Mi amigo Carlos Mugica y su tiempo

Jorge Aldo Benedetti, sociólogo argentino por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Doctrina Social de la Iglesia por la Pontificia Universidad de Salamanca, nos presenta Mi amigo Carlos Mugica y su tiempo (Ediciones Ciccus, 2026), un libro en el que recorre la vida del padre Carlos Mugica, desde su juventud hasta su trágica muerte.

La obra cuenta con un prólogo del padre José María «Pepe» Di Paola, referente de los «curas villeros y de los barrios populares», quienes reconocen en el padre Mugica a un guía espiritual y lo veneran como mártir.

A lo largo de sus 400 páginas Benedetti reconstruye también el carácter intenso y vital de Mugica. Sus amigos lo llamaban «La Bestia» por la garra que mostraba al jugar futbol, una intensidad que parecía acompañarlo también al rezar, leer, estudiar o predicar. Uno de sus amigos más entrañables lo recordaba así: «A Mugica lo llamábamos La Bestia porque era inagotable, emprendedor para todo. Para rezar, discutir, bromear, estudiar… Devolvía los libros irreconocibles, todos marcados con anotaciones propias. Comía y dormía como si fuera el último día».

Además de fotografías y facsímiles integrados en el texto, el volumen incorpora un código QR que permite ampliar la experiencia de lectura y acceder a documentos, testimonios, videos y reportajes citados a lo largo de la publicación.

Sobre el padre Mugica

Carlos Francisco Sergio Mugica Echague nació en Buenos Aires el 7 de octubre de 1930, en una familia de un buen pasar económico. Fue educado en la fe católica por su madre, quien era de una familia ilustre. Su padre fue dirigente del partido conservador, legislador de la ciudad. Participó de la parroquia de su barrio, siendo miembro de la Acción Católica y mostrando desde esta época una alta espiritualidad. Al fin del colegio secundario comenzó la carrera de derecho.

En 1950 fue invitado por su confesor a viajar a Roma para participar del Jubileo de ese año. Esto lo impactó fuertemente y a su regreso, luego de reflexionarlo profundamente, decidió ingresar al Seminario. Al ordenarse y gracias a la consideración que el cardenal primado de Argentina tenía para con su padre, fue nombrado secretario privado de éste.

Esta tarea no era de su agrado, pero su confesor, quien era obispo del Chaco, una remota y pobre diócesis del norte argentino, le ofreció ir a misionar un año allá, donde Carlos pudo observar directamente la miseria de los peones de campo, el desastre ecológico y social que había dejado la empresa británica «La Forestal» al retirarse del lugar, luego de ser la principal productora de tanino del mundo y la gran desigualdad que reinaba en el país.

Mientras tanto en Argentina había hecho su irrupción un hombre con una nueva doctrina política: el general Juan Domingo Perón. Ésta se basaba en tres banderas: «la Justicia Social, la Soberanía Política y la Independencia Económica», enfrentándose desde la campaña electoral con los Estados Unidos y la Gran Bretaña, adoptando lo que denominó «Tercera Posición», lejos de las ideas del capitalismo y del marxismo (por su decisión Argentina fue el único país que no adhirió al Fondo Monetario Internacional).

Cuando asumió el gobierno fue reporteado por un periodista norteamericano, quien le preguntó si él expresaba una doctrina nueva, a lo que le contestó que sí, que su doctrina tenía dos mil años y era la doctrina cristiana  Esto hizo que su gobierno fuera bien visto por la feligresía católica.

Para muchos argentinos fueron los diez años más felices de su vida, por los altos salarios, planes de vivienda, desarrollo de educación popular y gratuita desde el preescolar hasta la universidad, eliminación prácticamente total de la pobreza y la desocupación; con el aliento a la industrialización se produjo un fuerte desarrollo de la organización sindical, de las empresas PYMES, al tiempo que se impulsaba el turismo social y se creaban miles de clubes que eran entregados a los habitantes de cada barrio, etc.

Pero esto generó una fuerte reacción de la oligarquía argentina, la que, junto a las naciones citadas y a la totalidad de la vieja política, hizo que se accionara sobre una parte importante de la jerarquía católica, desarrollándose un primer intento de golpe militar que bombardeó los alrededores de la casa de gobierno, causando 360 muertos civiles, y que derivó en el exilio de Perón.

Mugica, luego de la experiencia en el norte argentino, volvió a la capital y pasó por una parroquia de una zona rica de la ciudad, donde fue muy criticado por sus posiciones sociales, lo que obligó a las autoridades a darle un nuevo destino. Pero un par de hechos, en apariencia marginales, producirían un cambio en su vida. Fue invitado a realizar una tarea misionera en los llamados conventillos, viviendas colectivas similares a las vecindades mexicanas, donde habitaban varias familias.

