Hablar de paz en los tiempos actuales es un ejercicio que trasciende lo conceptual, lo ético, lo político o lo filosófico. Es un anhelo que vivimos día con día y que se hace más fehaciente a partir de la realidad que enfrentamos actualmente en un país como México.
Sólo en lo que va del año hemos vivido en los planos nacional e internacional un recrudecimiento de las violencias que nos han acompañado en las últimas décadas, así como un aumento alarmante de las situaciones de conflicto armado. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en México se cometen en el país alrededor de 80 homicidios diarios, mientras que la crisis de desapariciones supera ya las cien mil personas.
Recientemente, diversos estados del país se vieron convulsionados a partir de la muerte de uno de los líderes de los cárteles más poderosos del narcotráfico, lo que, además de dejar una profunda sensación de vulnerabilidad entre la población, puso en evidencia cómo el narcotráfico y el crimen organizado se han infiltrado hondamente en distintos niveles de nuestra sociedad.
En el ámbito internacional el panorama no es más alentador; lejos de encontrar soluciones o de poner fin a los conflictos armados existentes, durante 2026 la guerra en Medio Oriente se ha convertido en un ejemplo claro de cómo la tensión ha escalado a nivel mundial. De acuerdo con el Mapa Global de Conflictos, existen actualmente entre 45 y 50 situaciones armadas en todo el orbe, lo que convierte los tiempos actuales en uno de los más convulsos desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
No quisiera dejar de mencionar que también existen problemáticas lamentablemente cotidianas que, aunque más silenciosas y menos mediáticas, resultan igualmente preocupantes y dan cuenta de un resquebrajamiento social profundo, como lo son la trata de personas, los feminicidios y los discursos de odio, entre otras.
Ante este panorama, no basta con hablar de la importancia de la paz; necesitamos generar acciones que impulsen marcos estructurales y pedagógicos que nos ayuden a trabajar para reconocer, crear y reconstruir entornos relacionales y convivenciales que, sin desconocer los conflictos inherentes a los procesos humanos, permitan encontrar caminos de encuentro en medio de los desencuentros, por más lastimosos que éstos sean.
Construir escenarios y comunidades de paz implicaría entender que se trata de un llamado a un proyecto amplio y complejo en el que se reconozcan su dimensión ética, política y pedagógica; se trabaje por el rechazo de todo tipo de violencia y se busque el desarrollo de competencias personales y sociales que nos lleven a reconocer los derechos humanos de todas las personas, a relacionarnos de manera cooperativa y respetuosa, y a visualizar formas alternativas para afrontar los conflictos.
En este escenario, el deporte se presenta como un ámbito que inherentemente puede reflejar, por un lado, estructuras de desigualdad, de violencia y de discriminación que históricamente se han instalado en la sociedad, constituyéndose, en este sentido, como un reflejo de aquello que se vive y se transmite de manera simbólica en los campos de juego. Pero también resulta una vivencia altamente poderosa para encarnar, en contraste, muchas de las virtudes humanas, tal como lo expresó el papa Francisco durante la Cumbre Internacional «Deporte para todos», celebrada en el Vaticano en 2022: «La Iglesia está cerca del deporte, porque cree en el juego y en la actividad deportiva como lugar de encuentro, de formación de valores y de fraternidad».
Hoy tenemos la gran necesidad de una pedagogía de la paz, como precisó el papa Francisco, «de fomentar una cultura de la paz, partiendo de las relaciones interpersonales cotidianas y llegando a las relaciones entre pueblos y naciones. Si el mundo del deporte transmite unidad y cohesión, puede convertirse en un formidable aliado para construir la paz». De esta manera, resaltó de forma clara cómo el deporte puede ser un símbolo de unidad para la sociedad en la medida en que es una experiencia capaz de generar integración, cohesión y enviar un mensaje de concordia y paz.
El deporte está presente en casi todos los territorios humanos. Se juega en las calles, en los barrios, en los patios de escuela, en grandes estadios y en rincones donde las condiciones de vida parecen invitar a la desolación. Tiene la capacidad de mover cuerpos, voluntades, emociones e identidades; reúne a personas que, en otras situaciones, difícilmente coincidirían. En este sentido, aparece como una de las actividades humanas con mayor capacidad para convocar al encuentro; por ello, reconocer al deporte como un crisol donde las personas, independientemente de sus creencias, tradiciones, orígenes o valores, pueden congregarse de manera armónica, no es casual.
Desde un punto de vista social, es considerado más que una simple actividad humana; es todo un fenómeno social que no sólo convoca a quienes lo practican, sino también a un sinnúmero de personas que, como aficionados y espectadores, permanecen atentos a lo que ocurre con sus equipos y figuras deportivas. Constituye un instrumento en el que se proyectan deseos, anhelos, alegrías e identidades. No en vano los deportistas se han convertido en referentes no sólo de una disciplina deportiva, sino en voces de opinión que influyen de manera significativa en la construcción de imaginarios sociales, en la configuración de valores y en la comprensión de cómo las personas habitan una vida en común.

