La sección PreTxtos comparte materiales que puedan convertirse en instrumentos para llenar de contenido las preguntas, nuevos vocabularios y expresiones alternativas de la dimensión religiosa de nuestra comunidad cargada de pluralidad y diferencia, donde lo importante ya no son los dogmas, sino los interrogantes, la búsqueda, la indagación, la apertura, los tanteos y los descubrimientos en un mundo de incertidumbres, pero en un suelo común: la búsqueda de experiencias profundas de humanidad. Esta iniciativa nace del trabajo colaborativo de un grupo de académicos del ITESO que, desde distintas áreas del conocimiento, comparten la inquietud por pensar y nombrar esas experiencias profundas de humanidad y que compartiremos con nuestra comunidad lectora una vez al mes.
La propuesta de este texto es aproximarse a la construcción conceptual del entramado de términos que conforman la expresión experiencias profundas de humanidad, para reconocer en la formalidad de los conceptos, no sólo en el uso cotidiano del lenguaje, sino cómo lo que subyace a sus términos estaría a la base de las creencias religiosas que, desde una perspectiva inmanente, centrada en lo humano, ayudan a las personas a organizar su universo simbólico y a construir respuestas a la pregunta por el sentido de la vida.
Cuando un grupo de colegas de distintas tradiciones religiosas nos reunimos convocados por Alexander Satyrka, S.J., puso sobre la mesa el concepto experiencias profundas de humanidad, como una especie de intuición para nombrar «algo» que tiene que ver con las búsquedas de las personas por ubicarse en el mundo. El concepto no tenía todavía contenido claro, así que nos dedicamos a construir el entramado del mismo en un proceso de diálogo reflexivo.
El diálogo entre creyentes de distintas religiones no es nuevo. A veces ha ocurrido como encuentro, pero una buena cantidad de veces este acercamiento ha aparecido como encontronazo. Las creencias se sitúan en la hondura de las experiencias que dan sentido a la vida, o que se convierten en un entramado de explicaciones que ayudan a entender el papel de los seres humanos en el mundo, a resolver preguntas de carácter existencial, tales como el lugar de dónde venimos o hacia dónde nos dirigimos. Además, estas creencias tienen un papel central en la posición que se adopta ante la contingencia y las situaciones límite como la muerte, el dolor, el sufrimiento o la disolución de los proyectos. A diferencia de la reflexión filosófica, las creencias no necesitan primariamente argumentarse, aunque cuando se someten a la crítica pueden transformarse en ideas debatibles. Una distinción importante es que las creencias tienen una fuerte carga de emocionalidad vinculada con la identidad; pues mientras que las ideas se construyen como representaciones mentales de algún aspecto de la realidad, y pasan por la búsqueda de objetividad o al menos de correlación entre lo pensado y el ser pensante; en las creencias se nace como reconoce Ortega y Gasset en su ensayo Ideas y creencias.
Los encuentros entre creyentes con distintos marcos creenciales ocurre en el plano de la vivencia donde confluyen prácticas, rituales sociales y discursos diferenciados. Estos contactos están atravesados por las emociones y por tanto por cierta certeza –en la percepción personal- que puede expresarse como rigidez por lo que se cree; sobre todo en los primeros encuentros entre creyentes. Así la ruptura del hilo delgado del contacto puede dar lugar a la confrontación desde la suposición que se está en la posesión de la verdad.
Esta suposición de que aquello que se cree es la única verdad, se encuentra presente en todos los sistemas de creencias y forma parte de su identidad. Se trata de propuestas que adquieren un carácter de planteamientos morales de máximos, donde su seguimiento podría garantizar alcanzar un cierto nivel de perfección o de vida virtuosa. Sin embargo, el diálogo sobre las creencias vivido al interior de estas visiones endogámicas genera discursos circulares que difícilmente logran entrar en el universo de sentido de otro sistema de creencias. Pero, cuando se reconoce esta perspectiva y la validación universal de las creencias se coloca entre paréntesis, se abre la posibilidad de reconocer al otro como interlocutor para escucharlo, lo que permite ganar en la construcción del reconocimiento del otro como sujeto, y darle espacio como interlocutor válido respecto a los temas y preocupaciones comunes sobre los que se pueden colocar las creencias como perspectivas de explicación a los mismos.
