«Te pido que me concedas sabiduría de corazón».
JULIO
- 1 Reyes 3, 5.7–12
- Salmo 118, 57.72.76–77.127–128.129–130
- Romanos 8, 28–30
- Mateo 13, 44–52
§ Este domingo las lecturas nos invitan a conectar con nuestro deseo. ¿Qué estoy buscando? ¿Qué determina mi existencia? Sin saber lo que buscamos, es difícil que entendamos la dinámica del Reino que Jesús nos propone. Porque Jesús compara el Reino con tres personas que buscan algo: un tesoro escondido, una perla muy valiosa y una pesca abundante. Ellas saben dar su valor a cada cosa, pero aquello que buscan es tan valioso que, al encontrarlo, todo lo demás se relativiza. ¿Por qué vale la pena abandonar todo? ¿Qué hay en mi vida hoy que da sentido a mis días?
§ La imagen de los pescadores es como una advertencia. Muestra que no todo lo que se desea es bueno. Así también lo expresa la primera lectura con el deseo de Salomón, que no es la búsqueda egoísta de riqueza y dominio. Al contrario, su angustia le lleva a pedir sabiduría para gobernar. La sabiduría no es algo para sí mismo, es algo que está en función de otras personas; además, la pide porque se reconoce limitado, es decir, humano. Finalmente, está sustentada en una promesa, la que Dios le hizo a su padre y a su pueblo.
§ En sus escritos Simone Weil examina el deseo en clave mística. Ella sabe que el deseo de cosas finitas es engañoso, el único que vale la pena es el que apunta hacia lo absoluto, hacia lo divino. Ella propone que debemos educar nuestro deseo para no dejar que las pequeñas cosas ocupen el lugar del gran tesoro, de la perla valiosa.
Para poder encontrar aquello que anhelamos, es necesario educar nuestro deseo para permanecer sedientos, carentes. Si permanecemos en búsqueda, permitimos que Dios venga a nuestro encuentro para llenar de plenitud nuestro deseo. El deseo que nos conecta con Dios nace de sabernos humanos, se sustenta en su promesa y nos lleva al encuentro con los demás.