De este modo, el deporte, además de ser una fuente de inspiración y motivación, se convierte en una herramienta con posibilidades únicas para la educación pública y la movilización social. Este potencial ha sido ampliamente reconocido por distintos organismos internacionales que han subrayado su valor como medio para el desarrollo y la construcción de paz, posicionándolo progresivamente como un campo relevante dentro de las iniciativas y estrategias orientadas a mejorar las condiciones de vida en la sociedad.
En esta misma línea, es posible identificar antecedentes significativos que dan cuenta de cómo el deporte es considerado, además, un derecho humano. En la Carta Internacional de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) de 1978, a la que han seguido diversos pronunciamientos y acciones que refuerzan su papel en la agenda global, se destaca la declaratoria por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 6 de abril como Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz, así como su creciente incorporación como facilitador clave en varios de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Así, el deporte para el desarrollo y la paz ha ido configurándose como un ámbito amplio y multidimensional, atravesado por diversos grados de experiencia que reflejan la complejidad de los desafíos contemporáneos. Desde la protección de la infancia y la promoción de entornos seguros hasta la construcción de ciudadanía y prácticas democráticas, el deporte se presenta como un espacio donde se ensayan formas de convivencia y participación. Asimismo, su potencial se extiende a la inclusión de personas con discapacidad, la atención psicosocial en contextos de desastre y el acompañamiento a poblaciones en situación de desplazamiento forzado, donde el juego y la actividad física pueden convertirse en vehículos de recuperación y reconstrucción de sentido y del tejido social. A ello se suman dimensiones como el desarrollo económico, la equidad de género, la salud física y mental, así como la sostenibilidad ambiental, que evidencian la capacidad del deporte para incidir en múltiples esferas de la vida humana y social.
En esta línea, se encuentran diversos momentos en la historia que han trascendido a los tratados o declaratorias y se han hecho vida en contextos concretos, dejando huella en distintas comunidades. Probablemente uno de las más conocidas por su impacto y difusión fue la encabezada por Nelson Mandela al asumir la presidencia de Sudáfrica, en un momento profundamente sensible tras el fin del Apartheid. En medio de un país atravesado por la división y la desconfianza, Mandela encontró en el rugby algo más que un deporte; vio en él una posibilidad de enviar un mensaje de reconciliación. En el marco de la Copa Mundial de Rugby de 1995, de la cual Sudáfrica fue sede, se convocó a la población a reconocerse como un mismo equipo, a mirar más allá de las heridas históricas y a ensayar, aunque fuera por un momento, una forma distinta de estar juntos. No resolvió el conflicto de fondo, pero sí abrió algo profundamente valioso: la posibilidad de comenzar a habitar desde otra perspectiva, que mirara en clave de unión en torno a un propósito común, de reconocimiento mutuo e identidad compartida.
Existen otras iniciativas que, en años recientes, han abrazado un llamado semejante. En países como Ruanda, Burundi y República Democrática del Congo experiencias deportivas como los Friendship Games han reunido a jóvenes provenientes de comunidades marcadas por conflictos armados, generando, a través del juego, espacios de encuentro que favorecen la convivencia, la confianza y la reconstrucción del tejido social.
De manera similar, en países de Centroamérica, como Honduras y Costa Rica, la UNESCO impulsó en 2020 una campaña regional dirigida a jóvenes atletas, especialmente mujeres y poblaciones en contextos de vulnerabilidad, con el propósito no sólo de promover la actividad física, sino de visibilizar el deporte como una herramienta de empoderamiento, inclusión y construcción de paz desde lo comunitario. A través de testimonios y experiencias compartidas la iniciativa logró fortalecer el sentido de pertenencia y proyectar al deporte como un espacio de esperanza y solidaridad.
«Entender al deporte desde una perspectiva de construcción de paz requiere ir más allá de una narrativa meramente esperanzadora».
Sin embargo, más allá de estas experiencias y potencialidades, asumir que el deporte es una herramienta profundamente transformadora implica un riesgo: el de simplificar su complejidad y sobreestimar sus efectos. Si bien el deporte posee características que pueden favorecer el desarrollo social, no es en sí mismo un dispositivo de cambio. Su potencial transformador no reside únicamente en sus propiedades intrínsecas, sino en las condiciones bajo las cuales se diseña, se instrumenta y, especialmente, se vive y experimenta. En este sentido, el deporte no debe entenderse como una solución automática a problemáticas sociales, sino como un medio cuya efectividad depende de la intencionalidad pedagógica, la calidad de los procesos de enseñanza–aprendizaje que lo acompaña y, de manera muy clara, la relación que se establece con adultos significativos como entrenadores, staff técnico, padres de familia o directivos.
