A 100 años de la Guerra Cristera, las dos caras del callismo

«La política anticlerical habría de ser en medida gigantesca la obra personal de Plutarco Elías Calles», han afirmado los académicos de El Colegio de México Rafael Segovia y Alejandra Lajous en el tomo 12 de la Historia de la Revolución Mexicana, coordinado por Lorenzo Meyer.

En mi opinión, esa política parece formar parte de la estrategia de Calles para distanciarse del caudillo Obregón y, a la postre, quedar como el Jefe Máximo de la Revolución, y no necesariamente se contrapone a la construcción del modelo de desarrollo económico que impulsó el llamado «el Turco».

En su biografía sobre Álvaro Obregón, publicada por Crítica en 2024, el académico de El Colegio de Sonora, Ignacio Almada Bay, llama la atención de que el conflicto entre el gobierno y la Iglesia católica se había «iniciado en el tercer mes de gobierno de Calles, el 21 de febrero de 1925 con la toma violenta del templo de La Soledad, profanándolo, por una fuerza de choque cromista que contó con el apoyo gubernamental, para crear la Iglesia Católica Mexicana, una iglesia cismática».

El egresado del doctorado de El Colegio de México, Almada Bay, gracias a la información que le da su relación familiar con el general Obregón, nos revela que esta medida «fue reprobada de manera inmediata y explícita por Obregón en un mensaje reservado al Presidente Calles».

La otra cara del callismo está situada en su política económica —como lo señala Enrique Krauze en la revista Letras Libres de septiembre de 2025—: «el gobierno de Plutarco Elías Calles lanzó una ofensiva económica sin precedentes: una revisión radical de la legislación… la fundación del banco central; la creación de la Comisión Nacional Bancaria; la renegociación de la deuda pública; … formidables ahorros, ortodoxia financiera y presupuestal; un plan nacional de salubridad; rehabilitación de los ferrocarriles; creación del Banco Nacional de Crédito Agrícola; creación de la Comisión Nacional de Caminos y la Comisión Nacional de Irrigación; impulso al comercio exterior; la industrialización, la colonización y la educación agrícola…». Todo ello trabajado por el talento de don Manuel Gómez Morín, el que después sería Rector de la Universidad Nacional y fundador del Partido Acción Nacional, una vez que abandonó a Calles a finales de 1928.

Archivo Dominio Público

Como secretario de Gobernación del presidente Obregón Salido, Plutarco Elías Calles siempre estuvo al tanto de la posición de su jefe frente al conflicto religioso generado por el carrancismo. Supo de primera mano que el general invicto decidió devolver la totalidad de los templos confiscados entre 1914 y 1919.

Quizás desde entonces Calles se dio cuenta de que el futuro de su relación con Obregón y su inevitable rompimiento tenía que resolverse desde su posición de conflicto con la Iglesia católica. Era una salida complicada y hasta macabra.

Al decreto que reglamentó el artículo 130 constitucional, fechado el 2 de julio de 1926, y que entraría en vigor el 31 de julio de 1926, el historiador Ignacio Almada apunta: «se sumó el apoyo abierto a los cismáticos. El gobierno de Calles buscaba acabar con la tolerancia tácita que había facilitado la coexistencia entre el Estado y la Iglesia».

En cambio, desde agosto de 1926, como bien señala Almada Bay, al mes siguiente de la suspensión del culto «el expresidente Obregón había contactado a varios obispos».

Ya en 1927, cuando el general Obregón había decidido reelegirse, las posiciones de los personajes eran totalmente opuestas. Mientras don Plutarco ya llevaba en su contabilidad 29 sacerdotes fusilados o colgados, el biógrafo del caudillo anota que éste recibía «el 13 de octubre de 1927 en su casa de Nogales, Sonora, rodeada de corresponsales a Thomas E. Molloy, Obispo de Brooklyn», con el propósito de conversar «acerca de la posición del Vaticano sobre el conflicto religioso en México y la postura del gobierno».

Para 1928, en medio del enfrentamiento de los partidarios de la reelección del general con los militantes de la CROM de Morones —quien también aspiraba a la silla presidencial, se cuenta en la biografía escrita por el académico de El Colegio de Sonora—, que «el candidato Obregón había confiado al Secretario de Guerra, el general Amaro, que no estaba de acuerdo con la política religiosa de Calles y que había iniciado gestiones para arreglar el conflicto con la Iglesia por medio de Portes Gil».

El doctor Almada Bay nos obsequia, en su biografía sobre el general asesinado, una revelación sorprendente: el mismo día del atentado que acabaría con su vida, martes 17 de julio de 1928, Obregón acudió a Palacio Nacional a conversar con Calles. Éste le pidió continuar la plática al día siguiente por cuestiones de agenda. Luego, el candidato «acudió al banquete para caer abatido por nueve balazos a las 14:20 horas. En una bolsa del saco, Obregón llevaba unos apuntes para concluir el conflicto religioso».

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