Sacar los celulares del salón, ¿es suficiente?

El pasado 22 de septiembre la presidenta Claudia Sheinbaum anunció, que a partir del 3 de noviembre de 2026 entrará en vigor la regulación sobre el uso de celulares en las escuelas de Educación Básica y Media Superior.

De acuerdo con la nueva regulación las niñas y los niños de primaria no deberán usar el celular durante la jornada; en el nivel medio superior estará permitido, aunque con las limitaciones que cada institución considere. Por otra parte, en la preparatoria se recomienda el «uso responsable», aunque no detalla ninguna regulación especial.

Esta medida gubernamental pone en evidencia una cuestión no menor que enfrentan en lo personal docentes en el aula: en los últimos cinco años los alumnos de educación básica y media han crecido con una enorme dependencia del celular. La tecnología en general se ha vuelto parte central de la vida de niños y jóvenes en estos niveles educativos. Según el Informe Jóvenes en México 2026, desarrollado por la Fundación SM México, alrededor del 70% de jóvenes encuestados considera la tecnología como parte central de su vida cotidiana. Además, sobre los hábitos de consumo, el informe indica que el 78.9% de los jóvenes dedica tiempo a ver regularmente videos en YouTube o TikTok, apuntando así a contenidos sencillos y de corta duración. Otras redes sociales, como Facebook o Instagram, también ocupan un alto porcentaje del tiempo en pantalla con un 76% de uso regular por parte de las juventudes.

Así, esta medida, me parece, atiende a una problemática que lleva años fraguándose. Las nuevas generaciones, las que están apenas en el nivel básico de educación, nacieron ya con un celular en la mano. Ya para uno, que estudiaba la secundaria en 2018, era normal llevar el celular a la escuela, si bien no estaba tan normalizado utilizarlo en el salón de clases.

En lo personal, mis años primarios de educación no estuvieron tan marcados por el uso del celular; la tecnología ya estaba presente en las aulas, pero no teníamos un celular en mano a cada momento. Fue hacia la secundaria, con un gradual aumento de la autonomía y la naciente vida social fuera de la escuela, cuando el celular se volvió parte central de mi vida. Aún no estaba del todo permitido, e incluso recuerdo que el hecho de tenerlo fuera de la mochila, sin usarlo, ya era meritorio de castigo. Ahora, con una generación aún más metida en el mundo digital, no es para nada sorprendente pensar que esto puede estar afectando a la convivencia dentro del aula, al punto de que se tomen medidas como esta regulación.

Foto: Lupebelmonte-cathopic.

¿Por qué regular el uso de dispositivos digitales es apenas la punta del iceberg?

Como mencionábamos anteriormente, el mayor uso que se le da al celular por parte de los jóvenes es en medios audiovisuales de formato corto. Estos formatos permiten al espectador consumir mucha información contenida en menos de un minuto, y eso tiene una implicación fuerte en la calidad y duración de la atención en niños y jóvenes. Esto afecta directamente a cómo se está educando a los estudiantes en el aula, pues resulta más retador para el docente lograr mantener su atención; además, el uso del celular en clase afecta la manera en que se retiene información, dificultando el aprendizaje.

Por otra parte, también vale la pena mirar cómo se relacionan los estudiantes con sus pares, particularmente a partir de las redes sociales. Aquí surgen algunas preguntas: ¿qué tanto puede influir en un niño la presión de compararse con celebridades o influencers que ve todos los días en las redes sociales? ¿Cómo esto puede orillarlo a querer cumplir estándares y prácticas que no necesariamente le son beneficiosas, y cómo esto, a su vez, afecta en el cómo se relaciona con sus compañeros?

El aislamiento como una reclusión en lo digital es otro factor importante que debe considerarse. Según el Informe Jóvenes, tan sólo el 38.9% de jóvenes encuestados considera los vínculos afectivos como «muy importantes» o «importantes». Esto refleja un cambio sustancial en la manera de convivir dentro del salón de clases que hay que atender, no sólo desde el aula, sino de la práctica diaria del estudiantado. Estos números, aunque no den la imagen completa de cómo se relacionan los adolescentes, sí da cuenta de que quizá las relaciones interpersonales presenciales ya no tienen tanto peso en sus vidas. Es decir, el mundo digital abre la posibilidad a relacionarse con una persona que no se ve, que no está presente físicamente; no quiero decir que las amistades con las personas físicas ya se hayan dejado de lado, pero la manera en que nos relacionamos con las redes sociales hace mucho más fácil abstraerse por horas en el celular. Esto puede empezar a explicar que a los estudiantes les cueste prestar atención a clases y prefieran usar su celular.

