
La manera de construir conocimientos a partir de experiencias aparentemente descomplejizadas es diametralmente opuesta a la de los adultos nacidos durante la segunda mitad del siglo XX.

En un tiempo en donde el adjetivo de «humano» se ha diluido a tal grado que corremos el riesgo de que entonces ya nada lo sea, preguntarse por aquellas experiencias que posibilitan y delimitan lo humano no se reduce a un mero ejercicio académico o interpretativo.