Por ello, entendemos que el deporte genera en sí mismo una tensión fundamental. Por una parte, puede, como ya se ha mencionado, ser un poderoso catalizador para favorecer la inclusión. Pero también puede promover la exclusión; puede contribuir a la paz, pero también puede reproducir formas de violencia. Puede educar, pero también es capaz de reforzar las desigualdades y reproducir marcos sociales de inequidad. Si no se cuidan los marcos éticos en los que se lleva a cabo la actividad deportiva sus espacios pueden convertirse en escenarios donde se legitiman dinámicas de competencia desmedida, entrenamientos que dejan de lado a la persona para buscar la perfección del gesto técnico y físico, sin cuidar la integridad y la salud, para pensar que todo es válido y justificado en aras de un resultado deportivo. Por ello, el desafío no radica únicamente en promover el acceso al deporte, sino en transformar las formas en que éste es concebido y practicado.
Por tanto, entender al deporte desde una perspectiva de construcción de paz requiere ir más allá de una narrativa meramente esperanzadora. Significa trabajar desde los diferentes frentes para hacer realidad su potencial. Desde el punto de vista político, los gobiernos y los organismos que rigen el deporte a escala global deben asegurar el acceso a una práctica segura, digna y equitativa, que cuide los reglamentos y favorezca una conducta ética y humana. En el ámbito educativo, las instituciones deben formar profesionales del deporte capaces de promover pedagogías que impulsen el desarrollo positivo de sus participantes, que vean en cada practicante un potencial no sólo físico–técnico, sino una persona que, a través del deporte, se conoce, se reta, se cuida, se levanta y se encuentra con otros. Que busca en cada entrenamiento la oportunidad de escuchar al otro, de aceptar las reglas, de asumir responsabilidades, de gestionar conflictos y de reconocer las diferencias como una riqueza y no como una amenaza.
«Sólo haciéndonos conscientes de que la paz nos corresponde a todos, de que existen múltiples caminos para construirla y de que el deporte puede y debe ser uno de ellos, es posible imaginar que la actividad deportiva pueda fungir como un campo verdaderamente rico en experiencias».
Los clubes y las instituciones deportivas también están llamados a comprender su papel en este gran proyecto. Son los dirigentes quienes tienen la posibilidad de imprimir entornos formativos que, sin desconocer la dimensión competitiva y agonística propia del deporte, den cabida al diseño de experiencias que transiten de lo técnico a lo humano, de lo competitivo a lo cooperativo, de lo individual a lo colectivo. Comprender que en este camino no sólo los entrenadores son piezas clave, sino también las madres y padres de familia que acompañan, orientan y guían, y que en muchos casos invierten tiempo, recursos y vida familiar en el desarrollo deportivo de sus hijos, resulta fundamental. Ellos también necesitan acompañamiento, formación y soporte en este proceso, y muchas veces no son lo suficientemente vistos y reconocidos.
Los mismo atletas y deportistas tienen un papel notable en la labor de engrandecer el alcance del deporte. Su voz, su ejemplo y sus hazañas pueden inspirar y modelar formas de ser y de proceder no sólo motivando sujetos, sino naciones. Esta fuerza puede ser empleada para desactivar estereotipos, modelar conductas de deportividad y respeto y alzar la voz ante injusticias y antivalores que pueden estar presentes en el entorno deportivo.
Sólo haciéndonos conscientes de que la paz nos corresponde a todos, de que existen múltiples caminos para construirla y de que el deporte puede y debe ser uno de ellos, es posible imaginar que la actividad deportiva pueda fungir como un campo verdaderamente rico en experiencias que generen nuevas formas de relación y convivencia, al promover competencias que trasciendan la cancha, como la empatía, la cooperación y el desarrollo moral y del carácter.
Para finalizar, la invitación que se desprende de pensar al deporte desde una lógica de desarrollo y construcción de paz no apunta únicamente a grandes políticas o a iniciativas de alcance global, sino a comenzar por lo cercano, por lo cotidiano, por aquellos espacios en los que la vida se teje cada día. Implica hacer de lo próximo algo distinto a lo que muchas veces nos presenta la realidad; un entorno marcado por la desconfianza, la violencia o la indiferencia. Apostar por un deporte orientado hacia la paz es, en el fondo, apostar por la posibilidad de habitar el mundo de otra manera. No como un ideal lejano, sino como una práctica concreta que se encarna en lo cotidiano. Es reconocer que, aun en medio de contextos complejos, existen espacios donde es posible ensayar formas distintas de encontrarnos en el camino y transformar los vínculos desde los que construimos comunidad.