Ante una situación que pareciera cerrada, buscar puntos de contacto puede ser una salida a la conflictividad que tienen los sistemas de creencias cuando se presentan como absolutos. En tal perspectiva plantearnos, ¿qué hay a la base de las creencias religiosas? es un reto. La formulación de la pregunta puede dar la impresión de una respuesta rápida y sencilla. Eso es apariencia, porque en la raíz se localiza un conjunto de consideraciones experienciales que ayudan a las personas a organizar su universo simbólico y a construir respuestas a la pregunta por el sentido de la vida. Pero, si lo que aparece en las creencias es lo humano vivido como experiencia interpretada, podemos suponer que lo que hay a la base como cimiento de las creencias religiosas son las experiencias de lo humano. Ya Terencio -hacia el año 165 a. C.- señalaba esta preocupación por lo humano a partir de la expresión de Cremes «Soy hombre y no considero como ajena la preocupación de ningún hombre», que suele plantearse de manera sintética como «soy hombre y nada de lo humano me es ajeno». En ella, sugiere la empatía emocional con las razones de los otros. Hay que señalar que el término hombre es usado como un concepto universal y por tanto abarcativo.
Como puede observarse, se ha dejado de lado en el planteamiento anterior la discusión sobre la divinidad y lo que suele vincularse a ella, como las burocracias religiosas, los textos y acciones sagradas o los mandatos para orientar la vida. La intención es responder a la pregunta, ¿qué hay a la base de las creencias religiosas? desde una perspectiva inmanente, centrada en lo humano, a lo que se ha dado en nombrar experiencias profundas de humanidad. El texto que presento es una aproximación a la construcción conceptual de un entramado de términos que tienen sentido en sí mismos, pero que, al colocarse en diálogo entre ellos, dan cuenta de algo distinto. Se trata de un neologismo para señalar lo básico, el elemento nodal de la experiencia religiosa, mística o espiritual.
Los conceptos implicados en este ejercicio son experiencia, profundo -de donde deviene profundidad- y humanidad. No existen referencias bibliográficas como suele estilarse en los textos académicos dado que es una construcción propia. Las pocas que se consignan tiene que ver con precisar el contexto de la discusión o invitar a profundizar en el análisis.
El concepto experiencia está asociado a las vivencias, es decir, tiene referencia a la situación vital de quien las experimenta. Las experiencias pueden ser fugaces o repetidas, sin embargo, dado que la comunicación de éstas se encuentra vinculada con la interpretación del sujeto que las vive, su valoración no depende de la durabilidad, sino de la intensidad y del sello que deja en su historia personal. De ahí que la permanencia de la experiencia tiene a su base la intensidad de la vivencia. Con ello, el concepto experiencia se complejiza para transitar de su sentido común que señala haber vivido o estado presente ante algún acontecimiento o incluso la pericia requerida al realizar una acción; para señalar un conocimiento básico -no por lo simple sino por lo fundamental- que incide en la percepción de la vida misma, con lo que la experiencia transita de un momento considerado fundamental, a convertirse en fundamentante. En ese momento, la experiencia se convierte en horizonte de comprensión y componente vital del sentido que se construye. Y al ser fundamentante se formula como clave para entender la historia, no sólo el presente y el futuro, sino el pasado antes de tener tal vivencia. Algunos ejemplos dan cuenta de ello. El autor del Salmo 139 ante la novedad de observar al recién nacido puede decir de sí mismo “cuando en lo oculto me iba formando tu conocías mis días”.

El segundo concepto es la palabra profundo, que se opone a superficial. Lo profundo es aquello que está en el fondo, en el lugar donde se asientan las cosas. Ir a lo profundo es tratar de ubicar los cimientos, lo que sostiene y da consistencia al edificio, o a aquello que se construye, sean ideas, perspectivas, proyectos o viviendas. No se trata de andamios por más fuertes que sean, dado que los andamios son provisionales, son apenas referentes para construir la obra. Lo profundo va más allá de lo provisional. Una característica de lo profundo es que alude a lo que está distante, que poco se observa si no es con detenimiento y paradójicamente, al mismo tiempo, siempre está presente. Así ocurre una tensión en el concepto profundo, al aludir a lo básico, a lo que da consistencia, pero al mismo tiempo distante y presente. El reconocimiento de lo profundo entonces requiere de trabajo para entrar en él, de sumergirse o de ir más allá para superar el acercamiento que ocurre desde los bordes de la cavidad que deja la vivencia, que se asume como evidencia de su existencia. Pero no basta reconocer la existencia de lo profundo, se requiere ir hacia este fondo de manera constante, el concepto entonces da origen a la búsqueda de profundidad. Así, profundo y profundidad se convierten en evidencia de la tensión y el movimiento para ir hacia ella. No para enfrentarla, sino para asumirla. La experiencia de Agustín de Hipona relatada en las Confesiones -más allá de su interpretación religiosa- puede ser un ejemplo de cómo constata la relación entre experiencia y lo profundo: “Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba, y deforme como era me lanzaba sobre las cosas hermosas por Ti creadas”. De acuerdo con la vivencia de Agustín la experiencia ha sido compleja. El eje de la experiencia ha sido la búsqueda, el movimiento está caracterizado por dar vueltas hacia afuera. Ahí aparecen múltiples notas de la realidad que son atractivas, pero sólo vestigios de algo mayor que se supone fundamental. Por eso Agustín se equivoca al no mirar hacia lo profundo, sino ir de experiencia en experiencia, es decir de “cosa hermosa” a otra “cosa hermosa”, sin atinar a reconocer la profundidad sino hasta que está en el borde. El movimiento se trastoca al ubicar el borde, así aparece la suposición de lo profundo al que se va a partir de ganar en profundidad. La comunicación de esta vivencia/experiencia no se agota en el lenguaje y ahí el silencio creativo es también comunicación de humanidad. La narración de este equívoco permite a Agustín mostrar que la búsqueda desde el interior es clave en la apertura a la trascendencia.
