instancia, son manifestación de la experiencia interior de la persona y, en segunda instancia, son lo que impulsa o inclina la voluntad hacia algo, esto es, causa de una acción.
Las mociones ofrecen información inmediata de cómo se vive internamente una persona en un entorno. Además, dan información del origen del comportamiento que ésta tiene en él. Por eso, hacer pausa y silencio, para identificarlas y reconocer cómo atraviesan y envuelven la mente, los afectos y la sensibilidad para incitar el actuar, es el primer paso del discernimiento y el inicio del camino espiritual; detenerse y examinar. Ignacio identificó que las mociones no se traducen en acciones de manera directa, no dictan órdenes en nuestro interior. Sin embargo, sí son señales clave que, en su sutileza y complejidad, pueden orientar y guiar, pero también, al errar en su interpretación o pasarlas por alto, confundir y engañar.

Reglas de discernimiento para andar el camino espiritual
El camino espiritual exige una atención cuidadosa a lo que me pasa, un mayor respeto a los signos que se nos presentan. Y las reglas de discernimiento que propone Ignacio, como atinadamente lo formula Dolores Aleixandre, RSCJ, «buscan formar a sujetos lúcidos, inteligentes, capaces de no dejarse manipular» o, como dice la bienaventuranza, hacer sujetos «limpios de corazón» (Mt. 5:8).
Ese proceso o recorrido supone, por un lado, hacer de nuestra vida una interrogación, y, por otro lado, a rogar a Dios a que nos ayude a detectar qué señales conducen a Él y cuáles nos alejan o aíslan. Aunque en el recorrido espiritual implica un esfuerzo individual, éste es un proceso que se desencadena por la iniciativa de Dios: Él es quien da la fuerza y el entendimiento para abrir los sentidos y transformar el corazón. El esfuerzo individual o la energía interior es, en todo caso, sinergia o dinámica de cooperación.
El camino espiritual, en términos de pasividad o apertura al don, a la gratuidad e iniciativa de Dios, implica inicialmente ser capaces de apoyarnos completamente en Él, confiar. Pero en términos prácticos o de acción supone también «actuar en todo contando con nuestros recursos personales, de manera que, aun creyendo en Dios y en su ayuda, hagamos las cosas “como si Dios no existiera”», apunta Adolphe Gesche. Estar abiertos, atentos y a la espera del «rumor de Dios» y, a su vez, poner de nuestra parte todos los medios, disposiciones y habilidades para responder. Rogar y ofrendar: «Rezar como si todo dependiera de Dios, actuar como si todo dependiera de mí».
De acuerdo con Javier Melloni, S.J., Ignacio diferenció dos fases o etapas en el camino espiritual. Las Reglas de Primera Semana están hechas para quien se inicia en este caminar y, la Reglas de Segunda Semana, para quien ya han avanzado en él; las primeras son para una persona que ante el inicio de este proceso experimenta fragilidad e impotencia, y las otras para quien, ya con la seguridad en su andar, con euforia experimenta prepotencia. Félix Palencia, S.J., en un esfuerzo por ayudar a memorizar y comprender estas dos lógicas, lo formuló de la siguiente manera: «Si apenas caminando por la vida vas, catorce te aplicarás»; «Si ya la llevas de gane van ocho contra el arranque».
Las Reglas de Primera Semana buscan, por un lado, ayudar a la persona, por un lado, a nombrar la dirección o tendencia que tienen los movimientos interiores (espíritus) y, por otro lado, advierten de sus lógicas (estados espirituales) y proporciona algunas recomendaciones. En la fase inicial de la vida espiritual habrá, según Ignacio, unos movimientos interiores que tenderán a generar falsas seguridades, fantasías o temores (mal espíritu), y al final dejarán a la persona con duda y bloqueo para actuar (desolación); asimismo, habrá otros movimientos interiores que tenderán a recuperar la confianza básica, a reconocer y celebrar los pequeños esfuerzos, a perseverar y reconocer la novedad.
Las denominadas mociones del mal espíritu (tretas) tenderán a paralizar o dejar inmóvil a la persona, será como una carcoma que devora por completo el interior. Se caracterizará por el desánimo, la sensación de invalidez, la culpa paralizante, la pérdida de ilusión. La principal recomendación de Ignacio será la de no caer en esa falsa salvación. El poema de Mario Benedetti «No te salves» podría expresar en un lenguaje más contemporáneo lo principal:
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
Las Reglas de la Primera Semana estarán enfocadas a hacer frente a la parálisis y el aislamiento aparentemente funcional. Su propósito principal será el de ordenar el caos interior, recuperar las ganas de vivir y reconducir la vitalidad. En última instancia, intentarán devolvernos de otro modo a la cotidianidad: dispuestos a abrazar la vida y a mirarla desde una perspectiva más amplia, desde una nueva altura y con mayor profundidad.
Para saber más:
Aleixandre, Dolores, RSCJ. Las reglas de discernimiento. Variaciones sobre un tema Ignaciano. Sal Terrae 100 (2012) 423–434.
Gesché, Adolphe. La paradoja del cristianismo. Dios entre paréntesis. Sígueme, 2011.
González Buelta, Benjamín, S.J. El discernimiento. La novedad del Espíritu y la astucia de la carcoma. Sal Terrae, 2020.
Melloni, Javier, S.J. Las Reglas de Discernimiento de Primera y Segunda Semana. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=QeG17dABpdk