Por su origen social y por la actitud de una parte de la jerarquía eclesiástica, Carlos había participado, para decirlo en sus propias palabras, de «la fiesta orgiástica de la oligarquía» tras el derrocamiento del gobierno constitucional.

Pero también el autor del libro recuerda otro episodio que, en sus propias palabras, marcó aquel proceso: «Una noche fui al conventillo, como de costumbre. Tenía que atravesar un callejón medio a oscuras y, de pronto, bajo la luz muy tenue de una única bombita, vi escrito con tiza y en letras muy grandes: “Sin Perón no hay patria ni Dios. Abajo los cuervos”».

Esto lo llevó de nuevo a una profunda reflexión. Si, siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II, había decidido poner su sacerdocio al servicio de los más humildes, ¿cómo era posible que, mientras ellos estaban de duelo, él se encontrara en la vereda de enfrente? No había duda: estaba descolocado. Fue un golpe duro, aunque, según él mismo cuenta, le gustó.

Al mismo tiempo, y habiendo sido designado asesor de un colegio católico donde concurrían alumnos de familias adineradas, sus autoridades decidieron iniciar una acción de evangelización en una villa (favela) cerca del puerto de la ciudad de Buenos Aires. Rápidamente le pidió auxilio a su hermano para construir una capilla dentro de la villa a la que denominó «Cristo Obrero».

En la Iglesia y en el mundo se vivían tiempos de grandes transformaciones. En América Latina, en particular, crecía la oposición a las políticas de Estados Unidos hacia la región. En algunos casos esta resistencia derivó en la formación de grupos guerrilleros inspirados en la Revolución cubana e, incluso, en las luchas anticoloniales, como la de Argelia contra Francia.

Argentina no era ajena a esta situación. Por el contrario, amplios sectores de la población, especialmente jóvenes, participaban en diversas acciones de lo que se conoció como «la resistencia peronista».

Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM)

Carlos, como muchos otros sacerdotes y jóvenes, habían decidido trabajar en las villas para evangelizar a sus habitantes, dado que en ellas no había ni capillas ni mucho menos parroquias. Al entrar en contacto con los humildes habitantes de estos asentamientos comprendió que mucho de lo que había aprendido no funcionaba en la realidad.

Los habitantes de estos barrios podían no ser «católicos prácticos» en los sacramentos, como se decía en esos tiempos, pero eran católicos prácticos en la vida, es decir se ejercitaba la solidaridad («ama a tu prójimo como a ti mismo») y había una fuerte religiosidad popular que se manifestaba fundamentalmente en pequeños altares en cada una de las casas, en las peregrinaciones a los grandes santuarios, fundamentalmente marianos de toda la Argentina, y en la fiesta.

Esto llevó a un grupo de sacerdotes a vivir una primera experiencia como curas villeros. Quienes pensaban que iban a evangelizar terminaron, en buena medida, siendo evangelizados por el propio pueblo. Algo similar ocurrió en términos políticos: la formación antiperonista de muchos de ellos se transformó rápidamente a partir del contacto con estas realidades.

Este proceso encontró una expresión importante en el Manifiesto de los 18 Obispos del Tercer Mundo. Aunque ningún obispo argentino había adherido formalmente al documento, varios simpatizaban con sus planteamientos. Estos sacerdotes, junto con muchos otros, decidieron entonces expresar públicamente su adhesión mediante una carta dirigida a monseñor Hélder Câmara. Esto hizo que naciera en la Argentina lo que se denominó el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM).

A esta vivencia práctica de la religiosidad popular se le sumó el aporte doctrinario de los denominados «teólogos del pueblo», los mismos que en ese momento —y después— tuvieron una fuerte influencia sobre Jorge Bergoglio, luego papa Francisco. El pueblo ya no era un objeto sin vida propia, sino que era un sujeto de la evangelización y merecía dársele la importancia que esto tenía.

Rápidamente, y sin ocupar ningún cargo en la estructura del MSTM, Carlos Mugica se convirtió en el líder más importante del Movimiento y en su figura más pública.

Mientras tanto gobernaba la Argentina una dictadura impuesta por los Estados Unidos, en consonancia con el denominado «Plan Cóndor» y —al igual que en otros países— se desarrollaban grupos armados. Mugica había manifestado públicamente que él no era capaz de participar en una acción violenta que terminara con la vida de una persona.