Desde la pandemia identifico que la digitalización se volvió la norma. Quizá la cuarentena de 2020 sólo hizo más visible un cambio de paradigma que se venía dando desde la década pasada. Las clases virtuales, con su gradual transición a la modalidad mixta (con la mezcla presencial–virtual), naturalizaron aún más el uso de celulares y computadoras en los salones. Si, como decía más arriba, estaba completamente prohibido siquiera tenerlo en el bolsillo del pantalón, la pandemia obligó a ceder en ese sentido; el celular ahora se convierte en una herramienta indispensable para completar tareas, seguir las clases e incluso hacer investigaciones en proyectos finales. Por lo menos así lo experimenté yo: los profesores no podían prohibir el uso del celular, pero podían intentar fomentar una atención activa. No obstante, este esfuerzo se veía afectado a su vez por los intentos institucionales de modernizarse, de digitalizar las plataformas educativas y entregas de tareas y calificaciones.

Con esto, los alumnos cargaban con el celular como si se tratara de otro útil escolar, excepto que este útil escolar tiene demasiados usos, y resulta mucho más cómodo aprovecharlo para ver videos y scrollear que como herramienta de aprendizaje genuino. Este esfuerzo por modernizar los sistemas de entregas de tareas y calificaciones termina por ser contraproducente, pues abre la puerta a una problemática que en principio se da fuera del aula. La cuestión de fondo no queda resuelta con la regulación de celulares en la jornada escolar. Si bien ayuda a fomentar un mejor desarrollo cognitivo y creativo de los estudiantes, el uso del celular es indiscriminado durante el resto del día, una vez que termina el horario escolar. El hecho de que un estudiante tenga dificultad para poner atención en clase, y en su lugar prefiera ver su celular, nos habla de las prácticas cotidianas que estos llevan en su vida fuera del aula. Parece entonces que se trata de un problema al que la escuela solamente puede reaccionar de manera tardía; lo único que puede hacer en este caso el profesor es adecuarse a ese uso excesivo de sus estudiantes. Pero, claro, eso no funciona ni para aprender a largo plazo, ni para que puedan formar un sentido de comunidad fuerte.

Es difícil hacer un diagnóstico de lo que pueden hacer las escuelas para evitar esto; parece, sin embargo, que esta nueva regulación es un paso en la dirección correcta hacia un uso más responsable de la tecnología.

Pienso que lo que haga cada alumno fuera de clase ya no está al alcance de las escuelas, aunque se puede fomentar a una educación en casa que no dependa tanto de la tecnología. Se me ocurre, por ejemplo, un fomento a la lectura por gusto; además, las tareas en casa y plataformas internas de cada escuela deben dejar de ser exclusivamente digitales. Es decir, ayudar a los adolescentes a desarrollar las herramientas de comprensión y escritura que se han deteriorado con los usos del celular. Por último, me gustaría señalar que, si bien es legítima la preocupación por el celular en las aulas, esto nos habla de cómo nos relacionamos todos con éste.

Los niños y los adolescentes de educación básica están inmersos en él porque también nosotros lo estamos; ya se ha vuelto tan natural que ni siquiera se cuestiona el porqué un alumno en estos niveles necesitaría un celular para sus clases. Quizá habría que mirar cómo cada vez es más necesario en nuestras vidas, al punto de que se vuelve una extensión de nosotros.

El acompañamiento en las primeras indagaciones en internet también ayuda a no perder el rumbo de lo que los niños y los jóvenes consumen; es especialmente importante que tanto escuelas como padres de familia comprendan que las nuevas generaciones nacen prácticamente en medio del ambiente digital. Esto, con el objetivo de permitirles apoyarse de los recursos que tienen a la mano, pero sin perder de vista el contacto humano y el aprendizaje análogo.

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