La sección PreTxtos comparte materiales que puedan convertirse en instrumentos para llenar de contenido las preguntas, nuevos vocabularios y expresiones alternativas de la dimensión religiosa de nuestra comunidad cargada de pluralidad y diferencia, donde lo importante ya no son los dogmas, sino los interrogantes, la búsqueda, la indagación, la apertura, los tanteos y los descubrimientos en un mundo de incertidumbres, pero en un suelo común: la búsqueda de experiencias profundas de humanidad. Esta iniciativa nace del trabajo colaborativo de un grupo de académicos del ITESO que, desde distintas áreas del conocimiento, comparten la inquietud por pensar y nombrar esas experiencias profundas de humanidad y que compartiremos con nuestra comunidad lectora una vez al mes.
El texto busca definir la expresión experiencias profundas de humanidad, desglosando y ahondando en cada uno de sus tres componentes o etiquetas verbales, y no dar por sentado un significado genérico u objetivo de ellas. Así, al tratar particularmente la etiqueta «humanidad», se abundará en el medio social en que el humano habita, y algunas razones del porqué éste es un obstáculo para dicho tipo de experiencias.
Experiencia: emoción subjetiva
Cuando pienso en la palabra experiencia, me remito en primera instancia a una percepción multisensorial; es decir, aquello que no sólo es aprehendido por la razón, sino que involucra además la sensación de alguno o varios de los sentidos: Vista si se relaciona con alguna imagen. Oído, si involucra a alguna frecuencia sonora. Olfato, si tiene algún olor particular. Gusto, si lo es relativo a algún sabor, y táctil si conlleva una sensación sensorial en alguna parte del cuerpo físico o en la piel.
Sin embargo, lo más decisivo es la presencia de la emoción; es decir, no sólo se involucra entonces a la mente a través de la razón, o el físico, a través de los sentidos, sino a las emociones a partir de la vivencia de una o varias de ellas, ya sean éstas catalogadas social o moralmente como buenas o malas. Me refiero a una gama de emociones que van desde la paz, el amor, y el gozo, hasta el dolor, el sufrimiento, la envidia, o el odio.
Otra característica integrada en el vocablo experiencia, es su subjetividad. La experiencia es personalísima; es decir, inherente al sujeto, a la persona y no a un colectivo. Más adelante volveré a este término (persona-sujeto) cuando analice la etiqueta verbal «humanidad». Vale aquí decir, que si bien una experiencia puede ser experimentada por varios sujetos a la vez, incluso en el mismo tiempo y espacio, la proyección individual de su «esquema de pensamiento» o «cosmovisión» hará que su vivencia se base en dicho esquema, por lo que su percepción del evento no será necesariamente igual a la de otra persona.
El esquema de pensamiento involucra una infinidad de elementos que la hacen única -aunque similar a otras según se comparta la cultura, la educación, etc.-. Desde la tradición védica, de donde se deriva el budismo, el esquema de pensamiento se forja no sólo de sus experiencias en esta vida, sino en las de vidas previas. Las menos, de carácter consciente, y las más, de tipo inconsciente -olvidado o programado-, que generan esa particularidad de cara a cada sujeto.
Ese acumulado de experiencias previas así descritas – y que en estas tradiciones se les denomina comúnmente «karma»- son determinantes para que la experiencia presente, se advierta en una persona de manera diferente a otra. Incluso si lo que se busca o practica es para alcanzar o lograr una experiencia concreta de acuerdo con una metodología específica, dicho logro se podrá dar en momentos muy distintos entre unos buscadores y otros, precisamente por ese acumulado previo. Incluso podría darse de manera aparentemente espontánea, sin serlo.
Un ejemplo de lo descrito en el párrafo previo puede ser cuando se busca una experiencia mística de unificación a través diversas herramientas o formas, como la meditación, la práctica de Kriyas, rituales, o el consumo de sustancias psicoactivas. La experiencia que cada uno tendrá dependerá entonces de los contenidos internos -en forma de esquemas de pensamiento y de karma- de cada persona.
Profunda
Esa experiencia descrita antes diré que, esencialmente es «neutra»; como todo antes del otorgamiento de un significado, ya sea social o individual; sin embargo, para efectos de la expresión en cuestión: «Experiencias profundas de humanidad», partiré de esa neutralidad para definir el vocablo profundo.