El concepto humanidad ha sido abordado en muchos campos del conocimiento. No pretendo aquí hacer un planteamiento teórico sino ir al sentido del término que está asociado a humanus. Humanus/humano es un adjetivo que se atribuye a un ser con características específicas. Al ser adjetivo, lo humano se dice del sustantivo ser humano, de aquel que, entre las muchas características, entre ellas la capacidad de la razón comunicativa, comunitaria, complementaria e histórica. Y aunque parezca un juego de palabras el sustantivo ser humano se comprehende lógicamente en el adjetivo humano. Y al pluralizarse el sustantivo humano da origen al término humanidad. Ahora bien, más allá de la racionalidad, ¿a qué se alude con el término humanidad? En principio y sin agotarlo, alude al género humano o a la corporalidad, pero en un nivel distinto a cualidades que se presentan como carácter distintivo y entre las que se encuentran la fragilidad, la vulnerabilidad, la sensibilidad, la compasión, el afecto, la empatía, el altruismo, la misericordia, entre otras. Pero también el conflicto, la división, la inconsistencia, la rigidez, la capacidad de hacer el mal. Un concepto de humanidad que reconozca estas tensiones tendría su mejor expresión en la incorporación de éstas como reacciones a las búsquedas de sentido, porque la búsqueda de sentido es una cuestión existencial. La diferencia es que, con esta forma de observar las cosas, el sentido no es de suyo trascendente sino inmanente. Se encuentra en el horizonte vital donde ocurren las experiencias que se consideran profundas sobre nuestro modo de ser humanos o de hacernos humanos.
Una vez planteadas estas distinciones, construir el concepto experiencias profundas de humanidad transita por integrar los componentes analizados.
En primer lugar, el concepto experiencias de humanidad alude al elemento común compartido de lo humano, alejado de visiones únicas al señalar como eje las experiencias-vivencias, que son leídas como interpretación de las búsquedas con las que la persona humana trata de llegar a lo profundo de sí, lo que deriva en alcanzar una profundidad-interiorización que, en lugar de limitar, amplía el horizonte de posibilidades de ser y estar en el mundo. Es el horizonte donde se nos revelan -en el sentido de descorrer el velo- los distintos sentidos que tiene nuestro paso por el mundo. No uno, sino múltiples sentidos sobre los que podemos configurar la vida. Sin embargo, esas posibilidades de sentido no están en el exterior como fuera de este mundo, sino en el interior de nosotros, o dicho mejor, en el interior de la humanidad que caminamos buscando.
¿Dónde queda lo religioso, las creencias religiosas frente a las experiencias profundas de humanidad? No se pierden, sólo toman su lugar dependiendo la vivencia de los sujetos -creyentes o no – respecto a lo que significa ser humano. Son referentes que algunos asumen como fuertes y otros como débiles, pero como mediaciones son invitación a profundizar en las propias búsquedas. Esto implica rupturas, construcción de andamiajes provisionales, cambios o ajustes en las rutas, visualización de nuevos trayectos, construcción de formas de vivir.
No se puede dejar de lado la característica de lo humano que es la complementariedad. No sólo como en algunas antropologías suele presentarse al aludir a la complementariedad del hombre y la mujer. Aquí quiero resaltar el carácter complementario que las distintas perspectivas sobre lo humano tienen, independientemente si su referente central es creyente o no.
La característica de esta construcción conceptual sobre las experiencias profundas de humanidad es su perspectiva de flexibilidad por su carácter multifacético donde las experiencias pueden abordarse desde distintos campos, además de la propia hermenéutica que da sentido a la vivencia de la persona en lo individual. Así podrán coincidir o no, concepciones antropológicas; vínculos con la literatura, las artes y la creación artística; expresiones religiosas, cultuales o búsquedas espirituales o de sentido; todas ellas como experiencias que se expresan en discursos y prácticas éticas y sociales; así como reflexiones sobre la sociedad, sus transformaciones y su impacto en la configuración de formas de convivencia.