Los 14 años de «la Bestia»

Mugica fue cura solamente 14 años, se ordenó el 20 de diciembre de 1959 y fue asesinado el 11 de mayo de 1974. Tenía 44 años y desde su ordenación habían pasado 14 años, cuatro meses y unos pocos días más.

En ese brevísimo periodo fue secretario del cardenal primado de Argentina; misionero en Resistencia, Chaco; recorrió los claustros de los colegios y universidades más caras y los conventillos de San Telmo; fue líder de un grupo numerosísimo de jóvenes; estuvo en Bolivia para tratar de repatriar los restos del comandante Guevara, participó de las barricadas en el «Mayo Francés», estuvo clandestinamente en Cuba, fue cura, villero e ídolo de los trabajadores y humildes, si bien nunca ejerció cargo alguno, ni coordinó ninguna tarea en el MSTM, tanto en ese momento como ahora, no puede pensarse al Movimiento sin hacerlo centralmente con la figura de Mugica.

Pudo ser diputado u obispo y renunció a serlo, estuvo con Perón en España, participó del selecto grupo que lo acompañó en su regreso al país y tenía la puerta franqueada para llegar a él cuando lo considerara necesario; fue oligarca y villero al mismo tiempo, la derecha y la izquierda pugnaron por tenerlo de su lado, trabajó con ambos y —en la lógica violenta de la época— los dos tuvieron razones para matarlo. Han pasado más de 50 años de su asesinato y lo recuerdan los villeros, los trabajadores, los curas, los jóvenes.

Fue líder de multitudes y humilde frente al Sagrario, poderoso en la tapa de los medios gráficos o deslumbrante en los canales de televisión, pero siempre tuvo un fuerte temor de Dios e inclusive de ser castigado por la Iglesia de su época que poco lo entendió.

Encabezó manifestaciones, fue detenido y estuvo en los ranchos más humildes.

Desde el primado de la Iglesia argentina hasta los más encumbrados dirigentes políticos prestaban mucha atención a sus expresiones públicas, influía en las multitudes y en los grupos de poder.

Sus actos fueron coronados por el éxito y también estuvo muy solo, e inclusive, se sintió abandonado.

¡Qué bestia mi Dios!

Su asesinato

En Argentina se vivían tiempos de gran violencia, marcados por los enfrentamientos entre grupos de derecha y de izquierda. Carlos se había confrontado con ambos sectores. A la derecha la cuestionó en el terreno electoral, por negarse a reconocer que dos tercios del electorado habían votado por Perón. A la izquierda, en cambio, le recordó la frase bíblica que invitaba a «dejar las armas y tomar los arados».

Carlos Mugica fue asesinado a balazos al salir de celebrar una misa en la parroquia San Francisco Solano, en el barrio porteño de Villa Luro, en Buenos Aires. Su muerte ocurrió sin que ninguna agrupación tuviera la valentía de reconocer su autoría. El hecho muestra, además, la intervención de agentes extranjeros con la complicidad de grupos locales, en un intento por profundizar los conflictos internos de Argentina. Esto resulta especialmente significativo si se considera que los grupos armados de la denominada izquierda peronista atravesaban un proceso público de ruptura e incluso de enfrentamiento con el general Perón, pese a los esfuerzos de éste por incorporarlos a la tarea de reconstrucción del país.

Considero que no debe pensarse que su asesinato fue una acción meramente política, sino, por el contrario, un martirio por amor a su pueblo y por el compromiso con su sacerdocio, en particular teniendo en cuenta la profunda espiritualidad que Carlos tenía y que manifestaba en forma sistemática; dicho en otros términos, es imposible pensar en Carlos Mugica separado de una profunda religiosidad que tenía en su misión sacerdotal.

Para los cristianos el mártir por excelencia es Cristo. Él entregó voluntariamente su vida para dar testimonio del amor del Padre. Carlos Mugica es un testigo de la fe de su pueblo y dio testimonio con su vida del amor a ese pueblo y a Jesús.

No nació peronista, ni tampoco pobre, sino que llegó a ser peronista y abanderado de los villeros, que son la mayor expresión de la pobreza, por producirse en él un proceso de conversión, a partir de ser fiel a su fe en Jesucristo.

Su fe es la que lo llevó de un mundo «oligarca» a un mundo popular y peronista; no fue una elucubración teórica o filosófica, fue constatar que los humildes de este país, a los que se comprometió a servir por amor a Cristo, eran peronistas y si él quería servir al Cristo que encontraba en cada villero, tenía que ascender para ser como ellos.

El libro se puede adquirir en: https://edicionesciccus.com.ar/productos/mi-amigo-carlos-mugica-y-su-tiempo-1wq6e/

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