
La exploración de la identidad personal y la autenticidad se ha convertido en un faro en un mundo que a menudo nos empuja a la homogeneidad, entre la influencia de la cultura de masas y el deseo de aceptación social. Nacemos únicos e irrepetibles, portadores de una esencia individual que nos distingue. Sin embargo, a lo largo de nuestro desarrollo, la innata necesidad humana de pertenencia puede llevarnos a un camino de mimetismo, donde las diferencias se ocultan y la persona corre el riesgo de disolverse en la masa.

Cuando pienso en la palabra experiencia, me remito en primera instancia a una percepción multisensorial; es decir, aquello que no sólo es aprehendido por la razón, sino que involucra además la sensación de alguno o varios de los sentidos: Vista si se relaciona con alguna imagen.

Una experiencia profunda de humanidad no puede ser individual: es siempre colectiva y, por lo tanto, política. Así lo recuerdan las consignas feministas al afirmar que «lo personal es político», incluso cuando lo personal se vincula con la mística.

En un tiempo en donde el adjetivo de «humano» se ha diluido a tal grado que corremos el riesgo de que entonces ya nada lo sea, preguntarse por aquellas experiencias que posibilitan y delimitan lo humano no se reduce a un mero ejercicio académico o interpretativo.

En un tiempo en donde el adjetivo de «humano» se ha diluido a tal grado que corremos el riesgo de que entonces ya nada lo sea, preguntarse por aquellas experiencias que posibilitan y delimitan lo humano no se reduce a un mero ejercicio académico o interpretativo.