Lo profundo entraña una extensión o abarcamiento mucho mayor que el de una mera superficie. Por tanto, el universo abarcativo de la palabra alude a una experiencia que no se queda únicamente en un solo o pequeño espacio, sino que se expande. La experiencia profunda es entonces una experiencia expansiva. Pasa lo mismo con el tiempo: esta experiencia de profundidad si bien se da en un momento puntual, no se constriñe al mismo, sino que permanece en el tiempo.

Por ello, si es profunda, es transformadora; es decir, no se contenta con generar un simple cambio en la o el sujeto que la experimenta, sino que lo transforma. Primero internamente, y en ocasiones, dicha transformación puede apreciase externamente. La «oruga», ya no se siente más una oruga, ahora ha mutado, ahora, es una mariposa.
Humanidad
Finalmente, queda abundar en el vocablo humanidad. Ese concepto tan «explicado» ya, tan «manoseado», tan cargado de significados, algunos descubiertos, otros programados por un contexto social e ideológico que nos «dicta» quiénes somos, sin dar lugar a cuestionárnoslo.
Ese ser que tiene una experiencia, que es profunda, es «humano». Explicito aquí mi perspectiva antropológica, como una forma de comprender lo humano, diciendo que se trata de un «ser espiritual» que experimenta una existencia temporal encarnada en un cuerpo físico. Si así fuese, entonces, su esencia u origen no es biológico, sino etérico; es decir; que no es perceptible a los sentidos físicos. Por tanto, eso que somos, es mucho más que únicamente nuestro cuerpo físico.
Considero que actualmente vale hablar de ADN para particularizar esta descripción. Es humano y no otro ser vivo con un ADN distinto, aunque similar, tal y como lo son un animal o un vegetal, con los que comparte su constitución biológica. La «versión» -por así decirlo- «etérica» de su ADN es, aunque única en su diseño, moldeable, potenciable; es decir, se puede trabajar, activar, encender -como si de un interruptor apagado se tratase- y aunque un ser humano pueda ser distinto de otro según la red de relaciones que conforme o lo conformen culturalmente, sigue teniendo el mismo ADN potencial que otro de su especie. La clave será entonces que esa red de relaciones le permita, le obstruya, o incluso le aliente a potenciar su versión etérica de ADN, para que se vaya volviendo «uno con todo», más que un individuo separado de todo y de todos.
Una experiencia profunda como aquí se ha descrito, buscaría potenciar esa versión etérica del ADN humano, para que una vez potenciado produzca más experiencias profundas en ese ser humano, hasta lograr la última experiencia profunda posible según la tradición védica: La unificación con el todo, que es la nada.
Sin embargo, lo que también se aprecia, es que la conformación social que los humanos hemos generado y perpetuado dista mucho de alentar estas experiencias profundas. Todo lo contrario, busca experiencias de superficie, que gratifiquen momentánea o temporalmente lo sensorial, lo mundano, generando una suerte de adicción, de inmediatez que se torna en apego. Y así, ese «potencial» humano de alcanzar la unificación, se vuelve distante, poco posible de lograr; y dada la máxima de: «lo correcto o lo bueno es lo que hace la mayoría de las personas», poco creíble.
Otro elemento que juega en contra de la generación de estas experiencias profundas en la sociedad actual es el uso que le damos al tiempo.
El tiempo es la moneda de cambio de quienes controlan en todos los sentidos la manera de vivir en este planeta. El tiempo es un recurso indispensable, junto con la disposición, para lograr una experiencia profunda de humanidad. Mientras estamos distraídos en múltiples cosas, entre ellas, la básica manutención personal y familiar para tener un mínimo de vida digna, no generamos las condiciones necesarias para gestar una experiencia profunda de humanidad. La atención invertida en el uso de los dispositivos electrónicos, es otro ejemplo de utilización del tiempo que dista de permitirlas.
Por tanto, en nuestro mundo actual, generar una experiencia profunda de humanidad, ya es, en un cierto sentido, ser «rebelde», desafiar a un sistema que nos arrebata el interés, la intención y el tiempo para gestarla.
Que dichas experiencias profundas, puedan ser, valga la redundancia, «experimentadas» por otros seres con un ADN no humano, no lo sé. Finalmente, la lente que esto escribe es humana. ¿Cómo podría hablar por la experiencia de otra lente?






